miércoles, 28 de enero de 2026

Quod natura non dat, Hebdomada Sancta Salmanticensis non praestat

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Jesús A. Alonso Cuesta

El Señor de la Meditación, de la Hermandad Universitaria de Granada

28-01-2026


El viejo aforismo universitario Quod natura non dat, Salmantica non praestat ha funcionado durante siglos como advertencia, como consuelo y como coartada. Advertencia para el estudiante sin aptitudes; consuelo para el profesor exigente; coartada para una institución que, con razón o sin ella, recordaba que el conocimiento no brota por generación espontánea. Salamanca enseña, pule, ordena y eleva; pero no genera el talento donde no lo hay.

La adaptación que encabeza estas líneas no pretende enmendar al clásico, sino desplazarlo irónicamente de escenario. Porque si algo caracteriza a Salamanca —además de su Universidad— es una Semana Santa que aspira a ser una fiesta turística de expresión religiosa de primer orden. Y, sin embargo, cabe preguntarse si esa Semana Santa, desarrollada en una de las ciudades más universitarias de España, se beneficia realmente del océano de conocimiento que la rodea, o si, por el contrario, ambos mundos conviven como vecinos educados que jamás cruzan el rellano.

Salamanca es, una ciudad universitaria en cifras y en relato. Decenas de miles de estudiantes, profesores, investigadores y doctores transitan cada curso por sus calles. Derecho, Filología, Historia, Bellas Artes, Musicología, Ciencias de la salud, Sociología Educación o Filosofía conforman un ecosistema académico que muchas ciudades españolas envidiarían. Sin embargo, esa capitalidad intelectual apenas deja huella reconocible en la vida interna de las cofradías, en su gestión, en sus proyectos culturales o en su producción material e inmaterial.

Resulta llamativo —cuando no descorazonador— comprobar cómo las hermandades salmantinas operan a menudo como si la Universidad no existiera, y cómo la Universidad, por su parte, observa la Semana Santa como un fenómeno periférico, pintoresco o, en el mejor de los casos, meramente etnográfico, resumido en una participación colorista en el cortejo de la noche del Martes Santo. Una relación de indiferencia mutua que empobrece a ambos y que contradice el potencial real de la ciudad.

Los ejemplos de sinergia posible son tan evidentes que rozan lo obvio. El Derecho, sin ir más lejos, podría aportar asesoramiento riguroso sobre la compleja legalidad que rodea a las hermandades: estatutos, responsabilidad patrimonial, contratos, protección de bienes culturales o relaciones institucionales. Si bien es posiblemente la rama que más está extendiéndose en el funcionamiento de las hermandades (no son pocos los cofrades expertos en la ciencia de Cicerón), se opta con demasiada frecuencia por soluciones improvisadas, consejos de barra larga o el manido «esto siempre se ha hecho así».

La Musicología —disciplina académica plenamente consolidada y que cuenta con grandes profesionales en la ciudad— apenas tiene presencia en el análisis, recuperación o creación del patrimonio musical procesional. Marchas, repertorios, estilos interpretativos o historia de la música cofrade quedan fuera de un estudio serio y sistemático, sustituido por opciones que pocas veces van avaladas por el conocimiento técnico.

Bellas Artes e Historia del Arte podrían contribuir decisivamente a elevar el nivel conceptual, estético y técnico de nuevas obras, la conservación preventiva de nuestras imágenes, proyectos expositivos o estudios iconográficos. Sin embargo, la consecuencia visible es una escasez de calidad en parte de la producción contemporánea, donde el intrusismo encuentra terreno fértil y el criterio se diluye entre modas, ocurrencias y recursos repetidos hasta la saciedad.

Incluso la Medicina o las ciencias de la salud tendrían algo que decir en ámbitos tan concretos como la ergonomía de los cargadores, o el análisis anatómico de la imaginería procesional. Pero estos diálogos jamás se producen, o lo hacen de manera anecdótica y sin continuidad.

Conviene subrayarlo con claridad: la responsabilidad de esta desconexión es bidireccional. Las universidades no han sabido —o no han querido— mirar a la Semana Santa como un campo legítimo de investigación, transferencia y compromiso cultural. Pero las hermandades tampoco han hecho un esfuerzo real por generar pedagogía, por abrirse al conocimiento experto ni por demandar rigor donde debería ser norma y no excepción.

La comparación con otras ciudades resulta, en este punto, incómoda pero necesaria. Granada, gran ciudad universitaria y cofrade, ha desarrollado desde hace años espacios de encuentro entre academia y hermandades: centros de estudios, publicaciones especializadas, simposios, tesis doctorales y proyectos de investigación que han enriquecido su Semana Santa sin despojarla de la identidad popular de la fiesta.

Las consecuencias de esta falta de interacción están a la vista, pero no las citaré para no herir sensibilidades. Sin embargo, ¿no nos gustaría que nuestras hermandades figuraran entre las entidades sujetas a la ley del mecenazgo con los beneficios que eso supondría a cofradías y hermanos? ¿No nos gustaría enriquecer nuestro patrimonio musical con piezas de calidad que se exporten a otras ciudades y no al revés? ¿No nos gustaría conocer a los «padres» de muchas de nuestras devociones, que aún se mantienen en el ostracismo del anonimato? ¿No nos gustaría tener al menos una gran exposición anual? ¿No nos gustaría conocer el dolor que debió sufrir Jesús Flagelado según el punto de vista médico? ¿No nos gustaría tener un centro documental cofrade salmantino? No existe un lugar donde se sistematice el conocimiento, se custodien estudios, se editen investigaciones o se construya pensamiento propio sobre nuestra Semana Santa.

Y así, Salamanca —ciudad del saber— mantiene una Semana Santa que camina muchas veces de espaldas al conocimiento, mientras la Universidad desaprovecha uno de los fenómenos culturales más ricos, complejos y vivos que tiene a sus pies.

Tal vez haya llegado el momento de tomarse en serio el lema adaptado. No como sentencia fatalista, sino como provocación. Porque si la naturaleza no da curiosidad, ambición intelectual y voluntad de diálogo, ni la Universidad ni la Semana Santa podrán prestarlas. Pero si esas virtudes existen —y existen—, Salamanca debería ser el lugar donde, por fin, se encuentren.


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