lunes, 26 de octubre de 2026

La democratización de la silla

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Ángel Benito

Las sillas colocadas para el Encuentro Nacional de Cofradías recuerdan auno de los bancos perennes en la Plaza

26-10-2026


El antiguo hermano mayor de La Soledad, Miguel Hernández, repetía de forma cíclica, cuando hacía balance de la Semana Santa la tarde del Domingo de Resurrección, la misma idea: lo que luciría la Plaza Mayor con unas sillas y gradas para ver pasar las procesiones de la tarde del Viernes Santo. La otra: que se unificara el Santo Entierro. Me voy a detener en la primera.

Salamanca estrenó en el pasado Encuentro Nacional de Cofradías una novedad que, a primera vista, parecía menor: sillas para que los participantes en el evento pudiesen ver de forma privilegiada el paso de las cofradías participantes en la procesión de «Vía Áurea». Este elemento puede verse como una mejora de la comodidad, una medida de accesibilidad o una forma de ordenar el espacio. Sin embargo, también nos puede llevarnos a hacernos una pregunta incómoda, ahora que ya no hablamos del deseo de Miguel, sino de un hecho consumado: ¿Estamos ante una silla democrática en el futuro? Ahora que estamos en precampaña el término se mamporrea con facilidad, por lo que traigámoslo aquí también. La silla reservada para el participante es un instrumento de servicio, incluso de organización, la silla que se guarda para el espectador que puede pagar, invitar o tener influencia sería muy distinto. Entre una y otra media una frontera que Salamanca debería saber defender antes de que alguien intente cruzarla.

La diferencia es enorme. Una silla puede ser un servicio  público que permita a una persona mayor, o con problemas de movilidad, o una familia con niños, ver la Semana Santa en directo y con dignidad. Una buena prueba de ello es la iniciativa de la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños de acercar a mayores de las residencias a que vean la salida de La Borriquilla; o en el Rosario reservar una parte de la salida para los hermanos que no pueden participar en la procesión.

O puede convertirse también en una localidad reservada, un producto con precio, un abono que se renueva cada año y, en los casos más demandados, un producto de reventa. En Sevilla, donde la carrera oficial lleva años funcionando así, una silla puede costar 90 euros, un palco superar los 1.000 euros y un balcón llegar a alquilarse por 9.000.

No se trata de demonizar la silla. Al contrario, bien gestionada, puede ser una herramienta de igualdad. En una ciudad con calles estrechas, grandes aglomeraciones y un público cada vez más diverso, garantizar asientos accesibles puede significar que más personas puedan disfrutar de las procesiones. El problema no es sentarse; sino quién, con qué criterios y si tiene un precio.

No será una respuesta sencilla y parece que por el momento la idea no va a tener continuidad al menos este mandato. Pero su uso por primera vez ya ha generado debate. La Semana Santa no es solo un acontecimiento religioso, es también un hecho cívico. Cuando un rito comienza a organizarse según la capacidad de pago, no solo cambia la forma de contemplarlo; cambia su sentido.

La democratización de la silla debería ser justo lo contrario de lo que significa en Sevilla: no reservar la mejor Semana Santa para unos pocos; sino garantizar que todos puedan vivirla. Que la silla si alguna vez se instaura sirva de puente y no de frontera. Que la silla no sea el principio de una Semana Santa con entradas.


1 comments:

  1. Las sillas en el entorno de nuestra Plaza Mayor al paso de las procesiones no son ni estreno ni novedad, se colocaron (de forma más o menos organizada y regulada) durante años en los tiempos en que la celebración que hoy conocemos comenzaba a tener un cierto relumbrón folklórico/turístico.

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