miércoles, 7 de octubre de 2026

Nobleza y mansedumbre

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Álex J. García Montero

Francisco de Vitoria impulsó, hace quinientos años, la Escuela de Salamanca

07-10-2026


A Emily con cariño

 

El léxico taurino bien podría ser considerado un auténtico dialecto del castellano. Incluso de lenguas hermanas peninsulares incluso de otras latitudes. Lo digo porque controlar la semántica taurina es cuanto menos inaccesible al común de los mortales, incluso a los buenos aficionados.

Creo que este vocabulario se aprende poco a poco viendo toros, pero es complicado en un mundo donde los personalismos toreristas han dado nombre a un sinfín de suertes creadas por sus matadores. Desde las manoletinas o las bernardinas hasta las hermosinas pasando por las chicuelinas o las lopecinas. Pero al final, sin desmerecer ninguna de esas suertes, todo el mundo sin saber lo que significan esas y otras suertes, los aficionados de tendido y andanada valoramos un buen toreo al natural, una buena verónica o una estocada en las agujas. No hace falta mucho más para entusiasmarnos, además del riesgo y la emoción que supone esta ancestral danza mortal que perdura cual aurresku de tibias y calaveras cada tarde de albero en la piel de toro. El catedrático de callejones, alberos, cámaras y micrófonos Fernando Fernández Román fue maestro en esto. Y con claridad expositiva, cercanía, seriedad y rigor nos legó algo más que ver toros, sentirlos en cada pase (taurómaco y televisivo).

También los toros tienen lo suyo. Que si jabonero, negro zaíno, listón, ojo de perdiz, colorao, cornigacho… Ya hablé en colaboraciones anteriores al respecto con la suerte de la cabildera y los pelajes de los toros.

Y empiezo este septiembre porque me vienen a la cabeza dos términos: nobleza y mansedumbre. La nobleza, sin entrar en tecnicismos (los odio), diríamos que es una embestida firme y confiada del toro hacia los trastos del torero con cierta regularidad. La mansedumbre es vista como una condición pésima del cornúpeta que aquerencia su debilidad hacia ser reservón y pastueño.

Si bien la nobleza es vista como una cualidad intrínseca a la bravura, el exceso de nobleza en la ecuación de la bravura (nobleza, fijeza y humillación) podría terminar en un exceso de mansedumbre resultando la lidia del morlaco en este caso un peñazo digna de ser abreviada con el verduguillo.

Digo esto porque este mes de septiembre, nuestra ciudad ha celebrado el Congreso de Cofradías y Hermandades. Un encuentro que supone todo un privilegio para anticipar en los albores del otoño («veroño» más bien), la ansiada luna de Nisán de primavera (más aún cuando este próximo año caerá muy tempranamente como las vendimias actuales que comienzan con los mostos de agosto).

Normalmente, los que organizan un encuentro de esta índole, labran debidamente un taburete de tres patas, a saber: lo votivo, lo artístico y lo académico. Les puedo asegurar que he asistido a congresos cofrades sin procesión y sin apenas tocar el ámbito votivo devocional. Y, lo artístico quedó reducido a mil ponencias sobre el barroco o cuestiones selenitas ajenas a cualquier planteamiento semanasantero.

Digo esto porque parece que los derroteros o, mejor dicho taurinamente, los derrotes del XXXVII Encuentro Nacional de Cofradías y Hermandades charro, han ido por la llamada y ensalzada a la par que olvidada Escuela de Salamanca. Sin desmerecer la importancia del enclave académico ligado a las órdenes religiosas que otrora gestaron en su seno de piedras y altares hermandades y cofradías de penitencia, creo que haber centrado y fijado el toro del trigésimo séptimo Encuentro Nacional en la cal de la raya de lo académico, ha supuesto un monográfico para justificar un no se sabe qué de una Universidad que siempre mostró bastante indiferencia por lo charro y lo penitencial (salvo sus propios cultos en la Capilla de San Jerónimo o la propia Hermandad Universitaria que ha declinado participar procesionalmente).

