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Foto: Detalle de la imagen del Cristo de la Luz (Roberto Haro) |
24-02-2026
En este primer martes de cuaresma, entrado ya el tiempo de oración, de abrirnos a las mociones consoladoras del Espíritu, que, como lluvia suave de primavera van blandeciendo la tierra endurecida de nuestro corazón y la hacen germinar en súplicas y acción de gracias al Señor, el evangelio del día nos deja el tesoro de la oración del «Padre Nuestro».
Es muy importante liberar la relación orante cristiana de todo deísmo, es decir de toda proyección subjetiva, dominativa o temerosa, para que sea en verdad la recepción del otro, tal como él desea comunicarse. Y nos lo ha dicho en Jesús.
Y esa relación no es sólo de YO con él, sino de nosotros con el resto de los católicos. Esta relación que lleva en los últimos años fomentándose en un fenómeno que, sin tener proyección alguna o recorrido establecido, no se sabe hasta qué punto puede llegar.
Este fenómeno religioso está experimentando un renacimiento sociocultural de forma, creo, reaccionario a las imposiciones de lo que se llama «stablishment», y que están integrándose en el arte y la cultura a través de fenómenos de diversa índole como la música (no solo religiosa sino ya el pop tradicional también), el séptimo arte o la literatura; en todos ellos se explora el misticismo y espiritualidad como parte de la realidad social.
El fenómeno de la Cuaresma que por segundo año consecutivo causa furor entre los jóvenes se caracteriza por un enfoque renovado en la experiencia espiritual personal, la conexión comunitaria y la integración de herramientas digitales para vivir este tiempo de conversión. Así se pudo repetir y aumentado este año en la misa de ceniza del pasado miércoles 18 de febrero.
Un movimiento que ha sabido nutrirse, de forma sana y sin conflictos a través de las nuevas tecnologías y redes sociales. Se han convertido en foros de diálogo religioso, espiritual y ético.
Comunidades de fe transmiten celebraciones en vivo. Líderes espirituales comparten reflexiones y podcasts. El Evangelio encuentra en estas plataformas un nuevo púlpito.
Y, ¡cuidado! El fenómeno religioso se hace presente en las culturas respondiendo a cuestiones humanas importantes. Los jóvenes hoy en día buscan ir más allá de las tradiciones tradicionales, adaptándose a las inquietudes de la juventud actual.
Hoy los jóvenes tienen una actitud más abierta ante el misterio del Verbo Encarnado que no conocen. Seguramente les influyen las tensiones y dificultades de una vida en la que cuesta abrirse camino y se buscan apoyos sólidos.
Vivimos tiempos de ansiedad, hiperconexión y, a la vez, soledad. Un mundo líquido, sin certezas sólidas, donde todo fluye vertiginosamente y nada permanece salvo el propio cambio. La espiritualidad ofrece un antídoto: ritmo lento, silencio, comunidad, gratitud, entrega. Tras décadas de posmodernidad y desafección absoluta, muchos jóvenes están reabriendo el imaginario espiritual, de vivir el amor, la esperanza y el servicio a los demás, hastiados del consumismo materialista y hedonista buscando sanación y el reencuentro consigo mismos.
Y cuánto debe estar moviéndose ese fenómeno entre los jóvenes –y no tan jóvenes que quieren renovar su espíritu– que en apenas unos días de la recién estrenada Cuaresma está en el ambiente de los no muy creyentes el hablar de un fenómeno que parecía impensable hace poco: un cambio espiritual perceptible, ya no solo en España, sino también en el mundo católico de Francia, Italia y resto de Europa. Tal es el movimiento que hasta los medios que podríamos llamar progresistas se han hecho eco de este giro en varios artículos no sin su verborrea habitual contra todo lo que no comulgan y tratan de imponer. Porque cuando un periodista cultural o de religión coge una linde, la linde se acaba, pero el periodista sigue.
Varios sacerdotes con más de veinticinco años de ministerio cuentan que nunca habían percibido una apertura semejante ni una ventana de oportunidad tan amplia para la Iglesia en la sociedad española. Pero hay que ser cautelosos y andar con pies de plomo.
Un renacer espiritual, libre de moralismos y teñido de arte, que devuelve lo sagrado al centro de la cultura contemporánea. Y con ello me vienen muchas preguntas a la cabeza: ¿por qué lo religioso nos conmueve incluso cuando no creemos? ¿Por qué este resurgimiento espiritual en estos años cuando precisamente se trata de imponer la laicidad? ¿Es este renacimiento un fuego de artificio pasajero? ¿Juegan los influencers de redes sociales un papel decisivo? ¿Contribuyen los jóvenes musulmanes, piadosos y orgullosos de su fe, a este despertar entre sus homólogos católicos? Y otras tantas que me dejo sin escribir por falta de espacio.
Pero sí dejo la última, para que reflexione el ávido lector: ¿Por qué este fenómeno no se refleja en las cofradías, hermandades y congregaciones de nuestra ciudad que, por el contrario, tienen desafección de la sociedad? En parte, la respuesta ya está dada más arriba, en este mismo texto.
La otra parte de la respuesta quizá venga en artículos posteriores para esta misma edición. Y como se demuestra, la espiritualidad no ha vuelto: nunca se fue, o al menos del todo. Simplemente aguardaba un nuevo lenguaje.




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