El título no es de quien escribe,
sino de su santidad León XIV. Es un sintagma entresacado de su aplaudido
discurso en el Palacio Real de Madrid el pasado sábado, ante los reyes y otras
autoridades y diplomáticos. Al principio de su primera intervención ya dejó en
claro la importancia que el cristianismo ha tenido en la configuración de la
cultura y tradiciones de nuestra nación: «El vínculo antiquísimo entre
la fe cristiana y esta tierra, si bien por un lado no agota la multiforme
identidad de vuestro pueblo, por otro ha moldeado profundamente su cultura».
Y en esta cultura, las denostadas
expresiones de la piedad popular ocupan un lugar destacado, porque a renglón
seguido afirmó: «Pienso en las expresiones de la fe popular que, en cada
ciudad y pueblo, representan una auténtica dramaturgia de la salvación al ritmo
del año y en los diversos contextos de la vida». Y para rematar su alegato
inicial, a modo de colofón, una mención expresa a las cofradías: «Junto
con el patrimonio artístico y musical, con las múltiples cofradías y
asociaciones de carácter caritativo, dan testimonio del fecundo encuentro entre
Jesucristo y vuestro pueblo».
Inevitablemente, nuestro
pensamiento, y el de tantos que nos desenvolvemos en este ámbito de la piedad
popular, conscientes y defensores de su inserción plena en la vida de la
Iglesia, se elevó agradecido. Que el papa inicie su visita apostólica a España
con estas palabras es muy significativo y gratificante. Pocas cosas habrá más
medidas que un discurso de Estado del sucesor de Pedro.
Con el tiempo, estas palabras
serán muy recordadas y citadas, porque no dejan de ser un estímulo para quienes,
enfrentándonos muchas veces, durante muchos años, contra el viento y la marea
de un clero rancio que por ir de progre reniega de algo tan propio, tan valioso
y necesario, hemos mantenido el discurso de su validez como medio
extraordinario en la evangelización. Es cierto que esta generación de quienes
tan mal entendieron el concilio ya está pasando. Los renovadores de finales de
los sesenta y setenta son ya octogenarios. Pero, ojo, que entre un sector
significativo de las nuevas generaciones, menguado en número, insuficientemente
preparado y bastante intransigente, se abre también camino la aversión que
deriva del desconocimiento y el miedo a lo que no controla.
Confiamos en que no suceda como en ocasiones anteriores. Por citar algún ejemplo, podemos recordar el de 2001, cuando san Juan Pablo II publicó su Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, o cuando en la JMJ de Madrid, diez años después, Benedicto XVI contempló la procesión magna representativa de la Semana Santa española. Entonces brotó una especie de fiebre de aprecio, sincera en algunos casos, impostada en otros, por la religiosidad popular y las cofradías con sus actos piadosos. Pero como sucede siempre, cuando algo no brota de las entrañas, mucho no puede durar. Y así seguimos constatando cómo en muchas iglesias locales, o en parroquias, las cofradías son un problema con el que no queda más remedio que convivir. Y sin cariño todo resulta muy complicado, a pesar de lo mucho que dan que aguantar, a veces hasta padecer, que eso también es cierto. Pero esa es otra historia a la que también hemos dedicado bastantes columnas. Hoy, en cambio, tocaba lo otro, la valoración del papa. Como cofrades, nos enorgullece y nos anima a ser mejores, sobre todo en el ejercicio específico de la caridad. Y cuando la música acompaña, poco más se puede añadir.




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