viernes, 2 de octubre de 2026

Salamanca merece escucharse

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Sergio Manuel García González

Fotografía: Fernando Pena, Junta de Semana Santa de Salamanca

02-10-2026


Una marcha puede desaparecer de la memoria de una cofradía, aunque su partitura siga guardada en el archivo. Basta con que deje de programarse, con que nadie pregunte por ella, con que una generación de hermanos crezca sin haberla escuchado. El papel permanece; la relación con la música se pierde. Y esa pérdida merece atención en una ciudad que tanto aprecia la historia de su Semana Santa.

Sabemos explicar la procedencia de una imagen, discutir sobre la conveniencia de un recorrido o defender una costumbre heredada. Cabe preguntarse cuánto sabemos de las composiciones dedicadas a esas mismas imágenes y cofradías. También tienen autores, circunstancias y una intención que conocer. La música merece formar parte de la conversación sobre nuestro patrimonio con la misma seriedad que otros elementos de la procesión.

Esa preocupación estuvo en el origen de Entre varales y pentagramas salmantinos, el concierto que la Banda de Música de Villamayor ofreció el pasado 18 de septiembre en la Catedral Vieja, como inauguración del Encuentro Nacional de Cofradías. El concierto abrió también Sonidos de la tierra, la nueva temporada de la banda, que sitúa la música de nuestro entorno en el centro de su programación. Al preparar el programa quise reunir obras vinculadas a Salamanca y recorrer distintas etapas de su historia cofrade. La ocasión invitaba a compartir con quienes nos visitaban una música que también nosotros necesitamos conocer mejor.

Abrió el concierto Cofradías Salmantinas, de Juan Carlos de la Fuente Santiago, recuperada a partir de materiales manuscritos. Del mismo autor se interpretó Nazareno, dedicada al Nazareno de San Julián, también conservada en manuscrito y para la que no habíamos localizado ninguna grabación durante la preparación del programa. Trabajar con estas partituras permite comprender la distancia entre conservar una obra y tenerla verdaderamente al alcance de los músicos y del público.

El estreno absoluto de Vía Áurea, encargada por la Junta de Semana Santa a Pedro Hernández Garriga para la procesión extraordinaria del encuentro, incorporó una nueva página a ese repertorio. Su autor tomó la batuta para dirigirla en su estreno. La recuperación de obras y los nuevos encargos se encontraban así en un mismo concierto, unidos por la necesidad de dar continuidad a una música que contribuya a la identidad de la pasión charra.

El recorrido por nuestras cofradías, hermandades y congregaciones comenzó con la decana, Vera Cruz, y La Cruz Divina, de Manuel Castrejón Navarro. Su orquestación y sus efectos instrumentales muestran el cuidado de una escritura que obtuvo el primer premio del I Concurso de Composición de Marchas Procesionales de la cofradía, convocado con motivo del IV centenario del Acto del Descendimiento y la Procesión del Santo Entierro.

Tras Nazareno, la Soledad estuvo representada por Noche de Soledad, de Matías Cañizal Tello, una marcha que narra musicalmente la procesión de su titular en la madrugada del Sábado Santo. Compuesta entre 2005 y 2006 y presentada ese último año por la Banda de Villamayor en la Clerecía, su escritura responde a un recorrido concreto. La intimidad de la introducción da paso a un tutti que expresa la alegría de ver a la Virgen nuevamente en las calles. Después, el discurso se recoge y acumula tensión mientras evoca su tránsito por lugares como la Rúa Mayor, San Esteban o la calle San Pablo, hasta alcanzar la Plaza Mayor, cuya entrada coincide con el comienzo del trío.

Un pasaje basado en la cadencia andaluza evoca la saeta del Corrillo, mientras que el final, en modo mayor y con toda la banda, expresa la esperanza de volver a ver a la Virgen al año siguiente. Hay, por tanto, una voluntad de contar la procesión a través de sus lugares, sus contrastes y las emociones de quienes la acompañan. Esa intención descriptiva permite relacionarla con La Madrugá, de Abel Moreno Gómez, y su evocación de la inimitable —u ojalá así fuera— noche sevillana. Matías Cañizal hace lo propio con esa noche salmantina, que también tiene un relato musical en el que reconocerse.

El Prendimiento, del compositor zamorano Jaime Gutiérrez Domínguez, llevó al programa la dedicatoria a la Seráfica Hermandad. De una técnica extraordinaria, su escritura melódica y contrapuntística está a la altura de su archiconocida Crucifixión. En su difusión ha pesado, por desgracia, haber sido concebida para la pasión salmantina.

