En las dos entregas que he dedicado a la magnífica película La
Pasión de Cristo, de Mel Gibson, traté de justificar no solo sus logros
artísticos ―léase cinematográficos, si se prefiere―, sino la profundidad con
que aborda un episodio tan trascendente para la humanidad. Hemos subrayado la
potencia visual de las escenas y el manejo de los efectos sonoros que refuerzan
la crudeza, y pese a lo cual hoy podemos afirmar que la realidad superó con
creces el padecimiento de Jesús.
Nos hemos detenido en el proceso que, según los más avanzados
estudios que la ciencia puede aportar hoy, solo un hombre con una
extraordinaria fortaleza física y espiritual pudo soportar, lo que nos permite
reconocer su divinidad. Baste citar, como dato significativo, que con solo la
flagelación ―Jesús fue latigueado casi cien veces por delante, por detrás y en
las piernas con el flagrum, un látigo romano que tenía bolas de plomo en
las puntas de los cueros y que, al golpear el cuerpo, rompía la piel y llegaba
a romper las costillas, durante un tiempo que probablemente superó los cuarenta
y cinco minutos― se habría provocado su muerte en un plazo de dos o tres
semanas, aunque le hubiese sido conmutada la pena de muerte. Por eso la ley
romana imponía un límite de latigazos, para que el ajusticiado no muriese en el
momento y se prolongase el sufrimiento. Y por eso, igualmente, estaba prohibido
impactar en la cabeza. Mel Gibson plasma de modo magistral el carácter
psicosomático de la Pasión de Cristo, su agonía que comienza mucho antes de que
se iniciase la tortura.
También he querido incidir en la importancia que la película
le concede a la mirada, como soporte del lenguaje cinematográfico para lograr
que los espectadores se encuentren personalmente con Cristo ―y recordé en este
sentido que algo similar ocurre con la genial serie The Chosen, que
estrenará nueva temporada muy pronto―. La práctica totalidad de los personajes
experimenta una transformación arrolladora cuando su mirada se funde con la de
Jesús. Y aquí debemos ampliar el enfoque no solo a los personajes, sino también
a los intérpretes, porque son muchas y sorprendentes las peripecias que
afectaron a los actores y miembros del equipo, durante y después de la
grabación, como ya anticipamos.
Nos referimos en su momento al cirineo; pero quisiera también
llamar la atención sobre Barrabás, interpretado por el actor italiano Sarubbi,
que en aquel momento se definía como ateo y que aceptó el papel por motivos
fundamentalmente económicos. Pues bien, este actor experimentó una
transformación radical a raíz de una escena con Jim Caviezel ―el intérprete de
Jesús―: en el momento en que Barrabás es liberado, Sarubbi debía mirar a Jesús.
Y cuenta el actor que, al cruzar la mirada con Caviezel, no vio a un actor,
sino «una mirada cargada de un amor y una misericordia tan profundos» que
penetraron su alma y la transformaron. Y la experiencia lo llevó a un proceso
de más de un año que culminó con su conversión al catolicismo romano y el
abrazo de la fe de manera activa.
Abundando en lo sorprendente, el propio Jim Caviezel afirmó
que durante la grabación experimentó sensaciones que relaciona con lo
sobrenatural. Por ejemplo, mientras grababa el sermón de la montaña sintió una
presencia real que solo él podía ver. Jim asegura que era Jesús. Poco después
fue impactado por un rayo ―este hecho sí fue documentado― y los miembros del
equipo que lo presenciaron aseguran que su comportamiento cambió
significativamente: hablaba solo, pero respondía con sentido, como si alguien
le diera indicaciones. Igualmente, en la crucifixión, aseguró sentir manos que
no eran humanas, describiendo dolor y un amor profundo. Incluso notaron
modificaciones sensibles en su rostro.(1)
Los escépticos pueden argumentar que todo es consecuencia de
la atractiva y envolvente ficción que Gibson construye, la maravillosa magia
del cine. Yo pienso que La Pasión de Cristo tiene un alcance mucho más
extenso y enriquecedor, precisamente porque se centra en un Cristo vivo, que
sigue transformando nuestras vidas. Ese es para mí un componente esencial, y
creo que también lo fue para su director.
(1) Vanessa Benavente, la
actriz que interpreta a María en la serie The Chosen, reveló el profundo
impacto emocional que tuvo sobre el elenco filmar las escenas de la
crucifixión. Los momentos en que, una vez que las cámaras dejaban de grabar,
algunos se derrumbaban «llorando inconsolablemente». La intensidad ―cuenta
Vanessa― era tal que necesitaba recordarse conscientemente que se trataba
solamente de una representación.




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