miércoles, 12 de junio de 2024

Pacificar bandos

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P. P. Mateos

La pacificación de los bandos, relieve de Aniceto Marinas en la parroquia de San Juan de Sahagún

12-06-2024

Contamos la historia de los bandos y nos parece admirable, pero es necesario detenerse un poco si queremos entender de qué se trata.

De una parte, hemos de considerar que mediar significa perder y así lo comprobamos en la vida corriente, de hecho, por esa razón no nos comprometemos en los conflictos. Y, por otro lado, sabemos que dos no riñen, si uno no quiere.

No debió ser fácil en una contienda que duró mucho tiempo y en la que hubo muertes. En este orden de cosas, que un fraile se comprometiera con la paz ya es suficientemente fuerte como para pensar que su espíritu estaba animado por algo muy distinto de aquello que animaba los espíritus en contienda. Quedar en tierra de nadie, con las sospechas de ambos bandos, puesto que cada uno busca su triunfo empleando ardides y astucias para llevarse la victoria. Tratar de establecer diálogo donde los afectos estaban heridos por muertes de hijos, basta recordar la conocida historia de doña María, la Brava, por ejemplo.

Es necesario reconocer que quien se compromete con una mediación, y más en los niveles de violencia de que hablamos, también recibe presiones de quienes lo quieren, tratando de evitar que la persona acabe mal. Esto también resta energías pues no se puede dejar de acentuar el riesgo del que uno mismo es consciente. El mediador también recibe presiones de los que comparten la vida con él, pues pueden verse afectados en sus personas y en sus intereses. No siempre ha de ser por miedo, también por responsabilidad sobre otros y con otros.

Estas y otras consideraciones nos llevan a poder decir que el mediador, el pacificador, está solo. Resistir esta soledad no resulta fácilmente atribuible a una personalidad concreta pues, creo que en situaciones así todos los límites humanos se sobrepasan. San Juan de Sahagún encontraba su fuerza y su equilibrio en su fe, y concretando más en la Eucaristía.

También es necesario reconocer que nadie puede mediar si no es aceptado como mediador por las partes en conflicto. Así que, la vida de san Juan de Sahagún ya debía ser reconocida y valorada tanto como para que los dos bandos enfrentados lo aceptaran como imparcial y fiable.

Años duraron los trabajos que hicieron posible la paz tras la firma de la concordia, sustantivo ligado a la toponimia de la Ciudad del Tormes. ¿No hubo malentendidos en este tiempo? ¿No hubo intereses que intentaran que no se consiguiese la paz? ¿No hubo dudas ni dolor por parte de quienes sintieran que sus difuntos querían venganza? Y otras muchas circunstancias que podríamos citar.

Creo que podemos decir que se trató de una empresa demasiado grande como para que un hombre solo la llevase adelante. Celebrar a san Juan de Sahagún, como a cualquier santo, es celebrar el triunfo de Dios en esa persona.

Bienaventurados los que trabajan por la paz porque se llamarán los hijos de Dios.


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