Lo desmembraron y le echaron por encima un manto
de color púrpura;
trenzaron una corona de espinas y se la
pusieron en la cabeza.
(Mt 27,28-29)
Suelo ver, siempre que puedo,
documentales de televisión, especialmente los que cuentan con el respaldo de
una sólida producción ―que no siempre implica una objetividad insobornable, pero
aseguran entretenimiento y aprendizaje de multitud de curiosidades―. Mi
debilidad, lo confieso, son los que abordan la vida animal salvaje y cuestiones
históricas. Así es como, recientemente, llamó mi atención uno dedicado a la
corona de espinas que se conserva actualmente en la catedral de Notre-Dame
de París.
Según los evangelios, la corona de
espinas fue colocada en la cabeza de Jesús justo después de su juicio, antes de
que lo llevaran a la cruz. La Iglesia considera que esta reliquia de Notre-Dame
es auténtica y, de hecho, una de las más veneradas por los fieles. Durante
siglos ha sido custodiada y protegida por oficiales de la Orden del Santo
Sepulcro, que tiene su origen en Jerusalén (1636), después de las cruzadas y de
la formación de los caballeros templarios. Hoy en día, cuando la corona es
transportada a la catedral para que los fieles puedan venerarla, al menos dos
caballeros de esta orden tienen que estar presentes.
Las reliquias, como es sabido, se
utilizaban para atraer a los peregrinos a los lugares religiosos y para
fomentar la devoción ―hay que recordar que, hasta no hace mucho, el altar de
una iglesia católica debía contener obligatoriamente una reliquia―. Pues bien,
un registro del siglo IV nos muestra una corona de espinas que aparece en
Jerusalén, y que siglos más tarde fue trasladada a Constantinopla para
protegerla de la invasión de los persas. Ya en 1239 llegó a París. La corona
que se conserva hoy carece de espinas, ya que los emperadores de Constantinopla
y los reyes de Francia se las entregaron a diferentes establecimientos
religiosos repartidos por todo el mundo.
En la ciudad italiana de Andria
puede venerarse una de estas espinas, dentro de una cúpula de cristal sobre una
base adornada. Testimonios escritos afirman que algunos de sus puntos se tiñen
de rojo, particularmente la punta. Describen que, cuando el veinticinco de
marzo, festividad de la Anunciación, coincide con el Viernes Santo, la espina
sangra. Ocurrió por última vez en 2025, y con la presencia de científicos. Si
bien tanto la consideración de un milagro como la explicación científica
aportan sus razones y argumentos.
Lo cierto es que un famoso botánico
de la Universidad Hebrea de Jerusalén, experto en plantas de Oriente Medio, ha
confirmado que la espina pertenece a una Rhamnus licioides, una planta
que crece en Jerusalén y que, según él, pudo adquirir ese color rojo de forma
natural, especialmente en la punta. Ahora bien, sea o no milagrosa la espina de
Andria, más sorprendente resulta el interrogante de cómo podría haber sido
utilizada la corona. Porque, si la tradición la ha venido representando en
pinturas e iconos en forma de corona o tiara, puede que la realidad fuese
distinta.
En 1870, un francés llamado Charles
Rohault de Fleury, basándose en minuciosos estudios sobre las muestras de
sangre seca que aparecen en la Sábana Santa de Turín, dedujo que las espinas no
solo se habían clavado profundamente en el perímetro de la cabeza de Cristo,
sino también en toda la zona superior y posterior. En otras palabras, la
supuesta corona de espinas formaba en realidad una especie de casco trenzado
sobre el círculo de juncos entrelazados que pueden verse en la reliquia de
Notre-Dame. Partiendo de esta hipótesis, de Fleury visitó iglesias y catedrales
de toda Europa y esbozó unas espinas que se cree que provienen de la corona de
Notre-Dame: además de la clase ya citada, reconoció un segundo tipo de espina
conocida como «azufaifa o espina de Cristo», que por su morfología resulta
especialmente dolorosa.
Parece sensato deducir que el diseño de una corona así no fuera algo improvisado e inmediato, sino que debió de ser planeado para infligir la humillación y el máximo dolor físico. Imaginar el momento en que este casco fue encajado en la cabeza de Jesús, sin miramientos y de forma brusca, resulta espeluznante y explica que la sangre recorriera todo su cuerpo. Aceptar o no la veracidad de todo lo expuesto es una cuestión de fe, evidentemente. Pero no es menos cierto que la búsqueda de pruebas acerca de esta y otras reliquias ha impulsado la devoción y el fervor de multitud de fieles. Esa es una de las razones por las que seguimos conservándolas y venerándolas.




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