Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo. En esto vinieron sus
discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo,
ninguno dijo: ¿qué preguntas? o, ¿qué hablas con ella? Entonces la mujer dejó
su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: venid, ved a un hombre que
me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?
(Jn 4,26-29)
Llegaba esa
hora del día en la que la tarde empezaba a despedirse acariciando las piedras
de la ciudad, sacando ese último rubor de las mejillas de sillares y molduras.
Observo al imponente Flagelado junto a la escalera de San Martín, en el
Corrillo. El juego de claridad y sombras que se entremezclan, acaricia por un
momento los golpes, los latigazos, las heridas que Carmona talló en el siglo
XVIII encontrando la forma de que palpitaran para la eternidad.
El paso
espera el momento de volver a ponerse en marcha y hay un cambio en la carga
(curiosa metonimia, porque en realidad la carga es la misma, lo que cambian son
las personas que la llevan) y aparecen cuatro o cinco chicas que ocupan los
primeros puestos en los varales. Me fijo especialmente en una de ellas. Una
chica muy joven, no muy alta, delgada. Le toca colocarse al medio y la
determinación con la que abraza los banzos, como si le fuera la vida en ello,
desmiente su aparente fragilidad.
Víctor, el jefe
de paso, ordena reanudar el camino. El Flagelado se levanta como un tratado
teológico que no necesita una sola palabra para llegar justo al centro del
corazón. A nuestra chica le cae encima el peso del mundo. Aprieta los dientes y
cierra los ojos por un momento. Al poco, mira al cielo ‒solo ella sabe en quién piensa; quién le falta; quién la espera.
Qué le da sentido al esfuerzo descomunal‒ echa un pie
delante del otro y de repente da la sensación de que su lugar natural en el
mundo es justamente ahí, capaz de caminar con ese peso cien horas si hace
falta. Aunque haya que echar el alma por los poros. Click.
Unos minutos
antes, viendo la salida de la procesión en la puerta de la Catedral he podido
hablar con algunas personas que esperan para incorporarse a Vía Áurea. Una
hermana de Amor y Paz confiesa, entre vaticinio y vaticinio sobre el futuro de
Meins Avenida, que está deseando que le llegue el turno bajo el Cristo de la
Liberación. Le comento que me daría pánico solo pensarlo, con lo que debe de
pesar esa imagen. Me enseña la faja que lleva enrollada debajo del brazo como
quien le quita la funda a un cañón: —las mujeres
de María Nuestra Madre estamos acostumbradas a todo.
Son dos
momentos de lo que no deja de ser una constante. Si la procesión extraordinaria
que estaremos recordando muchos años fue un éxito, sin duda lo fue gracias a
las mujeres. No había más que mirar la mayoría de varales y de acompañamientos.
Algo que, por cierto, llamó mucho la atención a personas que vinieron de fuera,
que subrayaron en sus redes y publicaciones que, por lo que habían visto, la
realidad cofrade de Salamanca destacaba no solo por el gran patrimonio y el
entorno monumental, sino por la implicación femenina.
Pero en
realidad esa procesión magna solo es el reflejo de la realidad de la Semana
Santa el resto del año. Una situación que a menudo queda opacada por la escasa
presencia de la mujer en la primera fila, algo que confío que empezará a
cambiar en muy poco tiempo. En todo lo demás, sin la mujer no iríamos a ninguna
parte, no habríamos llegado hasta aquí.
De Marisa
Beltrán, nuestra entrañable primera cofrade de derecho, a la última niña que
acabe de apuntarse al fin este año en cualquier cofradía. Suyo es el futuro de
nuestra Semana Santa. Un motivo más para sentirse muy orgulloso.




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