viernes, 23 de octubre de 2026

Ellas, las primeras

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Paco Gómez



23-10-2026


Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo. En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿qué preguntas? o, ¿qué hablas con ella? Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?

 (Jn 4,26-29)

 

Llegaba esa hora del día en la que la tarde empezaba a despedirse acariciando las piedras de la ciudad, sacando ese último rubor de las mejillas de sillares y molduras. Observo al imponente Flagelado junto a la escalera de San Martín, en el Corrillo. El juego de claridad y sombras que se entremezclan, acaricia por un momento los golpes, los latigazos, las heridas que Carmona talló en el siglo XVIII encontrando la forma de que palpitaran para la eternidad.

El paso espera el momento de volver a ponerse en marcha y hay un cambio en la carga (curiosa metonimia, porque en realidad la carga es la misma, lo que cambian son las personas que la llevan) y aparecen cuatro o cinco chicas que ocupan los primeros puestos en los varales. Me fijo especialmente en una de ellas. Una chica muy joven, no muy alta, delgada. Le toca colocarse al medio y la determinación con la que abraza los banzos, como si le fuera la vida en ello, desmiente su aparente fragilidad.

Víctor, el jefe de paso, ordena reanudar el camino. El Flagelado se levanta como un tratado teológico que no necesita una sola palabra para llegar justo al centro del corazón. A nuestra chica le cae encima el peso del mundo. Aprieta los dientes y cierra los ojos por un momento. Al poco, mira al cielo ‒solo ella sabe en quién piensa; quién le falta; quién la espera. Qué le da sentido al esfuerzo descomunal‒ echa un pie delante del otro y de repente da la sensación de que su lugar natural en el mundo es justamente ahí, capaz de caminar con ese peso cien horas si hace falta. Aunque haya que echar el alma por los poros. Click.

Unos minutos antes, viendo la salida de la procesión en la puerta de la Catedral he podido hablar con algunas personas que esperan para incorporarse a Vía Áurea. Una hermana de Amor y Paz confiesa, entre vaticinio y vaticinio sobre el futuro de Meins Avenida, que está deseando que le llegue el turno bajo el Cristo de la Liberación. Le comento que me daría pánico solo pensarlo, con lo que debe de pesar esa imagen. Me enseña la faja que lleva enrollada debajo del brazo como quien le quita la funda a un cañón: —las mujeres de María Nuestra Madre estamos acostumbradas a todo.

Son dos momentos de lo que no deja de ser una constante. Si la procesión extraordinaria que estaremos recordando muchos años fue un éxito, sin duda lo fue gracias a las mujeres. No había más que mirar la mayoría de varales y de acompañamientos. Algo que, por cierto, llamó mucho la atención a personas que vinieron de fuera, que subrayaron en sus redes y publicaciones que, por lo que habían visto, la realidad cofrade de Salamanca destacaba no solo por el gran patrimonio y el entorno monumental, sino por la implicación femenina.

Pero en realidad esa procesión magna solo es el reflejo de la realidad de la Semana Santa el resto del año. Una situación que a menudo queda opacada por la escasa presencia de la mujer en la primera fila, algo que confío que empezará a cambiar en muy poco tiempo. En todo lo demás, sin la mujer no iríamos a ninguna parte, no habríamos llegado hasta aquí.

De Marisa Beltrán, nuestra entrañable primera cofrade de derecho, a la última niña que acabe de apuntarse al fin este año en cualquier cofradía. Suyo es el futuro de nuestra Semana Santa. Un motivo más para sentirse muy orgulloso.


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