miércoles, 3 de junio de 2026

Festivales

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Álex J. García Montero

Fotografía: Pablo de la Peña

03-06-2026

A Patricia, con cariño

Uno de mis primeros encuentros con La Glorieta fue el festival organizado antaño por las Hermanitas de los Pobres, donde por módicos precios y una taquilla accesible en unos bajos de Íscar Peyra, los estudiantes podíamos ir a un coso segundón de primera (de primera por ser la capital minotáurica de la Iberia ancestral) y en los tendidos de sol, con la fresca previa de alguna tormenta junesca, hacíamos un parón en la última recta final de los exámenes de junio.

Así, ahí vimos a grandes diestros charros y también incipientes que no llegaron a nada, y si la memoria no me falla, incluso algún buen toreo a caballo. También diferentes encastes y tipos de ganaderías salmantinas que no dudaban en donar sus reses para tal evento que era el epicentro de las fiestas de San Juan de Sahagún, junto con la eucaristía en la Catedral, corporación municipal presente, y los fuegos artificiales de gran calidad que se proyectaban en los cielos divisados en mi caso, desde las facultades de Ciencias.

Han pasado décadas desde que se frustró dicho festival y las ilusiones de incipientes diestros y aficionados por igual. También lo que suponía para sostener la obra benéfica de dicho hogar, más que asilo o modernamente «residencia». Mi abuelo «rayano» se jubiló siendo médico del asilo de Zamora y doy fe que hizo una grandísima labor en él, procurando plazas para desahuciados de zonas rurales, como el bueno de Donato, un sordomudo solitario que moraba cual palomar caído en Tierra de Campos.

Sí. Eran otros tiempos. Tiempos donde las personas aunábamos ocio, diversión, solidaridad, economía menguante (ya se sabe, «estudiante y maleante, siempre cuarto menguante»), y sobre todo ilusión y bonhomía.

En esas épocas, quién sabe por qué, también empezaron a despuntar las cofradías y hermandades de Salamanca. Hablo de los mediados, o quizás finales de la década de los noventa y los comienzos milenaristas del siglo XXI. Con ese milenarismo se jodió el festival.

Las hermandades y cofradías empezaron a despuntar básicamente por un cúmulo de factores. Había dinero, pues la capitalidad cultural europea de 2002 y sus fastos y preparaciones previas inundaron la ciudad de proyectos e infraestructuras que pudieron y permitieron, con aciertos y errores, humanizar la ciudad.

Había ilusión; trasmitida no solo por un grupo importante de hermanos mayores y cofrades de a pie que supieron canalizar sinergias, no sin enfrentamientos duros y buscando puntos de encuentro alejados de iglesias y obispados. Las tertulias, como la que sostiene este medio, y otros grupos como los creados en bares y cafés de la urbe y su extrarradio, facilitaron la labor.

Había respeto. Respeto por el trabajo, respeto por la discrepancia, respeto por darle una vuelta a lo que entonces estaba languideciente y reducido a un grupúsculo envejecido en ideas, edades, formas y maneras.

Me recuerda mucho esto a lo que vivimos los que ya rondamos la cincuentena al compartir las vivencias taurinas de ese ya lejano festival taurino de San Juan de Sahagún.

También, las actuaciones musicales de bandas meridionales y la ópera Carmen de Salvador Távora, con la presencia de Tres Caídas de Triana, hicieron una buena labor de unir los extremos y el centro de la llamada Ruta de la Plata.

Todo era cultura; la cultura no solo quedaba a merced de la Universidad. Incluso, los vehículos de limpieza municipal llevaban aquel lema que era toda una declaración de intenciones: «Salamanca, Culta y Limpia».

Y, de aquello, ¿qué quedó? Quedó un congreso que recogió buena parte de las inquietudes cofrades y existenciales del momento. También se reflejaron las carencias de todo tipo. Fue todo un éxito. Preparémonos para lo que viene en septiembre. Quedó una marcada línea de renovación en juntas y cofradías, con patrimonio y actualizaciones de enseres y cultos que continúan hoy. Quedaron cimientos de futuras fundaciones, que con mayor o menor fortuna han ido moldeando una identidad trasgénero donde no sabemos si bebemos del Tormes o del Guadalquivir.

Pero también quedaron personas en las orillas de la quemazón y la indiferencia. Gentes buenas que lo dieron todo en la Semana Santa de Salamanca y fueron convocados al más inane de los ostracismos. Gentes que fueron indispensables fueron siendo alejados y exilados de sus respectivas cofradías por alertar que venían tiempos muy difíciles y que podía desaparecer todo de un plumazo, como efectivamente vamos viendo en pos de un dios becerro de oro turístico excesivamente manso y domesticado por mor a unos intereses espurios.

Es una pena que aquellas iniciativas que nacen del buen corazón de gentes con alma vayan desapareciendo en un olvido que impide que regresemos a nuestra Ítaca particular. A esa juventud tornada en aficionado taurino de calurosa tarde de vísperas estivales. A ese visitar cofradías, hermandades, capillas y ponerse al servicio de quien fuera con tal de musitar desde las pituitarias del alma, oler incienso y pasión.

Porque cuando visitábamos era para gozar con disfrutar una milésima de segundo la pasión durante el año. Alguno, como el que suscribe estas líneas, hasta dimos el paso de hacernos hermanos de una penitencial sabiendo que nuestro compromiso procesional iba a nacer mermado. Siempre procuré escaparme a algún ensayo del Pasión, con Miguel Ángel (DEP), y cuando mi paso del Pasión trasmutó a la galera del costal, decidí motu proprio, apartarme, sometido a otro ostracismo que va casi para una década.

Lo malo de que se pierdan esos festivales es que la ilusión queda castrada. Y es una castración que perdura en el tiempo, y muy a nuestro pesar, los que fuimos bravos, nos vamos quedando mansos. Y los que un día pastábamos en dehesas, empezamos a comer y defecar en establos. Porque con la edad no buscamos ni siquiera un abono en La Glorieta (o ahora en el Coso del Parque en León). Buscamos tranquilidad y si acaso, ir a ver la Feria de San Isidro o San Fermín a algún bar o cafetería con un buen bocadillo o ración de bravas y cerveza mediante, donde nos encontramos con otros mansos de la vida que buscan las tablas del anonimato.

Así sucede en las cofradías; más que aparecer por iglesias, capillas, casas y conventos, quedamos con antiguos buenos amigos y lamemos las heridas de un tiempo pasado que indudablemente fue mejor, aunque ahora la rocalla de la ignorancia y el martillo de la tiranía impongan sus encastes de mansedumbre, seguidismo, tableteo, castración y molienda.

Quizás, en vez de mostrar altares de insignias y priostías varias, haya que partir de lo más básico. Coger el evangelio y tallarlo en los prestes, cofrades, penitentes, priostes, cargadores, costaleros y sobre todo juntas, a golpe de gubia y escofina. Así nos forjamos algunos en los festivales. De ese modo entramos a formar parte de cofradías. Con ojos de niño. No se puede gamificar la pertenencia a una hermandad poniendo como «demo» la última pantalla de la vara de mando o el traje y el martillo de capataz. Primero servir, segundo servir, tercero servir y enésimo, pues, ¡servir! Y sí, disfrutar con el servicio; gozar con la carga; sentir que la responsabilidad en una hermandad es el día a día. Como cada 12 de junio hacíamos en un tendido de sol allá por mediados y finales de los noventa en las postrimerías de la carretera de Zamora y del Helmántico.

Menos mal que nos queda Portugal. Mejor dicho, Ciudad Rodrigo y su Bolsín.

Feliz y (pasional) estío.



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