Primera estación: JESÚS
CONDENADO A MUERTE
Caiga su sangre sobre nosotros y
sobre nuestros hijos [Mt 27,26]
Contemplando el rostro compasivo de Jesús
Someten a juicio al
Juez del mundo, acusado de pretender hurtar la majestad del César de Roma.
Preso de su corazón dividido, Pilatos sentencia a muerte al autor de la vida. Y
Jesús callaba.
Dios está hoy sentado
en el banquillo, acusado de ser un rival envidioso del hombre. La mentalidad
dominante se aprovecha de la pusilanimidad de los creyentes para sentenciar el
desalojo de Dios.
Señor Jesús, perdona
nuestra cobardía por sucumbir sin resistencia a lo que se nos impone como
pensamiento único. Ayúdanos a confesar que tú eres el mejor provenir del ser
humano.
Segunda estación: JESÚS CARGA CON SU CRUZ
El que quiera seguirme…, tome su
cruz y sígame [Mt 16,24]
Contemplando el rostro anhelante de Jesús
Como el joven Isaac
cargó al hombro el haz de leña de su propio sacrificio, toma Jesús y se abraza
con amor al leño de la cruz, en la que ha de morir como un malhechor convicto.
Espera Jesús de los
suyos que aceptemos el peso de ser hombres y que pongamos mucho amor al cargar
nuestra cruz personal. Ello dará alas a nuestros pies a la hora de llevarla.
Señor Jesús, perdona
nuestra necedad, porque hemos pretendido seguirte liberándonos de nuestras
cruces. Ayúdanos a confesar que el amor alivia su peso, cargándolas de sentido.
Tercera estación: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ
Cargó sobre mí los pecados de
todo mi pueblo [Lam 1,18]
Contemplando el rostro fatigado de Jesús
Al poco de tomar la
cruz, verdadera y pesada, Jesús se derrumba. Pero hay algo que le empuja a
incorporarse y le mueve a continuar el camino: quiere levantar en alto al ser
humano caído.
El que todo lo puede
se humilla para liberarnos de nuestro orgullo. Dios por tierra para que el
hombre se vea promocionado. Sale así Dios garante de los sueños e ideales del
ser humano.
Señor Jesús, perdona
nuestra soberbia, que nos lleva a creernos dioses autosuficientes, por encima
del bien y del mal. Ayúdanos a confesar que
contigo encontramos sendas de futuro.
Cuarta estación: JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE
Y María conservaba todo esto en
su corazón [Lc 2,51]
Contemplando el rostro atribulado de Jesús
En la vía, que llaman
dolorosa, se encuentra un hijo con su madre, una discípula con su maestro. En
la escuela de Jesús aprende María a entregarse sin reservas a la causa de Dios.
Mucho es el dolor de
aquel encuentro, porque mucho es el amor de los que se abrazan. Y después, el
desgarro de una nueva separación, para poder cumplir ambos con la voluntad del
Padre.
Señor Jesús, perdona
nuestra falta de generosidad hacia ti, que nos lleva a reservarnos y a medir lo
que te damos. Ayúdanos a entregarnos a ti con mucho amor, aún en medio del
dolor.
Quinta estación: JESÚS AYUDADO POR EL
CIRINEO
El que no toma su cruz y me
sigue, no es digno de mí [Mc 8,34]
Contemplando el rostro agradecido de Jesús
Tan débil avanza
Jesús que hasta sus enemigos se dan cuenta. Mientras el hombre de Cirene se ve
obligado a ayudar, ningún amigo se acerca de manera voluntaria a echarle
una mano.
La cruz compartida es
más llevadera. Espera Dios de sus amigos que mutuamente se ayuden a llevar las
cargas; que de buena gana atiendan a los que se encuentran caídos por el
camino.
Señor Jesús, perdona
el que no nos impliquemos por miedo a complicarnos. Ayúdanos a reconocer que es
una gracia poder atender al que nos necesita, mereciendo así ser atendidos por ti.
Sexta estación: JESÚS
ES LIMPIADO POR LA VERÓNICA
Buscad mi rostro… Tu rostro
buscaré [Sal 27,8]
Contemplando el rostro sorprendido de Jesús
El que todo lo puede
ya no es capaz ni de limpiarse su rostro. En su debilidad queda a merced de los
demás. Una mujer anónima se atreve a desentonar, poniendo en ejercicio la
compasión.
Limpiando el rostro
de los demás, a los que vemos, se va quedando impreso en nosotros el rostro de
Dios, al que no vemos. Y si se grava en nosotros el rostro de Dios, tendremos
vida.
Señor Jesús,
perdónanos porque no hemos sabido reconocer tu rostro en los demás. Ayúdanos a
no avergonzarnos de ti y a dar la cara por ti, a fin de recibirte a ti mismo
como premio.
Séptima estación: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ
Pero algo traigo a la memoria que
me hace esperar: el amor del Señor no ha acabado [Lam 3,22]
Contemplando el rostro abrumado de Jesús
Ver a Jesús caído en
el suelo es como ver al sol, casi cegado, estrellado contra la tierra. Es ver a
Dios, indefenso y a merced de las pisadas de todos, mordiendo el polvo de la
tierra.
