Desde que el
tiempo ha empezado a acelerar y las circunstancias vitales no son tan
acuciantes, en general, que no permitan pensar en otra cosa que cómo sobrevivir
al día siguiente, los hijos se han dedicado a tratar de llevar la contraria a
los padres. Es uno de los ritmos básicos para entender los movimientos de
péndulo que con mayor o menor amplitud van marcando los vaivenes sociales, el
ir y venir incansable.
Aunque hay
fenómenos que tienen en sí el sello de lo eterno, lo cierto es que tampoco
escapan de esa dialéctica acción-reacción que va hincando sus dientes de sierra
en casi todo. No era lo mismo la Semana Santa en el siglo XVI que en el XIX, ni
tampoco en 1960 que en 1975, en los ochenta que en los dos mil y así seguirá
alternando expansión y contracción, auge y caída, declive y expansión.
Aunque es
sabido que el mundo es como es y que casi todo vuelve, no dejan sin embargo de
sorprender de vez en cuando ciertas tendencias que aparecen de repente en
escena sin que aparentemente nadie diera un duro por ellas. Pero después del
absoluto nihilismo… algo tenía que venir.
Decir que los
jóvenes se han vuelto religiosos de repente o que la espiritualidad se ha
puesto de moda no dejaría de ser una falsedad, como lo es toda generalización.
En primer lugar, porque hay jóvenes que nunca han dejado de serlo y en segundo
porque a veces hay tantas ganas de lanzar un titular que se le aplican letras
de molde cogiendo el rábano por las hojas o aprovechando pequeñas variaciones
estadísticas.
Pero de esto
se está hablando. Mucha culpa ha tenido el seísmo que suele acompañar al
lanzamiento de cada disco de Rosalía, esa artista diferente y genial que es
capaz de marcar tendencia a cada paso. Y los últimos que ha dado ha sido
vestida en algo que recuerda de alguna forma a una monja corriendo por Madrid.
Yo conocí a
Rosalía hace algunos años en un Liceo con muy pocas personas, en un Fàcyl,
cantando Aunque es de noche con una gallardía asombrosa sobre las
huellas de Enrique Morente. Luego busqué el videoclip y desde luego era
hermosamente chocante ver los versos de san Juan de la Cruz envueltos en una
estética urban por una chica que no tenía ningún rubor en mostrar su
credo y sus símbolos de fe. Ahí ya estaba todo, claro que entonces la
repercusión no era la misma.
Ahora su
estética neo-religiosa, sus mensajes hacen correr ríos de tinta. El otro día
aseguraba en Salamanca el presidente de la Conferencia Episcopal, Luis
Argüello, que la religiosidad de Rosalía «puede que sea marketing, pero si el
marketing se ocupa de la religiosidad es que hay una corriente social de fondo
a la que hay que prestar atención».
Está en
cartelera Los domingos, suscitando controversia sobre cómo encajar una
vocación religiosa en una persona muy joven, está el grupo Hakuna llenando
conciertos o recibiendo miles de visitas en sus redes, jóvenes novicias
haciendo tiktoks dentro de conventos…
Yo no me
atrevería a decir que la juventud se haya vuelto religiosa, o más religiosa,
pero sí parece evidente que un conjunto ‒más amplio o menos amplio, ya veremos‒ de jóvenes ha entendido que no hay mensaje radicalmente más
rebelde que abrazar que el de Jesús.
En la Semana
Santa hace tiempo que los grupos de jóvenes se han convertido en un activo
imprescindible para muchas cofradías, quizá las que han tenido más valor para
abrirles la puerta o para darles el lugar que merecen, lo que siempre es un
buen motivo para reflexión colectiva.
No lanzaría
yo ninguna campana al vuelo, pero que haya aunque sea un puñadito de chicas y
chicos que se cuestione el vacío del modo de vida consumista, del carril
marcado y sus atroces dictaduras, desde luego que no parece mala noticia.




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