viernes, 26 de febrero de 2021

Buscando el Norte… Un desafío

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Enrique Mora González

Oración previa a la salida procesional de la Hermandad del Silencio | Foto: Pablo de la Peña
26-02-2021


Una de las cosas más sencillas de la vida ‒se decía‒ era desorientarse, desatender las referencias en el camino y perderse. Es imposible, sin embargo, desorientarse si no hay un Oriente (o Norte) para interpretar el mapa del camino de la vida, ni perderse cuando no hay una meta a la que llegar, ni, por supuesto, se puede caer en el extravío como causa de la rebelión (o desobediencia) a las referencias o indicaciones de tránsito, cuando estas son vividas como un corsé intolerable a las libertades individuales. Pues todo es y debe ser un vagar libre, sin rumbo, donde el corazón se explaye en sana espontaneidad, donde la autonomía del yo se emancipe de cualquier herencia social y hasta del determinismo biológico. Hay que vivir la vida en su natural confusión y sereno desconcierto. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. El único camino legítimo es el de seguir el impulso del corazón liberado de cualquier guía, indicación o referencia como pudieran ser la autoridad, la Tradición, el dogma, la educación, las normas, la fe. No hay camino, solo pies; no hay Verdad, solo opinión; no hay amor, sino sentimientos; no hay belleza, sino emoción... No hay Dios, hay un Algo; no hay fe, solo creencias...

En esta ósmosis estamos y respiramos y sus ecos llegan hasta el tornavoz de los púlpitos en diferente grado. ¿Quién soy yo para juzgar a nadie? Mándame buenas «vibras» que yo rezaré por ti. Intentos sanos, sin duda, de intentar «bautizar» la sensibilidad actual imperante en un conato de armonizar un pretendido «Evangelio puro» («depurado» de la Tradición) con lo «salvable» y «loable» del credo secular, tolerante, democrático y progresista. O nos ponemos en consonancia con los tiempos o los tiempos nos dejarán de lado, se dice. En fin, en esto y en su resolución, un servidor se remite a las sabias palabras del P. Astete: Eso no me lo pregunte a mí que soy ignorante. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder.

Pues bien, en medio de esta vorágine general, se anda, por el contrario, intentando buscar el Norte, o no perderlo, bajo la tutela de la autoridad (o Magisterio), en las populares asociaciones de fieles católicos, más conocidas por su denominación de cofradías y hermandades de Semana Santa. El objetivo es claro y tradicional, como es el garantizar el orden doctrinal y la rectitud moral canónica, exigida esta, al menos, en sus cabezas más visibles de tales instituciones. Los medios propuestos para conseguir esto son: comunión con la jerarquía, observancia cultual, adoctrinamiento (formación) de sus miembros y práctica de las obras de misericordia.

La cuestión es, o puede ser, que las hermandades o cofradías de la Castilla tradicional, la Vieja y la Nueva, tanto las vetustas como las tantas muchas refundadas o fundadas en la posguerra, andan o andamos en un campo movedizo. ¿Por qué? Porque se fundaron como parte de la societas christiana, enraizadas en la sociedad tradicional sacralizada y confesional como un plus en la espiritualidad común, o como un servicio religioso para el resto de la sociedad católica. Estas instituciones no tenían su motor y arraigo fundamental, por tanto ‒como posiblemente en otras zonas o épocas‒ en el «asociacionismo», antes natural y hoy como fenómeno sustitutivo de la sociedad orgánica. Por tanto, la vida de estas cofradías era lejana a la vida de club o de peña. No se sentía la necesidad de grandes aportes (cuotas); ni de tener casa social (casa de hermandad), con lo que ello implica; ni cuidar en exceso la representatividad ni los signos externos; ni multiplicar cultos, pues se presuponía, como a los soldados la valentía, a los cofrades la práctica religiosa; ni la de organizar ciclos de formación, pues se partía de una catequesis común bien hecha y así el resto de las cosas. Pero con el imperio del credo secularista (o de la religión liberal) que ha demolido la sociedad tradicional, y con ella la espiritualidad común católica, todo ha cambiado. Las hermandades y cofradías hoy son campo de misión en sí mismas y tienen gran parte de su fuerza constitutiva en una sed indeterminada religiosa y en la necesidad de constituir un grupo de referencia social en una sociedad marcadamente individualista.

El desafío, por tanto, es grande. Pues las dos fuerzas motrices hoy, la sed religiosa, que en sí no tiene dogmas ni código moral, y el asociacionismo chato son en sí mismas fácilmente devorables por el secularismo con estética religiosa y, por lo tanto, extremadamente frágiles para constituir grupos con vigor social. Sin estas dos fuerzas, sin embargo, las cofradías ancladas en el antiguo orden van desapareciendo, no porque no valiera su modelo, sino porque ha cambiado el mundo que las sustentaba, el humus en el que estaban enraizadas y en las que eran un producto natural.

El desafío de la deseable búsqueda del Norte del mundo cofrade se encuentra en una encrucijada. Pues sus dos fuerzas motrices ‒sed religiosa y necesidad asociativa‒ se ven arrastradas por distintos vientos: el huracanado del proceso social (avanzado) de disolución de la raíz y vivencia cristiana de la sociedad; el racheado de la confusión doctrinal que se percibe y desprende del «desesperado diálogo» con la sensibilidad del mundo; junto, por otra parte, con la brisa impetuosa del intento disciplinante (y misionero) de la jerarquía eclesiástica en su santo afán de ser hito de amarre de este molino. Y esto sí que es un camino por andar.

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