¡Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero que proclama la paz,
que anuncia la buena noticia,
que pregona la justicia,
que dice a Sion: «Tu Dios reina!».
(Isaías 52,7)
Queremos
destacar la indómita y, a la par, suave belleza que entraña aquella misión, que
Cristo puso en manos de la Iglesia. No es frecuente enfocar desde esta
perspectiva la actividad misionera de la Iglesia. Pensamos más en dicha
actividad como una obligación a cumplir y no tanto como una obra de belleza a
realizar.
Desde esta perspectiva, hermosos son en verdad los pies
de Cristo, el misionero del Padre, que descendió de los montes de la divinidad
para dejar sus huellas santas sobre el valle de la humanidad. Hermosos son también
los pies de los misioneros de la Iglesia, que proponen al ser humano horizontes
de superación para alcanzar la belleza de su misma condición humana.
La belleza de la misión que tiene encomendada la Iglesia
y, en su seno, los misioneros puede ser contemplada desde diversas
perspectivas. Bella es la misión porque bella es la sementera, la justicia, el
dolor, la vida, el cuidado, la entrega, la cosecha, la alegría, el esfuerzo, el
encuentro, la esperanza, la luz.
La belleza de la sementera
Curiosa ingenuidad la de
nuestro mundo, que aspira a ganar sin invertir, a triunfar sin trabajar, a
cosechar sin sembrar. La incoherencia se ha asentado en el corazón de nuestra
cultura, provocando incómodos desengaños y frustraciones. En medio de tanta
desidia estéril, los creyentes tienen la misión de animar a trabajar, superando
las ensoñaciones inútiles.
La belleza de la justicia
La proliferación de Lázaros,
viviendo a las puertas de las mansiones de unos cuantos Epulones, afea la
sociedad humana. Dudoso futuro el que aguarda al mundo, si no se permite a la
razón y al corazón invertir dosis de orden en la situación. En los no pocos
desajustes sociales, lejanos y cercanos, tienen los creyentes la misión de
promover la pacífica convivencia.
La belleza del dolor
Así somos: huimos del dolor
propio, evitamos encarar el ajeno; cualquier roce con las púas del sufrimiento
nos escuece. El sufrimiento abre el cofre de lo peor y de lo mejor que se
atesora celosamente en el interior de las personas. En los cactus existenciales,
propios y ajenos, tienen los creyentes la misión de hacer florecer milagros de
belleza.
La belleza de la vida
Amenazado constantemente por la
muerte de mil rostros, anhela el hombre protegerse en seguros remansos de vida.
Llamado a la vida, lucha el hombre por romper la crisálida, dejar de ser oruga
y desplegar todas sus potencialidades. En los desiertos del mundo tienen los
creyentes la misión de invitar al ser humano nómada a descansar en el oasis de
Dios.
La belleza del cuidado
Aunque celosamente autónomo, el
ser humano agradece que alguien se preocupe de su existencia y le ofrezca
orientación. Sin embargo, el individualismo imperante le lleva a no cuidar de
los otros, a no dejarse pastorear por los otros. En el anonimato de la gran ciudad
tienen los creyentes la misión de presentar a Jesús, el buen Pastor de las
almas.
La belleza de la entrega
Ante quien yace caído en la
cuneta de la vida dos son las posturas que caben: implicarse complicándose o
pasar de largo. Desconcertante sociedad la nuestra que se apasiona con causas
menores y deja a la intemperie la gran causa del hombre. En medio del
desconcierto social reinante tienen los creyentes la misión de atender al todo
hombre y a todo el hombre.
La belleza de la cosecha
Acierta quien, viendo la mies
lista para ser cosechada, intuye el cúmulo de trabajo invertido con su
necesaria dosis de sudor. Curioso tiempo el nuestro que sueña poder cantar al
recoger la cosecha, pero que no está dispuesto a llorar para sembrar. En la
extensa labranza del mundo tienen los creyentes la misión de trabajar y de
agradecer a Dios el fruto de su labor.
La belleza de la alegría
Sembramos bienestar y
cosechamos tedio; plantamos confort y recogemos hastío: ¿Será una quimera ser
felices? Por debajo de la corteza de las risotadas y las payasadas sufre el ser
humano por refrescarse con un vaso de verdadera alegría. Bajo las carpas de
tanto circo cutre tienen los creyentes la misión de proponer a los hombres el
gozo que mana de Dios.
La belleza del esfuerzo
Todo nuevo comienzo se alza
ante nosotros como un reto, preñado de vértigo y fascinación, despertándonos
del letargo. La cima nos estimula a limpiarnos de toxicidades y a esforzarnos
en sacar de nosotros lo mejor a fin de llegar a la meta. En la cómoda
superficialidad del valle tienen los creyentes la misión de proponer a los
hombres exigentes cumbres de sentido.
La belleza del encuentro
Gracias a los puentes, las
riberas de los ríos, contemplándose siempre de lejos, se gozan de poderse estrechar
las manos. Preciosa ingeniería la de construir puentes, que no pocas veces se
ven destruidos por las bombas de los desencuentros. En el caudaloso río de la
diversidad cultural tienen los creyentes la misión de acercar la orilla de Dios
a la de la humanidad.
La belleza de la esperanza
Los que nos decimos vivos, al
tapar a nuestros muertos con tierra o con losas, levantamos muros de
desesperanza. Y, sin embargo, ellos y nosotros llevamos dentro semillas de
inmortalidad, que pujan por brotar en las paredes del muro. En los cementerios
de vivos o de muertos tienen los creyentes la misión de regar esperanza para
que broten flores de eternidad.
La belleza de la luz
En las largas y frías noches
del invierno el brillo de cualquier luz en medio de la oscuridad anima el
corazón del caminante. Anda inmerso el ser humano en toda clase de inviernos,
fríos y oscuros, suspirando sentir la caricia de una luz amable. En la feria
del mundo, llena de luces artificiales, los creyentes tienen la misión de
proponer la anhelada luz de Dios.




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