09-10-2026
Apenas han pasado un par de
semanas y los ecos de la Vía Áurea –la manifestación más esperada del Encuentro
Nacional de Cofradías– aún resuenan con fuerza por las redes sociales y los
goterones de la cera caída en las calles nos lo siguen recordando con
estridentes chirridos bajo las suelas de nuestros zapatos. Todo lo que se ve y
se lee no son más que parabienes y satisfactorias felicitaciones –a las que me
sumo encantado– hacia quienes se encargaron de organizar esa extraordinaria
procesión que, a decir de los entendidos (no sé si con algún conflicto de
intereses), ha supuesto algo irrepetible y, al mismo tiempo, un punto de
inflexión para la Semana Santa salmantina –aunque haya tenido lugar en
septiembre– del que tendrán que tomar ejemplo las generaciones cofrades
venideras.
Así que no está de más
comenzar esta columna felicitando a quienes se han encontrado
satisfactoriamente en la cresta de esa exitosa ola que casi forma un tsunami tras
los actos de ese largo fin de semana dedicado al XXXII Encuentro Nacional de
Cofradías. Ha sido una magnífica procesión a la que apenas se le pueden poner
peros, se mire por donde se mire, y eso, vaya por delante, es claro fruto del
esfuerzo de la organización y de los organizadores.
Hablamos de una procesión
que ha trascendido a lo que debiera haber sido un Encuentro de Cofradías cargado
de contenido y de mensaje en el que, estoy seguro, también pusieron todo su
empeño y cariño los responsables de llevar adelante esta iniciativa en todo su
conjunto.
Sin embargo, no vamos a poder
hacer caso a las recomendaciones, buenas y varias, de ser mejores y más
cofrades, que insistentemente salieron a relucir en las sesiones de la Sala
Mayor del Palacio de Congresos... ¡porque no estábamos allí!
Los obispos de
Salamanca-Ciudad Rodrigo y Palencia exhortándonos a ser fieles cristianos, a
ser caritativos, a seguir los pasos de Jesús como testigos del amor que nace de
su cruz; Pablo, Laura y Paula enseñándonos a navegar por las redes cristianas;
Muiños animándonos a hacer caridad de la buena; Tomás y Gerardo abriéndonos las
puertas de la Iglesia a través de las cofradías... y nosotros, casi todos
nosotros, haciendo oídos sordos para hacer turismo o quedarnos dormitando en la
habitación del hotel a la espera de magnos acontecimientos. ¿O es que estábamos
todos poniendo ya en práctica anticipada las recomendaciones de los prelados
por las calles salmantinas?
Han sido muchos los que se
han echado a las calles a disfrutar de esta «Semana Santa del verano» que, mira
tú por dónde, ha coincidido con un Encuentro Nacional de Cofradías, sin
percatarse siquiera de que eso no era el fin sino el medio, como siempre.
Porque no solo los cofrades salmantinos, sino casi ninguno de los más de
trescientos foráneos inscritos como participantes en el evento ha aparecido por
el Palacio de Congresos a escuchar y aprender con las ponencias, ni participó
en las eucaristías de las nueve de la mañana, ni posiblemente en la misa
pontifical de clausura, aunque de esta última quizá quedasen disculpados por
estar recuperándose del desgaste que les supuso este Encuentro y, sobre todo,
su parafernalia catequética.
Si damos la enhorabuena a
los organizadores de esta procesión magna por el éxito evidente alcanzado, tanto
de participación como de público, de igual manera habrá que exigir
responsabilidades a quienes se hicieron cargo de organizar charlas y ponencias,
por no haber logrado alcanzar el efecto de llamada suficiente como para ver esa,
ya de por sí desoladora, Sala Mayor del Palacio de Congresos con el número
mínimo de asistentes necesario para no constituir un desaire a quienes desde el
estrado nos dirigieron sus preparadas palabras. Quizá no fue acertada la
elección de temas o de ponentes, o de ambos, que nunca se sabe. O posiblemente
la culpa fuese de los inscritos al Encuentro –iba a haber escrito asistentes
pero, visto lo visto, no me ha parecido lo más conveniente–, que para lo único
que querían su acreditación de cincuenta euros era para asegurarse una silla en
el «palquillo» en la que asentar posaderas durante las casi siete horas de
permanencia frente a la fachada consistorial. Yo, que estuve allí, puedo
asegurar que el gasto mereció la pena. Aunque, por el mismo precio, podían
haber aprovechado también para escuchar desde las cómodas butacas (o dormitar
si fuera el caso) a quienes se habían preparado para lucirse ante ellos, en
lugar de hacer turismo (siempre recomendable) o irse a comprar el incienso de
un sevillano palabrero a los bajos de San Pablo.
Lo intuíamos desde el
principio. Era, lamentablemente, el menosprecio asegurado de la parte «seria»
del Encuentro. Y sé de buena tinta que esas faltas de asistencia a las sesiones
cultas y formativas ha preocupado y entristecido a los esforzados organizadores
de este evento, más allá del éxito procesional. Por eso, visto lo visto, quizá
habría que organizar eventos diferentes. Por un lado, la apuesta religiosa,
cultural y formativa para quienes ven en las cofradías algo más que la catequesis
en las calles y, por otro, la concesión de procesiones extraordinarias a las
ciudades solicitantes que permitan dar a conocer a otras semanas santas lo que
atesora cada una de nuestras semanas santas. Tengo claro que, al final, solo se
perpetuaría uno de los dos acontecimientos. Lo veremos en el próximo Encuentro.
¡Ya lo veremos en Lorca!




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