El viejo aforismo
universitario Quod natura non dat, Salmantica non praestat ha funcionado
durante siglos como advertencia, como consuelo y como coartada. Advertencia
para el estudiante sin aptitudes; consuelo para el profesor exigente; coartada
para una institución que, con razón o sin ella, recordaba que el conocimiento
no brota por generación espontánea. Salamanca enseña, pule, ordena y eleva;
pero no genera el talento donde no lo hay.
La adaptación que
encabeza estas líneas no pretende enmendar al clásico, sino desplazarlo
irónicamente de escenario. Porque si algo caracteriza a Salamanca —además de su
Universidad— es una Semana Santa que aspira a ser una fiesta turística de
expresión religiosa de primer orden. Y, sin embargo, cabe preguntarse si esa
Semana Santa, desarrollada en una de las ciudades más universitarias de España,
se beneficia realmente del océano de conocimiento que la rodea, o si, por el
contrario, ambos mundos conviven como vecinos educados que jamás cruzan el
rellano.
Salamanca es, una
ciudad universitaria en cifras y en relato. Decenas de miles de estudiantes, profesores,
investigadores y doctores transitan cada curso por sus calles. Derecho, Filología,
Historia, Bellas Artes, Musicología, Ciencias de la salud, Sociología Educación
o Filosofía conforman un ecosistema académico que muchas ciudades españolas
envidiarían. Sin embargo, esa capitalidad intelectual apenas deja huella
reconocible en la vida interna de las cofradías, en su gestión, en sus
proyectos culturales o en su producción material e inmaterial.
Resulta llamativo
—cuando no descorazonador— comprobar cómo las hermandades salmantinas operan a
menudo como si la Universidad no existiera, y cómo la Universidad, por su
parte, observa la Semana Santa como un fenómeno periférico, pintoresco o, en el
mejor de los casos, meramente etnográfico, resumido en una participación
colorista en el cortejo de la noche del Martes Santo. Una relación de
indiferencia mutua que empobrece a ambos y que contradice el potencial real de
la ciudad.
Los ejemplos de
sinergia posible son tan evidentes que rozan lo obvio. El Derecho, sin ir más
lejos, podría aportar asesoramiento riguroso sobre la compleja legalidad que
rodea a las hermandades: estatutos, responsabilidad patrimonial, contratos,
protección de bienes culturales o relaciones institucionales. Si bien es
posiblemente la rama que más está extendiéndose en el funcionamiento de las
hermandades (no son pocos los cofrades expertos en la ciencia de Cicerón), se
opta con demasiada frecuencia por soluciones improvisadas, consejos de barra
larga o el manido «esto siempre se ha hecho así».
La Musicología —disciplina académica plenamente consolidada y que cuenta con grandes profesionales en la ciudad— apenas tiene presencia en el análisis, recuperación o creación del patrimonio musical procesional. Marchas, repertorios, estilos interpretativos o historia de la música cofrade quedan fuera de un estudio serio y sistemático, sustituido por opciones que pocas veces van avaladas por el conocimiento técnico.
Bellas Artes e
Historia del Arte podrían contribuir decisivamente a elevar el nivel
conceptual, estético y técnico de nuevas obras, la conservación preventiva de
nuestras imágenes, proyectos expositivos o estudios iconográficos. Sin embargo,
la consecuencia visible es una escasez de calidad en parte de la producción
contemporánea, donde el intrusismo encuentra terreno fértil y el criterio se
diluye entre modas, ocurrencias y recursos repetidos hasta la saciedad.
Incluso la Medicina
o las ciencias de la salud tendrían algo que decir en ámbitos tan concretos
como la ergonomía de los cargadores, o el análisis anatómico de la imaginería
procesional. Pero estos diálogos jamás se producen, o lo hacen de manera
anecdótica y sin continuidad.
Conviene subrayarlo
con claridad: la responsabilidad de esta desconexión es bidireccional. Las
universidades no han sabido —o no han querido— mirar a la Semana Santa como un
campo legítimo de investigación, transferencia y compromiso cultural. Pero las
hermandades tampoco han hecho un esfuerzo real por generar pedagogía, por
abrirse al conocimiento experto ni por demandar rigor donde debería ser norma y
no excepción.
La comparación con
otras ciudades resulta, en este punto, incómoda pero necesaria. Granada, gran
ciudad universitaria y cofrade, ha desarrollado desde hace años espacios de
encuentro entre academia y hermandades: centros de estudios, publicaciones
especializadas, simposios, tesis doctorales y proyectos de investigación que
han enriquecido su Semana Santa sin despojarla de la identidad popular de la
fiesta.
Las consecuencias
de esta falta de interacción están a la vista, pero no las citaré para no herir
sensibilidades. Sin embargo, ¿no nos gustaría que nuestras hermandades
figuraran entre las entidades sujetas a la ley del mecenazgo con los beneficios
que eso supondría a cofradías y hermanos? ¿No nos gustaría enriquecer nuestro
patrimonio musical con piezas de calidad que se exporten a otras ciudades y no
al revés? ¿No nos gustaría conocer a los «padres» de muchas de nuestras
devociones, que aún se mantienen en el ostracismo del anonimato? ¿No nos
gustaría tener al menos una gran exposición anual? ¿No nos gustaría conocer el
dolor que debió sufrir Jesús Flagelado según el punto de vista médico? ¿No nos
gustaría tener un centro documental cofrade salmantino? No existe un lugar
donde se sistematice el conocimiento, se custodien estudios, se editen
investigaciones o se construya pensamiento propio sobre nuestra Semana Santa.
Y así, Salamanca
—ciudad del saber— mantiene una Semana Santa que camina muchas veces de
espaldas al conocimiento, mientras la Universidad desaprovecha uno de los
fenómenos culturales más ricos, complejos y vivos que tiene a sus pies.
Tal vez haya
llegado el momento de tomarse en serio el lema adaptado. No como sentencia
fatalista, sino como provocación. Porque si la naturaleza no da curiosidad,
ambición intelectual y voluntad de diálogo, ni la Universidad ni la Semana Santa
podrán prestarlas. Pero si esas virtudes existen —y existen—, Salamanca debería
ser el lugar donde, por fin, se encuentren.




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