En su
jueves, en su domingo, o cuando sus excelencias reverendísimas hayan
establecido, pero un año más hemos de celebrar, en cada diócesis y en cada
parroquia, en cada pueblo y en cada ciudad, la fiesta de la presencia
eucarística de Cristo, la solemnidad de su Santísimo Cuerpo y Sangre. Que el papa
presida la celebración en la villa de Madrid será historia y una gracia, pero
ha de haber mucho Corpus más allá de la calle de Alcalá.
Puede
ser que a la Iglesia española le esté pasando como les/nos ocurre a menudo a
sus partes más antiguas y numerosas, las cofradías, que lo extraordinario con
frecuencia nos despista y, seguramente sin mala intención, pero sí con algo de descuido,
al aparcar lo ordinario desatendemos lo esencial. Me pregunto si no ocurre
también con el encuentro nacional de cofradías que acogerá nuestra ciudad en
septiembre. ¿Una reunión anual, que ya sumará treinta y siete ediciones con la
segunda salmantina, planteada en origen para conocernos mejor e intercambiar
inquietudes y propuestas, no será eclipsada por una procesión, por muy ansiada
que resulte para muchos?
Mas
vuelvo al Corpus, que lo tenemos a la vuelta de la esquina. Aún recuerdo el
primero en el que participé, en el año 2001 o 2002. Creo que salimos siete
cofrades entre todas las hermandades. Y también me viene a la memoria el
primero en el que osamos acudir con banderas o estandartes, que fueron tan
contestados que al año siguiente se advirtió que no serían bienvenidos. Luego ya
no hubo vuelta atrás y actualmente el cortejo es copado por las cofradías, no
porque asistamos en unas cifras desproporcionadas sino por la incomparecencia
de muchas otras comunidades, fundamentalmente parroquiales, que tampoco son
representadas por sus niños y niñas de primera comunión. ¿No sería una
procesión para que todas las cruces parroquiales de la ciudad, sin excepción,
arroparan a la catedralicia?
Otra
iniciativa que hace del día del Corpus un domingo diferente en las calles
salmantinas es la elevación de altares, que suscitan preguntas de quienes los
presencian y dan pie al anuncio. Desde que se rescatase la costumbre, la
trayectoria ha sido intermitente, con años de motivación, incluso de reunión
organizativa previa para dar una coherencia al asunto, hasta tránsitos raudos
de la procesión por delante sin parar o incluso críticas feroces al «estilo» de
los altares levantados por los cofrades, como si esos homenajes a Jesús
Sacramentado no fueran sino un gesto de adoración.
Cuando
escribo estas líneas todavía no se ha recibido convocatoria ni se ha visto
cartel, ojalá ya quede esto obsoleto en la jornada de la publicación, pero es
sabido que nos reuniremos el 7 de junio a las seis de la tarde en la Catedral
para la misa y su prolongación procesional, pues Cristo sale a la calle, y nada
más magno y más áureo puede haber, si de procesiones hablamos, que el día del
Corpus Christi.




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