lunes, 5 de octubre de 2026

En todas nuestras noches, Jesús Resucitado

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Tomás González Blázquez

Jesús Resucitado en la catedral, antes de salir en la Vía Áurea | Fotografía: Manuel López Martín


05-10-2026

A mis hermanos de la Vera Cruz

 

La última palabra pertenece a la Vida, que es Cristo. Cristo ha vencido al pecado. Cristo ha vencido a la muerte. Cristo vive. Y por eso podemos volver a nuestras casas con una certeza que ninguna noche podrá destruir: Dios hace nuevas todas las cosas.

Con el paso detenido a la altura del Ayuntamiento, desde algún balcón consistorial la voz de Paulino Fernández Calles compartía la última meditación de Vía Áurea, la correspondiente a Jesús Resucitado. Era una noche, la del 26 de septiembre, pero eran todas las noches las transformadas por la victoria de aquel cuerpo ya entre humano y divino, humanidad glorificada, heridas cicatrizadas, rostro transfigurado no solo en el Tabor sino en la Cruz. Noches que no entendemos tantas veces, y que solo resultan comprensibles a la luz de la noche santa en que Cristo venció a la muerte para hacer nuevas todas las cosas, todas las vidas.

En las cicatrices de los pies, que el martirio del Gólgota había unido para que ya no recorrieran pueblos y ciudades anunciando el Reino, el Resucitado curaba la noche de nuestra parálisis, de nuestra pereza, de nuestro conformismo. Porque no es infrecuente que elijamos el camino fácil, ese que no transitamos, ese que nunca llegamos a conocer porque no emprendemos, porque el miedo nos mantiene encerrados en un cenáculo sin mesa y sin paz.

En las cicatrices de las manos, que la tortura del Calvario había separado para que ya no abrazaran, para que ya no perdonaran, para que ya no dominaran a las enfermedades, el Resucitado curaba la noche de nuestra cerrazón, de nuestra frialdad, de nuestra tibieza espiritual.  Pero él nos trae bendición en su diestra alzada, y nos muestra una bandera en la que resplandece como Cordero que quita el pecado del mundo.

En la cicatriz de su costado, que una lanza atravesó para certificar el final, para que la muerte tuviera la última palabra, el Resucitado curaba la noche de nuestra muerte, y nos devolvía a casa con un principio al que regresar siempre, con el regalo de un Corazón abierto al que acudir como refugio en nuestras noches de cansancio y agobio, para hallar el alivio que necesitamos, para admirar el triunfo de la Vida.

Esta vez no estaba Mati pidiendo silencio a toque de campana ni tampoco mi padre abriendo la puerta de la Capilla, pero claro que eran acariciados en esas cicatrices. Esta vez no era de día, ni había campanillas y cruces encarnadas, ni sones y danzas charros, pero pasaba Jesús Resucitado y en sus heridas sanaban todas nuestras noches, hasta las más oscuras, porque para Dios nada es imposible.


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