miércoles, 25 de abril de 2018

Plaza sí, Plaza no

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Antonio Santos

El paso del Nazareno de San Julián, en la Plaza Mayor | Fotografía: Congregación de Jesús Nazareno

25 de abril de 2018

Voy a romper una lanza a favor del turismo, una de las dianas favoritas de los análisis pascuales de la Semana Santa. Hay que ver lo que le gusta a algunos atizarle con ganas a este fenómeno contemporáneo que es el del visitante que se acerca a nuestras procesiones, o a las que sean, con más curiosidad que devoción, atraído por las excelencias artísticas, culturales y culinarias de la región.

Ya comentaba algo acerca del asunto en mi artículo El laberinto "noventayochista". La generación del fenómeno del turismo religioso salvó y potenció una Semana Santa decaída por lo general, la sacó del Antiguo Régimen y la situó en la modernidad en tiempos de la Restauración. También facilitó la importación de elementos de unas regiones a otras, cuando los que viajaban fuera eran directivos de hermandad en busca de nuevos y más llamativos elementos. Salamanca no ha sido excepción en este asunto del turismo. Sin turismo no tendríamos Semana Santa, o no tendríamos la Semana Santa que tenemos, ni remotamente.

Este año, varias procesiones han decidido suprimir su paso por la Plaza Mayor, y ya son una decena. Está claro que a los desfiles más íntimos de noche o de madrugada, la Plaza Mayor no les aporta el espacio apropiado. Pero los cofrades estamos empezando a ver con malos ojos el ambiente siempre vívido y festivo de la Plaza y nos estamos equivocando. La proliferación y alta ocupación de las terrazas que en ella se han instalado (las de la Plaza no se retiran como las de las calles adyacentes cuando viene la procesión) hace que contemplar las imágenes en dicho entorno monumental, deje mucho que desear. En este punto entiendo los argumentos de las cofradías, pero conviene matizarlos. En realidad lo que está cambiando es la ciudad, pues la Plaza Mayor, antes copada con negocios locales y vida local, ha dado paso a otra realidad, que nos podrá gustar más o menos, pero que garantiza su pervivencia y que pasa necesariamente por la hostelería para locales y turistas. Quizá habría que buscar un arbitrio en estos temas antes de que hayan retirado el impresionante ágora de sus itinerarios todas las cofradías. En ningún caso creo que deban retirarse de ellas más cofradías de tarde ni la Semana Santa renunciar a un espacio natural para sus desfiles.

No debemos olvidarnos que también ha cambiado la forma de salir de las cofradías. Entrar en la Plaza Mayor con la cofradía era y es un momento de lucimiento, del más alto salmanticismo. Recuerdo como anécdota una ocasión en que escaseaba la carga debajo de un paso, pero al entrar en la Plaza, el peso se aliviaba y todos los que cargaban tiraban hacia arriba: "¡Es que vamos a entrar en la Plaza!".  En tiempos más recientes y en general, vamos buscando una Semana Santa más seria de calle estrecha y efecto lumínico y la Plaza Mayor mal sirve a estos propósitos.

En esta constate búsqueda de un equilibrio identitario entre fenómeno religioso y festival cultural urbano, no debemos caer en el error de pensar que somos solo uno de ellos, sino la combinación de ambos. Las cofradías son entidades religiosas, no me cabe duda, pero la suma de todas ellas agrupadas en la Junta de Semana Santa es más bien lo segundo. Termino recordando con cariño una antigua estampa de la Congregación de San Julián con su paso titular desfilando por la Plaza Mayor que rezaba: "Las dos joyas de la familia Churriguera". Nada puede describir mejor ese deseable equilibrio.


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