07-10-2026
A Emily con cariño
El
léxico taurino bien podría ser considerado un auténtico dialecto del
castellano. Incluso de lenguas hermanas peninsulares incluso de otras
latitudes. Lo digo porque controlar la semántica taurina es cuanto menos
inaccesible al común de los mortales, incluso a los buenos aficionados.
Creo
que este vocabulario se aprende poco a poco viendo toros, pero es complicado en
un mundo donde los personalismos toreristas han dado nombre a un sinfín de
suertes creadas por sus matadores. Desde las manoletinas o las bernardinas
hasta las hermosinas pasando por las chicuelinas o las lopecinas.
Pero al final, sin desmerecer ninguna de esas suertes, todo el mundo sin saber
lo que significan esas y otras suertes, los aficionados de tendido y andanada
valoramos un buen toreo al natural, una buena verónica o una estocada en las
agujas. No hace falta mucho más para entusiasmarnos, además del riesgo y la
emoción que supone esta ancestral danza mortal que perdura cual aurresku
de tibias y calaveras cada tarde de albero en la piel de toro. El catedrático
de callejones, alberos, cámaras y micrófonos Fernando Fernández Román fue
maestro en esto. Y con claridad expositiva, cercanía, seriedad y rigor nos legó
algo más que ver toros, sentirlos en cada pase (taurómaco y televisivo).
También
los toros tienen lo suyo. Que si jabonero, negro zaíno, listón, ojo de
perdiz, colorao, cornigacho… Ya hablé en colaboraciones anteriores al
respecto con la suerte de la cabildera y los pelajes de los toros.
Y
empiezo este septiembre porque me vienen a la cabeza dos términos: nobleza y
mansedumbre. La nobleza, sin entrar en tecnicismos (los odio), diríamos que es
una embestida firme y confiada del toro hacia los trastos del torero con cierta
regularidad. La mansedumbre es vista como una condición pésima del cornúpeta
que aquerencia su debilidad hacia ser reservón y pastueño.
Si
bien la nobleza es vista como una cualidad intrínseca a la bravura, el exceso
de nobleza en la ecuación de la bravura (nobleza, fijeza y humillación) podría
terminar en un exceso de mansedumbre resultando la lidia del morlaco en este
caso un peñazo digna de ser abreviada con el verduguillo.
Digo
esto porque este mes de septiembre, nuestra ciudad ha celebrado el Congreso de
Cofradías y Hermandades. Un encuentro que supone todo un privilegio para
anticipar en los albores del otoño («veroño» más bien), la ansiada luna de
Nisán de primavera (más aún cuando este próximo año caerá muy tempranamente
como las vendimias actuales que comienzan con los mostos de agosto).
Normalmente,
los que organizan un encuentro de esta índole, labran debidamente un taburete
de tres patas, a saber: lo votivo, lo artístico y lo académico. Les puedo
asegurar que he asistido a congresos cofrades sin procesión y sin apenas tocar
el ámbito votivo devocional. Y, lo artístico quedó reducido a mil ponencias
sobre el barroco o cuestiones selenitas ajenas a cualquier planteamiento semanasantero.
Digo
esto porque parece que los derroteros o, mejor dicho taurinamente, los derrotes
del XXXVII Encuentro Nacional de Cofradías y Hermandades charro, han ido por la
llamada y ensalzada a la par que olvidada Escuela de Salamanca. Sin desmerecer
la importancia del enclave académico ligado a las órdenes religiosas que otrora
gestaron en su seno de piedras y altares hermandades y cofradías de penitencia,
creo que haber centrado y fijado el toro del trigésimo séptimo Encuentro
Nacional en la cal de la raya de lo académico, ha supuesto un monográfico para
justificar un no se sabe qué de una Universidad que siempre mostró bastante
indiferencia por lo charro y lo penitencial (salvo sus propios cultos en la
Capilla de San Jerónimo o la propia Hermandad Universitaria que ha declinado
participar procesionalmente).
