miércoles, 10 de febrero de 2021

Alternativa

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Álex J. García Montero

La Dolorosa | Foto: Alfonso Barco
10-02-2021

Todos los espectáculos públicos tienen su propia liturgia. Aunque hay espectáculos cuya liturgia supera al propio espectáculo convirtiéndolo en rito. Destaco dos (según mi parecer, perfectamente subjetivo) que están por encima de todos: la ópera y los toros. En la ópera, existe un profundo sentimiento de unión en torno a un mismo sentir donde se estratifican las clases sociales con sus virtudes y miserias, y se unen por el supremo bien de la música, el canto y el teatro, donde ahí sí que el bien es superior a cualquier individualidad. En los toros, animal, espectadores (respetable, único vocablo usado así en espectáculos), autoridad(es), cuadrillas, matadores, músicos… unen sus destinos al de la muerte ritualizada.

Sin embargo, sucede que, dentro de esas grandes liturgias, hay otras. Las hay no institucionalizadas (por mucho que se den y muy extendidas que estén, no hay obligación de realizarlas), como por ejemplo el bocadillo en los toros. Las hay que sí están institucionalizadas, y cuando se llevan a cabo (curiosamente pueden ser bastante esporádicas), hay que proceder según unos pasos pautados. Entre estas destaco la ceremonia de la alternativa o, como vulgarmente se dice «tomar la alternativa». En ella, padrino y toricantano intercambian los trastos de torear de una manera altamente austera y emotiva para habilitar al novel matador a enfrentarse a cornúpetas cinqueños. Es una ceremonia escrupulosamente pautada, presidida por la austeridad, seriedad y sencillez. Sería una paraliturgia, una liturgia paralela a la propia celebración taurina.

En estos tiempos de «puto bicho», se han sucedido como nunca los pensamientos sobre posibles alternativas a la Semana Santa y todo lo que pulula alrededor de nuestro mundo. No quisiera estar yo en la piel de los responsables de juntas de cofradías, hermandades y demás. Pero en estas líneas no tengo la intención de tomar el olivo, sino de irme a porta gayola.

Entre las liturgias que poco a poco fueron surgiendo alrededor de la celebración cofrade de la Semana Santa (formada, casi exclusivamente por procesiones y triduos), se fueron ampliando a quinarios, besamanos, besapiés, y cómo no, civilmente, los pregones, que nacieron cuando presentadores de los manidos conciertos de música de Semana Santa en cuaresma alardearon tanto de su prosa que, poco a poco, fueron arrinconando partituras e instrumentos.

Ya sabemos (y me sé) la retahíla de lo que celebramos en Semana Santa, la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador Jesucristo. A pesar de la enorme repetición por parte de algunos, especialmente entre aquellos de mitra de palacio o alzacuellos de despacho, o civiles trajes y abrigos de negro paño con cromáticas corbatas, en los últimos tiempos para justificar eso tan manido de que, aunque no haya procesiones, seguirá habiendo Semana Santa, no lo escuché con tanta bocina cuando solo importaba lo de «Declarada de Interés Turístico Planetario –Universal– Galáctico». Curioso también que las Juntas a la hora de tomar decisiones (duras, y ya conocidas y experimentadas) se reúnan con los responsables turísticos, antes que eclesiásticos y cofrades. Hemos cedido terrenos que nos correspondían por derecho, como al bóvido en la plaza, y va a ser muy difícil recuperar la cal de la raya de los dos tercios.

Por ello, considero que las liturgias laicas ligadas a la celebración cofrade de la Semana Santa, difieren sustancialmente, por aquello de ser mayoritariamente civiles, de las religiosas y, por lo tanto, sin procesiones (sí, sin procesiones) carecen de sentido. Pero, hete aquí, que sin ser «podemoides» aunque pareciéndolo, estamos escuchando hasta la saciedad eso de «una Semana Santa alternativa».

¿Qué sentido tiene dar una alternativa sin corrida de toros? ¿Qué sentido tiene escuchar pasodobles con tendidos en silencio? Puede que el de sentir el placer de escuchar música que nos gusta, pero no solo, pues es alimento integral de todos los sentidos por mor de un contexto que aporta dicha holicidad. La música cofrade nos lleva a la procesión, el quemar incienso en un rincón de nuestra casa nos entona a noches de ruan. Son pequeñas paraliturgias que evocan la gran paraliturgia de la Semana Santa cofrade: el pregón. El pregón o pregones (toda cofradía que se precie tiene su pregón ahora mismo), es la gran paraliturgia donde se juntan cofrades, creyentes, ateos, clérigos, políticos, instituciones…. para ser puerta de lo que en breves semanas o días vendrá como tromba atemporal en las calles. Por ello, dentro de la Semana Santa cabrán ceremonias, eucaristías, oficios…, pero sin procesiones no tendrá sentido realizar actos como pregones, conciertos, triduos, quinarios, besamanos…

¿Y qué propone usted, don Álex? como me decía un excelente (y buen taurino) catedrático de Pedagogía, don Antonio García Madrid. Pues bien, el silencio. El silencio en los toros no es signo de algo necesariamente malo, sino de apatía. No propongo lanzar almohadillas, aunque con casi cien mil muertos, podríamos lanzarlas a los de arriba (con coleta, corbata o pañuelo). El silencio tras la muerte de un toro es señal de apatía, pero también de respeto a una faena que no ha llegado al alma del tendido, pero que ha mostrado ciertas dosis de voluntarismo. Trasciende a la división de opiniones y supone un afecto invisible por el matador.

De este modo, y atendiendo a las actuales circunstancias, abogo por el grito del silencio. Por abolir pregones y actos. Por suprimir paraliturgias, salvo aquellas que queramos hacer en nuestras casas.

Siento lástima por posibles toricantanos, pero ejercer de pregonero en una Semana Santa sin procesiones debe ser una experiencia surrealista. Para beatos y come rosarios, la primera Semana Santa de la historia no tuvo más pregonero que un tal Judas Iscariote.

Porque no hay ni va a haber alternativa. La única alternativa a un albero vacío es el silencio. Y en estos tiempos, mejor la apatía y el respeto que cualquier otra iniciativa.

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