miércoles, 21 de octubre de 2026

La Pasión de Cristo (III)

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Ramiro Merino


21-10-2026


En las dos entregas que he dedicado a la magnífica película La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, traté de justificar no solo sus logros artísticos ―léase cinematográficos, si se prefiere―, sino la profundidad con que aborda un episodio tan trascendente para la humanidad. Hemos subrayado la potencia visual de las escenas y el manejo de los efectos sonoros que refuerzan la crudeza, y pese a lo cual hoy podemos afirmar que la realidad superó con creces el padecimiento de Jesús.

Nos hemos detenido en el proceso que, según los más avanzados estudios que la ciencia puede aportar hoy, solo un hombre con una extraordinaria fortaleza física y espiritual pudo soportar, lo que nos permite reconocer su divinidad. Baste citar, como dato significativo, que con solo la flagelación ―Jesús fue latigueado casi cien veces por delante, por detrás y en las piernas con el flagrum, un látigo romano que tenía bolas de plomo en las puntas de los cueros y que, al golpear el cuerpo, rompía la piel y llegaba a romper las costillas, durante un tiempo que probablemente superó los cuarenta y cinco minutos― se habría provocado su muerte en un plazo de dos o tres semanas, aunque le hubiese sido conmutada la pena de muerte. Por eso la ley romana imponía un límite de latigazos, para que el ajusticiado no muriese en el momento y se prolongase el sufrimiento. Y por eso, igualmente, estaba prohibido impactar en la cabeza. Mel Gibson plasma de modo magistral el carácter psicosomático de la Pasión de Cristo, su agonía que comienza mucho antes de que se iniciase la tortura.

También he querido incidir en la importancia que la película le concede a la mirada, como soporte del lenguaje cinematográfico para lograr que los espectadores se encuentren personalmente con Cristo ―y recordé en este sentido que algo similar ocurre con la genial serie The Chosen, que estrenará nueva temporada muy pronto―. La práctica totalidad de los personajes experimenta una transformación arrolladora cuando su mirada se funde con la de Jesús. Y aquí debemos ampliar el enfoque no solo a los personajes, sino también a los intérpretes, porque son muchas y sorprendentes las peripecias que afectaron a los actores y miembros del equipo, durante y después de la grabación, como ya anticipamos.

Nos referimos en su momento al cirineo; pero quisiera también llamar la atención sobre Barrabás, interpretado por el actor italiano Sarubbi, que en aquel momento se definía como ateo y que aceptó el papel por motivos fundamentalmente económicos. Pues bien, este actor experimentó una transformación radical a raíz de una escena con Jim Caviezel ―el intérprete de Jesús―: en el momento en que Barrabás es liberado, Sarubbi debía mirar a Jesús. Y cuenta el actor que, al cruzar la mirada con Caviezel, no vio a un actor, sino «una mirada cargada de un amor y una misericordia tan profundos» que penetraron su alma y la transformaron. Y la experiencia lo llevó a un proceso de más de un año que culminó con su conversión al catolicismo romano y el abrazo de la fe de manera activa.

Abundando en lo sorprendente, el propio Jim Caviezel afirmó que durante la grabación experimentó sensaciones que relaciona con lo sobrenatural. Por ejemplo, mientras grababa el sermón de la montaña sintió una presencia real que solo él podía ver. Jim asegura que era Jesús. Poco después fue impactado por un rayo ―este hecho sí fue documentado― y los miembros del equipo que lo presenciaron aseguran que su comportamiento cambió significativamente: hablaba solo, pero respondía con sentido, como si alguien le diera indicaciones. Igualmente, en la crucifixión, aseguró sentir manos que no eran humanas, describiendo dolor y un amor profundo. Incluso notaron modificaciones sensibles en su rostro.(1)

Los escépticos pueden argumentar que todo es consecuencia de la atractiva y envolvente ficción que Gibson construye, la maravillosa magia del cine. Yo pienso que La Pasión de Cristo tiene un alcance mucho más extenso y enriquecedor, precisamente porque se centra en un Cristo vivo, que sigue transformando nuestras vidas. Ese es para mí un componente esencial, y creo que también lo fue para su director.

 

(1) Vanessa Benavente, la actriz que interpreta a María en la serie The Chosen, reveló el profundo impacto emocional que tuvo sobre el elenco filmar las escenas de la crucifixión. Los momentos en que, una vez que las cámaras dejaban de grabar, algunos se derrumbaban «llorando inconsolablemente». La intensidad ―cuenta Vanessa― era tal que necesitaba recordarse conscientemente que se trataba solamente de una representación.


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