Salamanca siempre tuvo una vía férrea con dos raíles. Por un lado, la Universidad (incluso la Pontificia, que católicamente nunca mostró apego por la religiosidad popular, con la honrosa excepción de «nuestro» selenita Paco Gazapo Rodríguez Pascual). Por otro lado, la vida diaria de la propia ciudad (ganaderos, taurinos, etnógrafos, cofrades y demás ralea con más denominación de origen que el Ibérico de Guijuelo-Béjar). De Calatrava ni hablo porque pocas veces se ha preocupado de mantener contacto con unos y con otros, salvo para medrar y controlar la languideciente Facultad de Teología (antaño, hasta en San Esteban había facultad). Algunos como es mi caso, hemos estado en las dos orillas de ese Tormes ancestral y académico a la vez, y muchas veces hemos sufrido la incomprensión y el vilipendio de unos y otros.

Hace unas semanas, en plena canícula del mes de agosto, estuve una semana en Salamanca. Pude comprobar como se ha mercantilizado el acceso a templos que antaño eran lugares de culto abiertos (Catedral, Clerecía, San Esteban…). Incluso algunos ya no celebran ni una mísera Eucaristía al clarear el alba. Por lo menos acudí a la Eucaristía dominical de diez de la mañana a San Martín y pude contemplar, rezar y orar de cerca la obra crística franciscana salida de la gubia mística de Mayoral. Excelente prédica del preste, que tuvo a bien cuidar con esmero la acogida y la despedida, por cierto.

No hay nada más reñido que mercantilización y culto. Bueno sí, lo académico y lo popular. Las fiestas de la Virgen María tienen un trasfondo teológico (Asunción, Natividad-Vega…), pero el pueblo las celebra a su modo superando con creces la teología y lo eclesiástico de muros mitrados.

Tenemos por estas tierras una manía extremada. U olvidamos un pasado glorioso o lo metemos con calzador como el huevo en el hornazo. Y así sucede con la Escuela de Salamanca. Salvo honrosos intelectuales, casi nadie del ámbito charro se ha preocupado por dicha cosmovisión embrión de la modernidad. Y, de repente hacemos de cualquier evento un recordatorio de la Escuela de Salamanca. Ese es el peligro en el que se ha convertido este Encuentro. Y, ya saben la delgada línea que hay entre recordar y olvidar. Como decía el gran profesor de Procesos Psicológicos Básicos, Antonio Cabaco (al que si alguien que le conozca me lee, ruego le trasmita un afectuoso saludo de mi parte), hay olvido porque hay memoria, y hay memoria porque hay olvido. Las celebraciones donde más recordatorios se reparten gratis y a espuertas son los funerales; y al poco tiempo de llorar y ensalzar hiperbólicamente al finado, aparecen los primeros olvidos a su persona.

Haber hecho de un encuentro cofrade un acto académico supone trocar el verdugo o capirote por el birrete. Y de la misma manera que no pega una muceta con un verdugo, tampoco amerita un hábito o una túnica penitencial con un birrete. Querer fusionar ambos es tarea loable, pero ingentemente desafortunada.

Como querer travestir la mansedumbre por nobleza. Nobleza obliga decir que la mansedumbre es mansedumbre y requiere paciencia. Y, a veces pañuelo verde.

No obstante, hay que felicitarse de que se haya celebrado (más en la calle que intramuros, este Encuentro Nacional de Cofradías). Y hemos «farmeado Áurea» con éxito el pasado sábado veintiséis septembrino por el casco antiguo. Hablaré más delante de ello pormenorizadamente.

Feliz curso cofrade (no el oficial de barniz que obtendría una pésima puntuación en el PISA del cofrade normal), sino el nuestro, el de ansiar cada domingo de Tiempo Ordinario, de Adviento y de Navidad, el morado cuaresmal penitencial.


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