A mis hermanos de la Vera Cruz
La última palabra pertenece a la Vida, que es Cristo. Cristo ha vencido
al pecado. Cristo ha vencido a la muerte. Cristo vive. Y por eso podemos volver
a nuestras casas con una certeza que ninguna noche podrá destruir: Dios hace
nuevas todas las cosas.
Con el paso detenido a la altura del Ayuntamiento, desde algún balcón
consistorial la voz de Paulino Fernández Calles compartía la última meditación
de Vía Áurea, la correspondiente a Jesús Resucitado. Era una noche, la del 26
de septiembre, pero eran todas las noches las transformadas por la victoria de
aquel cuerpo ya entre humano y divino, humanidad glorificada, heridas cicatrizadas,
rostro transfigurado no solo en el Tabor sino en la Cruz. Noches que no
entendemos tantas veces, y que solo resultan comprensibles a la luz de la noche
santa en que Cristo venció a la muerte para hacer nuevas todas las cosas, todas
las vidas.
En las cicatrices de los pies, que el martirio del Gólgota había unido
para que ya no recorrieran pueblos y ciudades anunciando el Reino, el
Resucitado curaba la noche de nuestra parálisis, de nuestra pereza, de nuestro
conformismo. Porque no es infrecuente que elijamos el camino fácil, ese que no
transitamos, ese que nunca llegamos a conocer porque no emprendemos, porque el
miedo nos mantiene encerrados en un cenáculo sin mesa y sin paz.
En las cicatrices de las manos, que la tortura del Calvario había
separado para que ya no abrazaran, para que ya no perdonaran, para que ya no
dominaran a las enfermedades, el Resucitado curaba la noche de nuestra
cerrazón, de nuestra frialdad, de nuestra tibieza espiritual. Pero él nos trae bendición en su diestra
alzada, y nos muestra una bandera en la que resplandece como Cordero que quita
el pecado del mundo.
En la cicatriz de su costado, que una lanza atravesó para certificar el
final, para que la muerte tuviera la última palabra, el Resucitado curaba la
noche de nuestra muerte, y nos devolvía a casa con un principio al que regresar
siempre, con el regalo de un Corazón abierto al que acudir como refugio en
nuestras noches de cansancio y agobio, para hallar el alivio que necesitamos,
para admirar el triunfo de la Vida.
Esta vez no estaba Mati pidiendo silencio a toque de campana ni tampoco
mi padre abriendo la puerta de la Capilla, pero claro que eran acariciados en
esas cicatrices. Esta vez no era de día, ni había campanillas y cruces
encarnadas, ni sones y danzas charros, pero pasaba Jesús Resucitado y en sus
heridas sanaban todas nuestras noches, hasta las más oscuras, porque para Dios
nada es imposible.




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