lunes, 5 de enero de 2026

Para ti, que nos abres las puertas

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Tomás González Blázquez

Fotografía: Pablo de la Peña

05-01-2026

Para Tomás González Sevilla, cofrade de la Vera Cruz

 

Cuando sucede, el silencio se adueña por un instante de la situación, la tensión acumulada busca su camino entre las jambas y la estrechez entre la capilla y el humilladero espera el primer paso, el comienzo, la cruz que guía.

Cuando sucede, han terminado los preparativos y se ha iniciado la procesión, ha llegado la hora y las nubes no han sido inoportunas, se ha ordenado la maniobra y se ha cumplido la encomienda.

Cuando sucede, tú siempre estás ahí, con Santos, con Alberto, con Luis, atento a lo que disponga Jesús, o Paco, o don Pedro, o Antonio, o Francisco, o a quien le toque, fiel a tu querencia junto a la puerta, en la discreción de los adentros, para que cuando sea el momento salga la Vera Cruz a anunciar la muerte de Cristo y a proclamar su resurrección.

Cuando sucede, cuando se abre la puerta de la capilla dorada, cuando nos la abrís para marchar en procesión y la cofradía deja atrás el Campo de San Francisco, quedáis en casa los cofrades del servicio, los que unas horas más tarde la tendréis a punto para la llegada, los que estaréis pendientes desde fuera a lo largo del recorrido, los que seréis a ratos cireneos de los hermanos con sus cruces y sus cirios, y tú incluso médico llegado el caso.

Sucede el Viernes de Dolores, cuando sale la Madre a la que has acompañado durante la novena, cada tarde desgranando avemarías que ablandan el filo de sus siete espadas. Ya sabes, «la Doctora», como la llama con razón José Carlos. La primera puerta abierta de la Semana Santa es aún más especial si cabe, meta de tanta espera, cumbre de tanta cuaresma.

Sucede el Lunes Santo, cuando bajo el dintel se planta el muñidor requiriendo silencio y el saludo de «Paz y Bien» sobre la cruz enmarca la estampa de una noche en la que subir hasta la Catedral y adorar al Señor que es camino, verdad y vida. Volveremos cansados pero reconfortados, fríos pero abrazados, doloridos pero alegres.

Sucede el Viernes Santo, cuando acompañamos primero a un solo paso, el Sepulcro que aguarda el Descendimiento para el Entierro de Cristo Nuestro Bien. Y entonces, cuando ya sean siete los pasos que busquen Berrueta y la cuesta de Moneo, habrás de subirte a la escalera de los olvidados para bajar a Dimas y a Gestas, al bueno y al malo, al converso y al irredento, a la súplica y a la blasfemia, que lo que no se ve también (y sobre todo) es Semana Santa.

Sucede el Domingo de Resurrección, cuando dos procesiones se hacen una, cuando el negro troca en blanco, cuando el Encuentro es el sentido final de tanta sangre, de tanto dolor, de tanta debilidad como la que a ti ahora te aflige y a nosotros contigo, fragilidad que se explica en la gloriosa Cruz cuya reliquia custodiamos.

Sucede, al cabo, en la octava del Corpus, cuando además de abrir la puerta para que pase el mismo Dios verdaderamente presente en la Eucaristía, esa que vives domingo a domingo, alfombras nuestra puerta, tu puerta tan querida, con las hierbas aromáticas cortadas en la huerta que cuidas con esmero, pura cooperación tuya con las maravillas del Creador. El aroma puesto a sus pies es ofrenda de quien se fía de Dios, de quien sabe que él nunca le suelta de su mano, de quien lo invoca como fortaleza y consuelo en la enfermedad, verdadera puerta por la que se entra en lo más hondo de su corazón.



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