Dentro de aquella enjuta
furgoneta que rezumaba cierto ambiente a Semana Santa, nos encontrábamos Javier
Blázquez, compañero de fatigas y ajetreos, la periodista Ana Hernández y un
servidor. Quién nos iba a decir en aquellos lejanos tiempos que tal trío de
comentaristas tendríamos el gran honor de pregonar, pasados los años, la Semana
Santa de Salamanca en el Liceo.
Estábamos en aquella unidad móvil
de la TV de Salamanca para comentar la trasmisión del pregón que iba a ser
pronunciado en la Clerecía. Omito a conciencia el nombre del pregonero, porque
ya en su día en mi columna de El Adelanto, comenté lo que para mí no era más
que un tinglado propio de aquellas ocasiones variopintas que se amparaban
dentro de una normalidad peculiarmente poco rigurosa.
Algún dolor de cabeza me dio
aquella denuncia al asegurar que el citado pregón había sido escrito por un negro
muy conocido y competente en la materia, para que se luciese el anunciador de
la Semana Santa salmantina de aquel curioso e inolvidable año.
Venía a rematar mi columna
rogando que el escritor auténtico de aquellas palabras fuese nombrado
inmediatamente pregonero para el año siguiente, por la calidad del lenguaje
expresado y por aquel fondo intelectual religioso que salvaguardaba con total
garantía el éxito, de la que podría ser más que acertada elección para abrir
con su palabra el gran pórtico de la pasión salmantina.
Luego caímos en la cuenta de que
tan experto escribiente ya había sido pregonero y que seguramente por la
experiencia que atesoraba, tuvo más injundia el pregón prestado que el propio
que pronunciase años antes.
Solo me queda la duda de si se
pagó aquel buen trabajo o si fue un regalo para agradecer algún tipo de
prebenda recibida. Y digo esto por la información que recibí hace tiempo sobre
el pastón que cobraba por cada folio escrito, un compañero de andanzas poéticas
para cierto alcalde. Desde entonces pongo en duda cualquier asusto altruista,
cuando tiene que ver con bandos, discursos y pregones, escritos en los cercos
de la enfangada cosa política.
Viene a cuento recordar aquel
pasaje furgonetero, porque ante la súper procesión llevada a cabo hace
escasas fechas no dejo de pensar en los organizadores de la misma, desde ese
aspecto de verdad que tiene todo lo que rodea la Semana Santa Procesional,
cuando no media el sobrevuelo pernicioso de los buitres sobre los cielos del
interés cateto y provinciano, que suele ser moda de temporada por estos lares
en demasiadas ocasiones.
Daba por hecho y lo dejé escrito,
que me producía un intenso pánico pensar en una procesión con tantas imágenes,
ante lo que suele ser frecuente en determinados momentos de los días santos
salmantinos, cuando el desastre aparece como algo inherente a una Semana Santa
procesional que retoña de sus esencias, en algunos instantes, ese marcado
acento contradictorio que se ha ido convirtiendo en marca de la casa. Decía más
o menos que en cuanto ponemos en la calle más de dos pasos, el guirigay de los
parones, cortes, encuentros o desencuentros procesionales en los recorridos,
dejan la firma que nos retrata.
Por esto no solo me congratula lo
ocurrido el 26 de septiembre en las calles de nuestra ciudad, sino que me
ilusiona pensar que los organizadores de esa impresionante procesión, puedan
ser elogiados y elegidos, para dar cursos cofrades intensos sobre los aspectos
que marcan la gran diferencia que suele darse entre las distintas cofradías a la hora de procesionar por estas
calles únicas y exclusivas, para valorar en sus espacios recoletos, lo que
ellas aportan desde el grito que viste
con sobria hermosura la propia historia de sus siglos.
Esa catequesis religiosa y popular
que tanto pregonamos debe ser impartida con exquisita seriedad ante el público
asistente por ser merecedor en todo momento, de percibir lo que en Salamanca
saben llevar a cabo con pulcra dignidad las cofradías conscientes de lo que
planteo.
Mi abrazo fuerte con todo el
reconocimiento que pueda expresarse hacia quienes dirigieron y organizaron con
sobrada solvencia la Vía Áurea, por haber dejado patente que los pequeños
errores, cuando las cosas se hacen bien, quedan encuadrados en el más recóndito
espacio del olvido.
Fuera de la magna procesión, el
Encuentro que debería haber sido lo trascendental en aquellas jornadas cofrades
quedó diluido de tal forma, que mis pobres y menguadas entendederas, me hacen
suponer que puede engrasarse a partir de ahora la maquinaria procesional de tal
forma, que los encuentros cofrades se desvirtúen buscando lo que en el fondo de
lo que somos, genera ciertas ansias por ver pasar una procesión con signos de
eternidad por las engalanadas rúas de nuestro corazón cofrade.
El éxito popular en las calles
salmantinas de la procesión de procesiones, ha subrayado de una forma rotunda
en Salamanca, el entusiasmo semanasantero que espectadores y cofrades hemos
abrazado con desbordante alegría en el más íntimo hogar de los adentros.
Enhorabuena y a seguir.




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