02-01-2026
Hay un
día, dentro del tiempo de Navidad, en el que tenemos más en cuenta que el
misterio de la encarnación del Hijo de Dios debe contemplarse desde la
centralidad del misterio pascual. Se trata de un domingo aparentemente sin
importancia, porque se encuentra entre dos solemnidades muy intensas: la
correspondiente al día primero del año, dedicada a la Madre de Dios, y la de la
Epifanía o, como aquí la llamamos popularmente, la del día de los Reyes Magos.
No obstante, ¿se trata de un domingo cualquiera, que pasará sin pena ni gloria,
en espera de días más destacados? La verdad es que el segundo domingo de
Navidad no hay que vivirlo ni celebrarlo así.
El
descenso por amor del Hijo hasta nosotros, tomando nuestra condición humana,
forma parte del plan de salvación de Dios, y este alcanza su cumplimiento en su
pasión, muerte y resurrección. Es decir, todo lo que estamos celebrando estos
días es un anticipo y un anuncio de la Semana Santa, aunque falten casi tres
meses. Quizá esa sea la razón por la que en estos días felicitamos deseando,
además de una feliz Navidad, unas felices Pascuas.
Por
eso, este domingo próximo, situado en la mitad de la Navidad, tendrá de nuevo
el resplandor de todos los domingos del año, comprendidos como la Pascua
semanal. Los cristianos nos volveremos a reunir para celebrar el centro de
nuestra fe en el primer día de la semana, para recordar y actualizar no solo
que Dios se ha abajado hasta nosotros, haciéndose hombre en la carne visible
del Hijo de su amor, sino también que este primer paso solo se comprende desde
el último: el del amor hasta el extremo, entregando la vida en la cruz, con la
confianza de no quedar en el sepulcro de los muertos y de ser resucitado por el
Padre.
En el evangelio
de este domingo volveremos a proclamar y escuchar el prólogo del evangelista
san Juan; sin embargo, esta vez no solo desde la contemplación de la bajada del
Verbo hecho carne y acampado entre nosotros, tal como hicimos el día de Navidad,
sino desde la contemplación de su vaciamiento y de su resurrección en gloria.
Quisiera
terminar esta consideración sobre el segundo domingo de Navidad evocando un
icono de la Natividad, el pintado (escrito) por Andrei Rublev en el siglo XV.
Seguro que su belleza nos ayudará a entender mejor este segundo domingo de
Navidad. Detrás de la imagen de la Virgen María, recostada sobre el manto rojo,
el Niño Jesús yace en una especie de mortaja, en lo que se asemeja más a un
ataúd que a un pesebre. El mensaje que resuena con fuerza es el de una imagen
profética: al encarnarse y hacer suya toda la humanidad, el Hijo de Dios
también asume su muerte.
De
hecho, la gruta como tal hace referencia a un sepulcro, donde resalta
principalmente el color negro, la ausencia de luz, imagen de la muerte. Este
mismo tipo de gruta aparecerá en otros iconos, siempre con una clara alusión a
la muerte en la que se introducirá Jesucristo para liberarnos. En esta escena,
el Niño en el pesebre-ataúd, dentro de la gruta, señala la determinación de
Dios por encontrar a la humanidad, hasta el punto de no dudar en entrar en la
oscuridad de la muerte, en la injusticia, la opresión y la mentira del mundo, y
en el pecado de la humanidad, para salvarnos y darnos la nueva vida que tanto
buscamos.
Desde
su nacimiento, por tanto, se anuncia que este Niño vencerá a la muerte con su
resurrección, y que el sudario que ahora lo envuelve será la señal que verán
quienes se acerquen al sepulcro vacío cada domingo para celebrar la eucaristía.
¡Feliz
Navidad! ¡Felices Pascuas!




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