14-10-2026
Ya entrado el mes de octubre, vuelvo la vista atrás, con la suficiente distancia en el tiempo y la necesaria templanza en el corazón, para evocar y revivir «mi Via Aurea». No es mi intención hacer balances, ha habido y habrá muchos, seguro, con opiniones distintas, según el prisma con que se mire, pero todas respetables. No voy por ahí. Prefiero mirar con perspectiva lo ocurrido en esos días, y las vivencias que guardaré de los mismos, las mías y las de los míos.
Y ocurrió que en la tarde del sábado 19, el Señor de San Pablo, como bien dice Manolo Ferreira, me llamó para cargar con él casi cuarenta años después. Sí, tan solo una vez lo llevé por las calles de Salamanca en la tarde del Viernes Santo, para pasar después a portar sobre mis hombros a mi Virgen de las Angustias. Esta vez, había que llevarlo a la Catedral, para participar una semana después en «Via Aurea». Allí lo dejamos, solo, casi sin poder despedirnos de él, sin los besos, visitas y oraciones que recibe en su iglesia y, presumo, algo agobiado con tanto bullicio.
Pero no solo me llamó a mí. A comienzos del verano, David me dijo: «Yo salgo con Jesús, quiero cargar con él». Así que padre e hijo, compartiendo una misma devoción, la de la familia, compartieron ese sentimiento tan hondo que solo puede entenderse con el vínculo de la fe y de la sangre. No hicieron falta palabras, solo compartir y, al terminar, un abrazo y un recuerdo para el abuelo Tomás, que, a buen seguro, habría arrimado el hombro, aunque solo fuera un instante, para compartir el momento con hijo y nieto. Cómo lo habrán disfrutado los nuestros desde el cielo.
El día de la procesión yo no pude acompañarle. Tenía otras obligaciones, pero me asomé con Abraham Coco, desde el fondo de las naves catedralicias, para ver cómo Jesús Rescatado salía de las mismas al encuentro de salmantinos y foráneos.
La segunda sorpresa que me tenía reservada «mi Via Aurea», vino de las manos abiertas de Jesús Despojado. Detrás de mí venía, dándose a todos, y puedo asegurar que las miradas que cruza no dejan indiferentes a nadie. Ellos lo miraban a él, pero yo tenía la suerte de ver, reflejado en la cara de aquellos que lo miran, su dolor, su pena, su alegría, su llanto, su incomodidad a veces, su indiferencia incluso. Pero él no retira la mirada a nadie, se despoja para todos, sin excepción.
Y quiso terminar este andar extraordinario por Salamanca, de sevillanas maneras, en medio de una bulla que jamás pensé ver en mi ciudad. Menos vivirla dentro del cortejo, disfrutando de la alegría de hermanos, devotos y cuantos quisieron acompañarle, puede que por fe; espero que muchos por devoción, quizá por moda, incluso por frikismo cofrade. Pero eso importa poco, estaban y él los miraba y marcaba el camino.
Que
Jesús Rescatado y Jesús Despojado me sigan acompañando en el difícil camino de
la vocación cofrade. Amén.
.jpg)



0 comments: