miércoles, 24 de febrero de 2021

Los templos, fundamentales

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Xuasús González

Celebración eucarística en la Catedral Nueva en tiempos de covid-19 | Foto: Pablo de la Peña

24-02-2021


El año pasado por estas mismas fechas no imaginábamos, siquiera, por todo lo que íbamos a tener que pasar. Ni siquiera poco después, con el «mazazo» de la suspensión de las procesiones y otros actos públicos, y la declaración del estado de alarma –confinamiento incluido–, podíamos pensar que nuestras vidas iban a cambiar tanto en tan poco tiempo; pero la covid-19 se ha cebado, de una u otra manera, en mayor o menor medida, con todos nosotros: contagios –de uno mismo o de familiares o amigos–, fallecimiento de personas cercanas, desempleo, inestabilidad económica, incertidumbre generalizada…

 

Por aquel entonces, recurrimos muchas veces a aquello de «este año lo viviremos de manera distinta», «esta Semana Santa será más íntima»… para referirnos a la excepcionalidad de 2020, dando en general casi por hecho que en 2021 habríamos recuperado la normalidad –a secas, sin el apelativo de «nueva» que tanto oiríamos después; contradictio in terminis en toda regla, no me cansaré de repetirlo– y que la pandemia sería poco más que un mal recuerdo… Pero, desgraciadamente, hace ya tiempo que todos tenemos claro que, aun sin llegar a una situación tan dramática como la del año pasado, ese mismo discurso sigue estando vigente…

 

Y, ya en plena Cuaresma, nos disponemos a vivir una nueva Semana Santa, en la que tampoco habrá procesiones ni actos multitudinarios, y sin saber muy bien cómo y en qué condiciones se va a poder celebrar; entre otros motivos porque las distintas medidas que las autoridades establecen para tratar de frenar la propagación de la covid-19 cambian constantemente –y casi de un día para otro–, por lo que es realmente difícil hacer previsiones…

 

Lo que sí parece claro es que, para las cofradías, los templos van a resultar fundamentales. Más, si cabe, que de costumbre. Y ya que, por la situación en que nos encontramos, no va a ser posible manifestar nuestra fe en la calle y acercar al pueblo nuestras imágenes, tenemos que hacer un esfuerzo para facilitar que la gente pueda acercarse a rezarles en sus «casas», en las iglesias. Tanto en oración personal como en distintos actos de culto, en comunidad; y tomando las precauciones necesarias, ni que decir tiene.

 

El año pasado, cuando se paró prácticamente toda actividad, también los templos estuvieron cerrados durante más de dos meses. Y fue muy duro, desde luego, no poder celebrar la eucaristía con nuestros hermanos ni visitar a esa imagen a la que uno profesa especial devoción. Y desde que volvieron a abrir sus puertas, hemos podido acudir, con las consabidas medidas de seguridad –aforo, mascarilla, distancia interpersonal…– con relativa normalidad… hasta el mes pasado. Y es que la Junta de Castilla y León estableció que, a partir de las 20:00 h del 16 de enero, además de no poder superarse un tercio del aforo, tampoco podría haber más de veinticinco personas. Independientemente de su tamaño. Una medida a todas luces desproporcionada que volvía a suponer un problema para acudir a la iglesia, convirtiendo casi en una «competición» llegar entre los veinticinco primeros para participar, por ejemplo, en la misa dominical.

 

Hubo tímidas protestas contra una decisión que, en esta ocasión, no tomaron «los rojos», a los que siempre se señala como enemigos de la Iglesia –aunque a veces ya dude quiénes son tales «rojos»–; sino el gobierno autonómico de Castilla y León, con un presidente y un vicepresidente creyentes, Igea dixit. El mismo político, por cierto, que –según manifestó– hubiera cerrado las iglesias si hubiera podido… y eso que no son –al menos hasta donde yo sé– focos de contagio alguno…

 

Afortunadamente, la cordura puso fin la semana pasada a esta inexplicable norma, y desde el 20 de febrero –un mes ha durado la «broma»–, el aforo en las iglesias vuelve a ser de un tercio de su capacidad máxima.

 

Es una buena noticia per se –aunque manda narices que casi tengamos que dar gracias por volver a lo que era razonable–, y un balón de oxígeno para las cofradías a la hora de organizar cultos o, simplemente, de facilitar a sus hermanos –y a los fieles en general– vivir su fe también en clave semanasantera.


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