Parece que ya ha pasado el revuelo, pero apenas hace unos
días comprobábamos cómo la película «Los domingos» de Alauda Ruiz de Azúa, se
convertía en comidilla mediática al tratar un tema poco frecuente. Su argumento
gira en torno a una joven que, al terminar sus estudios de bachillerato, piensa
que su vida ha de estar cerca de Dios y se propone ingresar en clausura para
completarse espiritualmente, lo que, sin entrar en más hondura argumental,
desencadena un cisma familiar que, mal que nos pese, muchos entendemos y
algunos, incluso, llegarían a compartir si se dieran las circunstancias en su
entorno.
Lo cierto es que esto es algo que, más por curioso que por
interesante, ha hecho que una no creyente confesa, como Ruiz de Azúa, llevase a
las pantallas algo que para muchos supondría un drama y que, ya fuera de las
salas cinematográficas, cada cual ha agarrado, como un rábano, por donde ha
querido; muchos por las hojas y algunos por la raíz, mucho más cargada de sustancias
nutritivas aunque oculta bajo tierra.
También ha sido algo revolucionario, arrastrando quizá más
comentarios en este sentido que hacia la propia calidad intrínseca del disco
(escasa en mi opinión), ese «Lux» de Rosalía y su –falso– misticismo cargado de
espurias referencias a Dios mezcladas con lo más mundano sin el más mínimo
rubor. Una muestra, también, de que se puede jugar con lo más esencial e íntimo
barroquizándolo en sus formas y simplificándolo al extremo en su fondo.
Los domingos,
Rosalía y su Lux, Christian Gálvez, Hakuna, Influencers en el
Movistar Arena de Madrid, La Oración de la Misericordia, el Movimiento Alpha...
parece que, de un tiempo acá, se ha despertado un interés por lo religioso que
muchos dábamos por perdido, viéndolo más que dormido, oculto tras el velo de
una vergüenza prudente o el temor a sentirse señalado por esos otros
movimientos sociales racionalistas y materialistas tan demagógicamente ruidosos.
Pero, más allá de todo eso, lo que a nadie debe sorprender, aunque casi todos
lo hayan ignorado convenientemente, es que nuestras cofradías, como elementos
aglutinadores de grandes grupos de creyentes, han permanecido ahí, casi
estoicas frente a las adversidades, manteniendo el tipo y con mucha más
sinceridad en su forma de ver el cristianismo que todos estos movimientos y
gentes, oportunistas advenedizos en muchos casos, que ahora alzan la voz
erigiéndose en puntas de unas lanzas recién compradas de las que aún parece
colgar la etiqueta con el precio rebajado.
Y siempre al frente de nuestras cofradías, personas
dispuestas a arriesgar su anónima comodidad para conducirlas en su día a día a
través de los tiempos, siguiendo lo que la propia Rosalía, nuestra cantante más
internacional con permiso de Julio Iglesias –en boca de tantos estos días–, aconseja
en su canción «La rumba del perdón» del ya mencionado Lux, donde nos
dice que ...para hacerlo como se debe tres cosas necesitarías, fuego en las
manos, ternura en los ojos y a mí presente en el lugar... Y mira tú por
dónde, es lo que parece que algunos han pensado al dar el paso adelante y
presentarse a dirigir algunas de nuestras cofradías: Puño de hierro en guante
de seda (lo del fuego y la ternura de la canción) y, sobre todo, estar
presentes en el lugar. Jóvenes que se arriesgan a enfrentar un cargo que más allá
de ser respuesta obligada a esa normativa diocesana, tan reglamentariamente exigente
en ocasiones como laxa cuando interesa, se trata de un movimiento necesario
para ventilar juntas de gobierno alcanforadas y abrir la puerta a nuevas ideas
e iniciativas –incluso osadamente diferentes– cargadas de ilusión en casi todos
los casos.
Vaya desde aquí el ánimo solidario de quienes vemos a estos
Tomás González, Pepelu Pérez, Javi Casas, Julián Alcántara hijo, Javier
Hernández, Antonio Caballo, Pablo Martín, Roberto Muñoz... como, ahora sí,
puntas de lanza que serán las caras visibles que se encarguen de hacer todo lo
posible por seguir sosteniendo una Semana Santa salmantina que mire al futuro
sin perder de vista la historia que nos contempla.
Películas y canciones son efímeras flores de un día que se
marchitarán mucho antes de que las fijemos en el recuerdo. Cofradías, hermandades
y congregaciones seguirán ahí avaladas por el tiempo y siempre con alguien
dispuesto a tirar de las riendas. Este es un importante porqué de la longevidad
de nuestra «pasión» y un claro aval para fijar la importancia secular de la
religiosidad popular, más allá de corrientes y modas.




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