Pasan los Reyes y, tras el día de
asueto para disfrutar de los regalos, los niños retornan al aula y la vida, de
repente, vuelve a la rutina. Todo sigue igual. Bueno, casi todo, porque novedades
siempre hay. Quienes navegamos sobre las aguas procelosas del mundo académico
nos quejamos, con frecuencia y bastante razón, del deterioro del sistema educativo
y su permisividad para promocionar a los alumnos. Repetir un curso hoy en día,
en las etapas obligatorias, es prácticamente imposible. En un mundo dominado
por la tiranía de la estadística, el pánico al fracaso escolar es tal que, uno
tras otro, los sucesivos gobiernos, anteponen los porcentajes a la calidad. Es
decir, que si promocionan, digamos, un 95% de los alumnos, el sistema funciona
muy bien y apenas hay fracaso escolar. Aunque ni con el canuto sean capaces de
dibujar la o, aunque ni con los dedos calculen el dos más dos. Total, ya están
Google, el GPT y las mil aplicaciones de IA, los gurús de TikTok y los «influencers»
que nos los resuelven todo, nos informan de lo necesario e indican cómo debemos
actuar. Y no hay que pensar, que es lo bueno. La vida solucionada y a
refocilarse en los lodazales de la indigencia intelectual.
Afortunadamente, no todo está
perdido y de vez en cuando surgen iniciativas contracorriente para mejorar el
nivel formativo en los ámbitos más dispares. Porque la formación es integral y
no solo se adquiere en la escuela, aunque ese sea el primer y más importante
lugar. La formación religiosa, y dentro de ella la cofrade, también es
fundamental. Y en nuestra diócesis, sin miedo a lo que puedan reflejar las
estadísticas, han apostado con decisión por unos dirigentes cofrades altamente
cualificados y, si no se alcanzan objetivos en el curso dispuesto para ello,
que ha aumentado significativamente su exigencia, se repite.
Ignoro si han cerrado el programa
de ponencias para encuentro nacional de cofradías que se organiza a finales de
septiembre. Pero este asunto sí sería interesante para presentar a las otras
diócesis. La cabeza visible y pensante de estos cursos podría exponer, con la
clarividencia que le caracteriza, la experiencia salmantina. Y que aprendan los
demás, que después de todo, también en esto, Omnium scientiarum princeps
Salmantica docet.
Al respecto, me decía un
sacerdote sensato, ajeno al mundo cofrade, con el que disertaba acerca del giro
hacia la excelencia por el que ha optado el consiliario general, «qué diócesis
más bonita nos está quedando». Y es verdad, porque lo que ahora parece
impopular, con el tiempo dará sus frutos. Si se sube la exigencia, acudirán las
personas con un mayor nivel y solo aquellas que dispongan de mucho tiempo para
dedicarlo a las cofradías. Es decir, que ya se está haciendo una primera
selección. Y todo esto, como es obvio, redunda en una mejor imagen de la Iglesia
local. Los dirigentes, no lo olvidemos, además de ser Iglesia, actúan en el
nombre de la Iglesia.
Hay cosas, sin embargo, más
difíciles de comprender. Cuando decidieron aplicar las Normas perfeccionando la
voluntad de su promotor, don Carlos López, y el sastre confeccionó el traje
para que los cofrades adelgazasen o engordasen, creciesen o menguasen, en
función de él, muchos se indignaron. Es lo que tienen las novedades, que no se
terminan de comprender. Pero, gracias a Dios, ya nadie se enfada y a la gente
se la ve contenta. Hasta los que repiten curso también lo entienden y no se
percibe disgusto. Se les nota alegres, se ríen mucho. Y eso está bien. Porque
las cosas cambian, como en el salmo 126 (5-6): «Los que sembraron con lágrimas,
con regocijo segarán. Al ir iban llorando, llevando las semillas. Al volver,
vuelven cantando, trayendo sus gavillas». Los llantos, para quienes vuelvan al
cole calatraveño, se tornarán en cánticos de alabanza, porque el Señor sigue
haciendo maravillas a través de quienes le representan.
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