lunes, 30 de marzo de 2026

La nostalgia de un Lunes Santo que Salamanca no debería olvidar

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Almudena Salvador Atienza

Nuestro Padre Jesús de la Promesa | Fotografía: Rosa González

30-03-2026

 

Cada Lunes Santo, muchos hermanos de la Hermandad Dominicana sienten una mezcla de nostalgia y anhelo. No es una emoción gratuita, es el recuerdo de una procesión que durante años formó parte de la identidad de la Semana Santa salmantina y que, sin embargo, desapareció de sus calles.

Ha pasado ya más de medio siglo, desde aquel 8 de abril de 1974, en el que desfiló por última vez, y aun así, sigue vivo el deseo, casi un sueño compartido, de volver a ver a Nuestro Padre Jesús de la Promesa recorrer Salamanca en la noche del Lunes Santo.

La historia de esta procesión nace del entusiasmo de los propios hermanos. Fue el 10 de diciembre de 1947 cuando la junta de gobierno manifestó su intención de organizar un nuevo desfile penitencial, siempre que contara con el respaldo suficiente. La propuesta se presentó en el cabildo general del 11 de enero de 1948, una procesión de silencio en la noche del Lunes Santo, con participación voluntaria, y sin más compromiso que vestir la túnica blanca con soga de esparto y un capirote de distinto color. La idea tuvo una magnífica acogida y, apenas unos meses después, el 22 de marzo de 1948 a las diez y media de la noche, tuvo lugar la primera salida procesional.

La propia revista Christus describía aquel primer desfile como algo profundamente sobrio: «Un grupo de 80 cofrades de otra hermandad constituyen esta, que desfila en las primeras horas del Lunes Santo, sin luz ni espectacularidades de ninguna clase». Los penitentes vestían túnica blanca, cíngulo de esparto y capirote blanco con una cruz negra sobre el pecho, portando cruces blancas y avanzando en absoluto silencio. Era una procesión que apostaba por la austeridad y la espiritualidad más profunda.

Desde sus inicios, además, se pensó en dotarla de momentos de especial solemnidad. La intención era que, en algún punto del recorrido, se celebrara un acto destacado que reforzara el carácter devocional del desfile. El protagonismo recaía en una talla de gran valor histórico, un Cristo de mediados del siglo XVI que, según parece, fue conocido en otro tiempo como Cristo de la Luz y que se conserva en la sacristía de la iglesia de San Esteban. Su actual advocación, Nuestro Padre Jesús de la Promesa, se inspira en la conocida Segunda Palabra de Cristo en la cruz: «Hoy estarás conmigo en el paraíso», dirigida a Dimas, el buen ladrón.

Con el paso de los años, la procesión fue evolucionando. Se plantearon colaboraciones con otras hermandades, como la de Nuestro Padre Jesús Flagelado, y la posibilidad de rezar un Santo Rosario en el Campo de San Francisco. En 1949 se incorporaron de forma experimental algunos pasos de la Vera Cruz para completar los misterios dolorosos del Rosario, realizando un recorrido por extramuros que llegaba hasta el Arrabal, itinerario que se mantuvo hasta 1953. A partir del año siguiente el recorrido volvió a centrarse en el corazón de la ciudad.

También hubo cambios en el cortejo. En 1955 se incorporó el paso de la Coronación de Espinas, procedente de las misiones Dominicas en China. Un año después, sin embargo, la procesión volvió a simplificarse y solo salieron N.P. Jesús de la Promesa y N.P. Jesús de la Pasión, cuya túnica blanca fue sustituida por una de terciopelo morado. Incluso se modificó el horario, retrasando la salida hasta las once de la noche.

La procesión adquirió entonces una dimensión más amplia dentro de la comunidad dominica. El prior de San Esteban dispuso que se sumaran la Orden Tercera de Santo Domingo, la cofradía del Santo Rosario, y la propia comunidad de los Padres Dominicos. Durante el recorrido se rezaba el Rosario y en la Plaza Mayor se celebraba un Vía Crucis especialmente solemne. Para ello se solicitó al alcalde la instalación de tres grandes cruces luminosas en la fachada del Ayuntamiento, petición que fue concedida y agradecida por la hermandad.

Sin embargo, esta procesión también conoció dificultades. En 1962 y 1963 tuvo que suspenderse por el mal tiempo, el segundo año incluso, por una intensa nevada, celebrándose en su lugar un Vía Crucis en el interior del templo. A finales de la década de los sesenta, la disminución de la asistencia de fieles y cofrades llevó a adelantar la hora de salida a las ocho y media de la tarde en un intento de revitalizar el desfile.

Nada de ello fue suficiente para evitar su desaparición. La última salida tuvo lugar el 8 de abril de 1974, aunque la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Promesa continuó participando en otros desfiles, sustituyendo al Santísimo Cristo de la Buena Muerte en la madrugada del Viernes Santo hasta 1984 al encontrarse en restauración, y entre 1981 y 1983 al Cristo de los Doctrinos en la Procesión General del Santo Entierro.

La historia del Cristo nunca estuvo exenta de episodios difíciles. En 1979 sufrió un grave accidente al salir de San Esteban. Falló el sistema que sujetaba la cruz a la carroza procesional, la imagen cayó y se partió, lo que obligó a repararla de urgencia para que pudiera seguir procesionando.

Lamentablemente la historia se repite, y no hace muchos días, el Santísimo Cristo de la Buena Muerte sufrió un fatal accidente dentro de su capilla que deja sin su imagen titular a la Hermandad Dominicana. Algunos hermanos plantearon que fuera Nuestro Padre Jesús de la Promesa quien, en su lugar, procesionara este Viernes Santo, tal y como lo había hecho en otras ocasiones, lo cual se desestimó ya que no se encuentra en condiciones para ello.

Hoy, décadas después, la memoria de aquella procesión sigue viva entre muchos hermanos. Y quizá, esa sea la verdadera cuestión: si Salamanca debería resignarse a que esa página de su Semana Santa permanezca cerrada o si, por el contrario, merece la pena volver a mirar al pasado para recuperar una tradición que fue ejemplo de sobriedad, silencio y profunda devoción. Porque a veces la historia no solo se recuerda, también puede volver a escribirse.


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