Para
Tomás González Sevilla, cofrade de la Vera Cruz
Cuando sucede, el silencio se adueña por
un instante de la situación, la tensión acumulada busca su camino entre las
jambas y la estrechez entre la capilla y el humilladero espera el primer paso,
el comienzo, la cruz que guía.
Cuando sucede, han terminado los
preparativos y se ha iniciado la procesión, ha llegado la hora y las nubes no
han sido inoportunas, se ha ordenado la maniobra y se ha cumplido la
encomienda.
Cuando sucede, tú siempre estás ahí, con
Santos, con Alberto, con Luis, atento a lo que disponga Jesús, o Paco, o don
Pedro, o Antonio, o Francisco, o a quien le toque, fiel a tu querencia junto a
la puerta, en la discreción de los adentros, para que cuando sea el momento
salga la Vera Cruz a anunciar la muerte de Cristo y a proclamar su resurrección.
Cuando sucede, cuando se abre la puerta
de la capilla dorada, cuando nos la abrís para marchar en procesión y la
cofradía deja atrás el Campo de San Francisco, quedáis en casa los cofrades del
servicio, los que unas horas más tarde la tendréis a punto para la llegada, los
que estaréis pendientes desde fuera a lo largo del recorrido, los que seréis a
ratos cireneos de los hermanos con sus cruces y sus cirios, y tú incluso médico
llegado el caso.
Sucede el Viernes de Dolores, cuando
sale la Madre a la que has acompañado durante la novena, cada tarde desgranando
avemarías que ablandan el filo de sus siete espadas. Ya sabes, «la Doctora»,
como la llama con razón José Carlos. La primera puerta abierta de la Semana
Santa es aún más especial si cabe, meta de tanta espera, cumbre de tanta
cuaresma.
Sucede el Lunes Santo, cuando bajo el
dintel se planta el muñidor requiriendo silencio y el saludo de «Paz y Bien»
sobre la cruz enmarca la estampa de una noche en la que subir hasta la Catedral
y adorar al Señor que es camino, verdad y vida. Volveremos cansados pero
reconfortados, fríos pero abrazados, doloridos pero alegres.
Sucede el Viernes Santo, cuando
acompañamos primero a un solo paso, el Sepulcro que aguarda el Descendimiento
para el Entierro de Cristo Nuestro Bien. Y entonces, cuando ya sean siete los
pasos que busquen Berrueta y la cuesta de Moneo, habrás de subirte a la
escalera de los olvidados para bajar a Dimas y a Gestas, al bueno y al malo, al
converso y al irredento, a la súplica y a la blasfemia, que lo que no se ve
también (y sobre todo) es Semana Santa.
Sucede el Domingo de Resurrección,
cuando dos procesiones se hacen una, cuando el negro troca en blanco, cuando el
Encuentro es el sentido final de tanta sangre, de tanto dolor, de tanta
debilidad como la que a ti ahora te aflige y a nosotros contigo, fragilidad que
se explica en la gloriosa Cruz cuya reliquia custodiamos.
Sucede, al cabo, en la octava del
Corpus, cuando además de abrir la puerta para que pase el mismo Dios
verdaderamente presente en la Eucaristía, esa que vives domingo a domingo, alfombras
nuestra puerta, tu puerta tan querida, con las hierbas aromáticas cortadas en
la huerta que cuidas con esmero, pura cooperación tuya con las maravillas del
Creador. El aroma puesto a sus pies es ofrenda de quien se fía de Dios, de
quien sabe que él nunca le suelta de su mano, de quien lo invoca como fortaleza
y consuelo en la enfermedad, verdadera puerta por la que se entra en lo más
hondo de su corazón.
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