06-03-2026
Para mí siempre será así. El
primer viernes de marzo es el de Tomás. Tomás Rescatado, por supuesto, porque durante
los años de su segunda etapa como hermano mayor circulaba también por el
universo cofrade Tomás Flagelado, el de aviación. Y más tarde llegó Tomás Vera
Cruz. Tomás Martín Martín, del que llegué a pensar que era cosa suya eso del
tener que pagar exclamando «Martín Martín» mientras se gesticula con la mano,
haciendo como que se suelta el peculio. Lo decía con tanto énfasis…
Para él la Congregación de Jesús
Rescatado ‒o
de la Santísima Trinidad, que es un nombre precioso y recuerda sus raíces
trinitarias‒,
lo era todo. Tomás fue un gran gestor. Lo suyo eran los números y no se le
daban nada mal. Y estas cualidades le sirvieron para dejar bien cimentadas las
bases de una congregación perfectamente organizada y muy solvente en lo
económico, destinando elevadas sumas a las obras caritativas de la parroquia de
San Pablo.
Y siempre con su Jesús Rescatado,
Jesús, como le llaman los congregantes. Ni un día, salvo que estuviera enfermo
o ausente de la ciudad, faltaba a su encuentro con el Redentor Redimido. Y
aunque la imagen no requiera promoción, pues sus devotos son millares en la
ciudad y provincia, él contribuyó grandemente a difundir los cultos y devoción.
El primer viernes de marzo era también su día, igual que el de Jesús.
Y es que, efectivamente, el
primer viernes de marzo termina siendo esa sacudida que nos hace ser conscientes
de que la Semana Santa está a la vuelta de la esquina, independientemente de
que la Pascua sea marzal o abrileña. La imagen original, la de Medinaceli en
Madrid, cuenta todos los viernes del año con infinidad de visitantes
fervorosos, así que el primero de marzo las colas son kilométricas. Salvando
las distancias, la de Salamanca tampoco anda mal de devotos. Los tiempos,
obviamente, no son los del nacionalcatolicismo. Además, con las limitaciones de
la pandemia también se acusó un descenso en la afluencia de fieles. A pesar de
todo, el primer viernes de marzo siguen siendo miles y miles los salmantinos
que acuden a venerar la imagen de Jesús, rindiéndole honores, dándole gracias o
invocando su intercesión ante una necesidad de lo más variopinto. La piedad
popular está plagada de matices, a veces contradictorios entre sí, siempre
sinceros y emotivos, porque brotan de lo más profundo del ser.
Tomás se fue hace ya diez años, a
pocos días del primer viernes de marzo. Estaba tan impaciente por rendir
honores a Jesús que decidió hacerlo en presencia real, sin la mediación ya de
la imagen de San Pablo. Nos dejó su recuerdo y su legado, el de una persona
generosa, afable y comprometida. Un hombre de palabra a la antigua usanza, que
aquello que decía iba a misa. Y aunque las motivaciones siempre deban ser
otras, en buena parte intento honrar su memoria yendo los primeros viernes de
marzo a San Pablo. El ya no está. Están otros. Está su hijo Pedro, Demelza, que
es la segunda, Emilio el primero… Están quienes siguieron su estela,
manteniendo en la ciudad las antiguas devociones a Nuestro Padre Jesús Divino
Redentor Rescatado.




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