Salamanca
siempre tuvo una vía férrea con dos raíles. Por un lado, la Universidad
(incluso la Pontificia, que católicamente nunca mostró apego por la
religiosidad popular, con la honrosa excepción de «nuestro» selenita Paco Gazapo
Rodríguez Pascual). Por otro lado, la vida diaria de la propia ciudad
(ganaderos, taurinos, etnógrafos, cofrades y demás ralea con más denominación
de origen que el Ibérico de Guijuelo-Béjar). De Calatrava ni hablo porque pocas
veces se ha preocupado de mantener contacto con unos y con otros, salvo para
medrar y controlar la languideciente Facultad de Teología (antaño, hasta en San
Esteban había facultad). Algunos como es mi caso, hemos estado en las dos
orillas de ese Tormes ancestral y académico a la vez, y muchas veces hemos
sufrido la incomprensión y el vilipendio de unos y otros.
Hace
unas semanas, en plena canícula del mes de agosto, estuve una semana en
Salamanca. Pude comprobar como se ha mercantilizado el acceso a templos que
antaño eran lugares de culto abiertos (Catedral, Clerecía, San Esteban…).
Incluso algunos ya no celebran ni una mísera Eucaristía al clarear el alba. Por
lo menos acudí a la Eucaristía dominical de diez de la mañana a San Martín y
pude contemplar, rezar y orar de cerca la obra crística franciscana salida de
la gubia mística de Mayoral. Excelente prédica del preste, que tuvo a bien
cuidar con esmero la acogida y la despedida, por cierto.
No
hay nada más reñido que mercantilización y culto. Bueno sí, lo académico y lo
popular. Las fiestas de la Virgen María tienen un trasfondo teológico
(Asunción, Natividad-Vega…), pero el pueblo las celebra a su modo superando con
creces la teología y lo eclesiástico de muros mitrados.
Tenemos
por estas tierras una manía extremada. U olvidamos un pasado glorioso o lo
metemos con calzador como el huevo en el hornazo. Y así sucede con la Escuela
de Salamanca. Salvo honrosos intelectuales, casi nadie del ámbito charro se ha
preocupado por dicha cosmovisión embrión de la modernidad. Y, de repente
hacemos de cualquier evento un recordatorio de la Escuela de Salamanca. Ese es
el peligro en el que se ha convertido este Encuentro. Y, ya saben la delgada
línea que hay entre recordar y olvidar. Como decía el gran profesor de Procesos
Psicológicos Básicos, Antonio Cabaco (al que si alguien que le conozca me lee,
ruego le trasmita un afectuoso saludo de mi parte), hay olvido porque hay
memoria, y hay memoria porque hay olvido. Las celebraciones donde más
recordatorios se reparten gratis y a espuertas son los funerales; y al poco
tiempo de llorar y ensalzar hiperbólicamente al finado, aparecen los primeros
olvidos a su persona.
Haber
hecho de un encuentro cofrade un acto académico supone trocar el verdugo o
capirote por el birrete. Y de la misma manera que no pega una muceta con un
verdugo, tampoco amerita un hábito o una túnica penitencial con un birrete.
Querer fusionar ambos es tarea loable, pero ingentemente desafortunada.
Como
querer travestir la mansedumbre por nobleza. Nobleza obliga decir que la
mansedumbre es mansedumbre y requiere paciencia. Y, a veces pañuelo verde.
No
obstante, hay que felicitarse de que se haya celebrado (más en la calle que
intramuros, este Encuentro Nacional de Cofradías). Y hemos «farmeado Áurea» con
éxito el pasado sábado veintiséis septembrino por el casco antiguo. Hablaré más
delante de ello pormenorizadamente.
Feliz
curso cofrade (no el oficial de barniz que obtendría una pésima puntuación en
el PISA del cofrade normal), sino el nuestro, el de ansiar cada domingo de
Tiempo Ordinario, de Adviento y de Navidad, el morado cuaresmal penitencial.




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