Cuando
una institución, supongamos una cofradía o hermandad penitencial, tiene entre
sus principios de obligado cumplimiento valores como la fraternidad, el
respeto, la caridad y la unión entre los hermanos, las actuaciones y decisiones
tomadas desde su junta de gobierno no deberían ser reiteradamente contrarias a
esos principios y alejarse de los mismos, provocando con ello una clara
discriminación entre los hermanos, o un ejercicio de trato desigual, por el
mero hecho de ser críticos y discrepar de las mismas.
La
crítica, constructiva y bien argumentada, constituye un elemento esencial en
cualquier institución democrática, y las hermandades, aunque posean una
naturaleza religiosa, no dejan de ser instituciones integradas por personas con
diferentes sensibilidades y puntos de vista. Por eso la pluralidad de opiniones
sobre asuntos a debatir no debe interpretarse como una amenaza, sino como una
oportunidad para mejorar la gestión y para fortalecer la vida de la cofradía.
Sin
embargo, últimamente, la práctica habitual en mi querida Hermandad Dominicana,
tras la manifestación de discrepancias por parte de algunos hermanos frente a
determinadas decisiones tomadas por su junta de gobierno, comienza a
convertirse en una forma de discriminación más o menos evidente. Esto se puede
observar, por ejemplo, en la reiterada negativa a permitir la participación de
esos hermanos en comisiones de trabajo, el rechazo sistemático a propuestas o
la limitación en la participación en actividades, todas ellas buscando siempre
el beneficio de la propia cofradía. Además, la reiteración en estas actitudes
conduce a un desagradable deterioro de las relaciones personales dentro la
nómina de hermanos que la integran.
Este
tipo de conductas intransigentes, empieza a ser especialmente preocupante,
porque contradicen los valores evangélicos que las hermandades, cofradías y
congregaciones están llamadas a promover.
Desde
mi experiencia, las juntas de gobierno tienen la responsabilidad de ejercer su
autoridad con transparencia, imparcialidad y sobre todo vocación de servicio.
La crítica razonada no debe ser confundida con deslealtad, sino ser vista como
opiniones diferentes planteadas con respeto, por lo que debe evitarse la
confrontación buscando siempre el interés de la cofradía. Así pues, desde los
órganos de gobierno se debe garantizar que todos los hermanos, incluso los más
críticos, sean tratados con igualdad y respeto, porque esto constituye una
exigencia ética y cristiana.
En
definitiva, estoy plenamente convencida de que la libertad de expresión
responsable y el respeto mutuo son pilares fundamentales para preservar la
buena convivencia y la credibilidad dentro de la propia hermandad.
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