lunes, 12 de enero de 2026

La Belleza de la Misión [Via Pulcritudinis]

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P. Lino Herrero Prieto CMM



12-01-2026


¡Qué hermosos son sobre los montes

los pies del mensajero que proclama la paz,

que anuncia la buena noticia,

que pregona la justicia,

que dice a Sion: «Tu Dios reina!».

(Isaías 52,7)

 

Queremos destacar la indómita y, a la par, suave belleza que entraña aquella misión, que Cristo puso en manos de la Iglesia. No es frecuente enfocar desde esta perspectiva la actividad misionera de la Iglesia. Pensamos más en dicha actividad como una obligación a cumplir y no tanto como una obra de belleza a realizar.

Desde esta perspectiva, hermosos son en verdad los pies de Cristo, el misionero del Padre, que descendió de los montes de la divinidad para dejar sus huellas santas sobre el valle de la humanidad. Hermosos son también los pies de los misioneros de la Iglesia, que proponen al ser humano horizontes de superación para alcanzar la belleza de su misma condición humana.

La belleza de la misión que tiene encomendada la Iglesia y, en su seno, los misioneros puede ser contemplada desde diversas perspectivas. Bella es la misión porque bella es la sementera, la justicia, el dolor, la vida, el cuidado, la entrega, la cosecha, la alegría, el esfuerzo, el encuentro, la esperanza, la luz.

La belleza de la sementera

Curiosa ingenuidad la de nuestro mundo, que aspira a ganar sin invertir, a triunfar sin trabajar, a cosechar sin sembrar. La incoherencia se ha asentado en el corazón de nuestra cultura, provocando incómodos desengaños y frustraciones. En medio de tanta desidia estéril, los creyentes tienen la misión de animar a trabajar, superando las ensoñaciones inútiles.

La belleza de la justicia

La proliferación de Lázaros, viviendo a las puertas de las mansiones de unos cuantos Epulones, afea la sociedad humana. Dudoso futuro el que aguarda al mundo, si no se permite a la razón y al corazón invertir dosis de orden en la situación. En los no pocos desajustes sociales, lejanos y cercanos, tienen los creyentes la misión de promover la pacífica convivencia.

La belleza del dolor

Así somos: huimos del dolor propio, evitamos encarar el ajeno; cualquier roce con las púas del sufrimiento nos escuece. El sufrimiento abre el cofre de lo peor y de lo mejor que se atesora celosamente en el interior de las personas. En los cactus existenciales, propios y ajenos, tienen los creyentes la misión de hacer florecer milagros de belleza.

La belleza de la vida

Amenazado constantemente por la muerte de mil rostros, anhela el hombre protegerse en seguros remansos de vida. Llamado a la vida, lucha el hombre por romper la crisálida, dejar de ser oruga y desplegar todas sus potencialidades. En los desiertos del mundo tienen los creyentes la misión de invitar al ser humano nómada a descansar en el oasis de Dios.

La belleza del cuidado

Aunque celosamente autónomo, el ser humano agradece que alguien se preocupe de su existencia y le ofrezca orientación. Sin embargo, el individualismo imperante le lleva a no cuidar de los otros, a no dejarse pastorear por los otros. En el anonimato de la gran ciudad tienen los creyentes la misión de presentar a Jesús, el buen Pastor de las almas.

La belleza de la entrega

Ante quien yace caído en la cuneta de la vida dos son las posturas que caben: implicarse complicándose o pasar de largo. Desconcertante sociedad la nuestra que se apasiona con causas menores y deja a la intemperie la gran causa del hombre. En medio del desconcierto social reinante tienen los creyentes la misión de atender al todo hombre y a todo el hombre.

La belleza de la cosecha

Acierta quien, viendo la mies lista para ser cosechada, intuye el cúmulo de trabajo invertido con su necesaria dosis de sudor. Curioso tiempo el nuestro que sueña poder cantar al recoger la cosecha, pero que no está dispuesto a llorar para sembrar. En la extensa labranza del mundo tienen los creyentes la misión de trabajar y de agradecer a Dios el fruto de su labor.

La belleza de la alegría

Sembramos bienestar y cosechamos tedio; plantamos confort y recogemos hastío: ¿Será una quimera ser felices? Por debajo de la corteza de las risotadas y las payasadas sufre el ser humano por refrescarse con un vaso de verdadera alegría. Bajo las carpas de tanto circo cutre tienen los creyentes la misión de proponer a los hombres el gozo que mana de Dios.

La belleza del esfuerzo

Todo nuevo comienzo se alza ante nosotros como un reto, preñado de vértigo y fascinación, despertándonos del letargo. La cima nos estimula a limpiarnos de toxicidades y a esforzarnos en sacar de nosotros lo mejor a fin de llegar a la meta. En la cómoda superficialidad del valle tienen los creyentes la misión de proponer a los hombres exigentes cumbres de sentido.

La belleza del encuentro

Gracias a los puentes, las riberas de los ríos, contemplándose siempre de lejos, se gozan de poderse estrechar las manos. Preciosa ingeniería la de construir puentes, que no pocas veces se ven destruidos por las bombas de los desencuentros. En el caudaloso río de la diversidad cultural tienen los creyentes la misión de acercar la orilla de Dios a la de la humanidad.

La belleza de la esperanza

Los que nos decimos vivos, al tapar a nuestros muertos con tierra o con losas, levantamos muros de desesperanza. Y, sin embargo, ellos y nosotros llevamos dentro semillas de inmortalidad, que pujan por brotar en las paredes del muro. En los cementerios de vivos o de muertos tienen los creyentes la misión de regar esperanza para que broten flores de eternidad.

La belleza de la luz

En las largas y frías noches del invierno el brillo de cualquier luz en medio de la oscuridad anima el corazón del caminante. Anda inmerso el ser humano en toda clase de inviernos, fríos y oscuros, suspirando sentir la caricia de una luz amable. En la feria del mundo, llena de luces artificiales, los creyentes tienen la misión de proponer la anhelada luz de Dios.



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