La Hermandad Dominicana encontró su lugar en Esperanza, de Antonio Santos García, dedicada a Nuestra Señora de la Esperanza. Compuesta en 1996 y estrenada al año siguiente, es la más antigua del programa y fue la primera composición —o, al menos, la primera que se conserva— dedicada íntegramente a una imagen o corporación de la Semana Santa salmantina.

A continuación, María Nuestra Madre, de Javier Leopoldo García Rodríguez, vinculó el concierto con la Hermandad del Amor y de la Paz, alternando el carácter de sus llamadas militares con la elegancia del trío. Es una de las marchas que mejor traduce a sonidos la identidad de nuestra pasión. Completó el bloque Capitana del Silencio, de Carlos Javier Juanes Riesco, dedicada a Nuestra Señora del Silencio y nacida del encargo de las hijas de una hermana de carga fallecida.

Tras repetirse Vía Áurea, sonó como propina final Pasión en Salamanca, de Abel Moreno Gómez. Su presencia guardaba relación con la historia de estos encuentros y con el estreno que acabábamos de escuchar: como recordó Julián Alcántara en esta misma revista, nació por encargo de la Junta para el IV Congreso Nacional de Cofradías celebrado en Salamanca en 2002. Una celebración puede dejar una aportación musical cuyo recorrido continúe muchos años después.

Dar espacio a estas obras requiere decisiones que deben mantenerse cuando termina el concierto. Una marcha recuperada necesita nuevas interpretaciones; una recién estrenada, oportunidades para incorporarse a la vida de su cofradía. El compromiso merece prolongarse más allá de la fotografía o difusión en redes sociales y del aplauso del primer día, especialmente cuando estas composiciones contribuyen a expresar cómo vivimos los salmantinos la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Apostar por este repertorio exige desprenderse de cualquier complejo de inferioridad respecto a nuestra forma de entender una celebración que llevamos siglos viviendo en las calles.

Quienes elegimos repertorios tenemos una responsabilidad que conviene asumir sin rodeos. Apelar siempre a que una marcha «no se conoce» acaba garantizando que siga siendo desconocida. El público aprende a reconocer aquello que tiene ocasión de escuchar. Por eso, la popularidad de una obra debe valorarse junto a su calidad, su significado y su adecuación al momento. También la costumbre de repetir los mismos títulos necesita justificación con argumentos sólidos.

En un curso de dirección de banda escuché al maestro José Rafael Pascual Vilaplana reflexionar sobre la faceta educativa de la programación musical. Recordaba cómo su madre le obligaba de niño a comer lentejas, pese a que no le gustaban. Con el tiempo, era él quien le pedía un táper de lentejas cada vez que volvía a casa. Si alimentamos a nuestro público constantemente con comida basura y no le damos la oportunidad de probar las legumbres de nuestra Armuña, lo único que conseguiremos será crear un problema de salud pública y una crisis económica en la agricultura.

La tradición castellano-leonesa y la aportación particular de Salamanca merecen este esfuerzo. Admirar otras músicas es compatible con estudiar las propias. Lo preocupante es que el entusiasmo por lo que llega de fuera conviva con la indiferencia hacia lo que tenemos cerca. Resulta difícil hablar de identidad cuando las obras escritas para nuestras imágenes apenas encuentran sitio junto a ellas. Esa contradicción se resuelve revisando archivos, preparando materiales y tomando decisiones de programación.

A las bandas nos corresponde cuidar, además, cómo presentamos esas partituras. Una interpretación poco trabajada o prejuzgada antes de ser puesta en el atril puede condicionar injustamente la valoración de una obra. El equilibrio del sonido, el cuidado de las dinámicas, el sentido del fraseo y una articulación concreta forman parte de esa responsabilidad. También la disposición a colaborar con las cofradías y el reconocimiento del tiempo que los músicos dedican al estudio y al ensayo.

Me gustaría que este concierto animara a alguna hermandad a revisar su repertorio, a alguna banda a incorporar una marcha o a algún oyente a investigar o preguntar por su autor. Cada iniciativa daría continuidad al trabajo realizado. Salamanca merece escucharse. Procurar que su música vuelva a sonar, con conocimiento y con cuidado, es una manera concreta de demostrar cuánto nos importa y una responsabilidad que nos corresponde a todos.


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