Los que hemos sido
mordidos por la serpiente, los que somos desde Adán hombres y mujeres caídos,
somos en Él sanados de nuestras heridas y levantados de nuestras postraciones.
Señor Jesús, perdónanos
porque, cansados de creer, estamos tan a gusto tirados. Ayúdanos a levantarnos,
porque el imán de tu amor es más fuerte que la inercia de nuestra debilidad.
Octava estación: JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES
Porque si esto se hace con el leño verde, en el
seco, ¿qué no se hará? [Lc 23,31]
Contemplando el rostro enternecido de Jesús
Impresionante estampa
de un grupo de mujeres dando la cara por Jesús. Impresiona ver a Jesús,
necesitado él de consuelo y compasión, sacando fuerzas para consolarlas a
ellas.
Decimos que el dolor
del hermano no se arregla mojándole en lágrimas. Pero, como no empiece por
conmoverse el corazón no se moverán luego ni las manos ni los pies para
ayudarle.
Señor Jesús,
perdónanos porque nos impresiona el mal hecho a los inocentes, pero nos deja
indiferentes el mismo mal. Ayúdanos a llorar con el que llora, que es obra de
misericordia.
Novena estación: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
Porque el Señor no desecha para
siempre, sino que después de afligir, se compadece, según su gran misericordia [Lam
3,32]
Contemplando el rostro aplastado de Jesús
A punto de llegar a
la cima del monte, Jesús y su cruz de nuevo por tierra. La meta que le
espera y la tarea que le aguarda es motivación suficiente para levantarse y
seguir adelante.
Es Jesús como un
cordero, silencioso y manso, llevado al matadero para ser degollado. Doblado
por la pesadumbre de nuestros yugos, nos ofrece la suavidad del suyo para caminar
ligeros.
Señor Jesús,
perdónanos porque nuestros pecados te volvieron a empujar. Aliviados por tu
caída y fijos los ojos de nuestra existencia en ti, ayúdanos a levantarnos de
nuestras caídas.
Décima estación: JESÚS DESPOJADO DE SUS VESTIDOS
Despreciado y abandonado de los hombres, varón de
dolores y familiarizado con el sufrimiento [Is 53,3]
Contemplando el rostro confundido de Jesús
¡Qué violencia en el
despojo! Arrancan a Jesús la ropa y con ella se le vino la carne, hecha
jirones. En breve le arrancarán la vida. Y queda Jesús afrentado y avergonzado.
Despojado de todo,
queda Jesús investido como el verdadero Rey de la libertad verdadera. Y así nos
devuelve el esplendor a los que, por el pecado, habíamos perdido la vestidura
primera.
Señor Jesús,
perdónanos porque nos quejamos cuando nos arrancan de las cosas a las que
estamos apegados. Ayúdanos a vencer los apegos, ya que es la única manera de
ser libres.
Undécima estación: JESÚS ES CRUCIFICADO
Luego le crucificaron y sobre su
cabeza pusieron escrita su causa: “Este es Jesús, el rey de los judíos” [Mt 27,33]
Contemplando el rostro contraído de Jesús
Como si se tratara de
un lecho, extienden a Jesús sobre la cruz y le cosen a ella. Y, aunque la misma
creación se revele, el martillo cae certero sobre la cabeza de los clavos. Y se
deja hacer.
Y así mantiene Jesús
la tónica de su vida, empleada en cumplir apasionadamente la voluntad adorable
de su Padre. De esta manera, Jesús nos salva de todas nuestras incoherencias.
Señor Jesús,
perdónanos porque solemos salir huyendo de nuestras legítimas ataduras.
Ayúdanos atarnos con gozo y decisión a nuestros compromisos, obligaciones y
deberes.
Duodécima estación: JESÚS MUERE EN LA CRUZ
Y habiendo dicho todo esto, inclinó
la cabeza y expiró [Lc 23,46]
Contemplando el rostro agonizante de Jesús
Aparentemente
abandonado del Padre y rechazado por los hombres, muere Jesús entre el
cielo y la tierra, amando al Padre y a los hombres hasta el extremo de
desfondarse.
Y muere Jesús como
puente y pontífice ‒constructor de puentes‒ entre el Padre y los hombres. El
Dios con nosotros y para nosotros viene a ser ahora el Dios por nosotros y en
nosotros. Señor Jesús, perdónanos por nuestras reservas y tacañería a la
hora de amar a Dios y a los hermanos. Ayúdanos a dejar lucir y llover nuestro
amor sin ponerle tasa ni medida.
Decimotercera estación: JESÚS BAJADO DE LA CRUZ
Mirarán al que traspasaron [Jn 19,37]
Contemplando el rostro desfigurado de Jesús
En lo alto del
Gólgota se repite la escena de Belén: la Madre toma en brazos al Hijo. Rodeada
de las tinieblas más oscuras, hay en el corazón de María una luz verde de
esperanza.
El rocío de sus
lágrimas calladas hará que Jesús se despierte y resucite en Dios. La Madre
calla, porque sabe que la cosa es de Dios. Sobran las palabras porque el
silencio es más elocuente.
Señor Jesús,
perdónanos porque, ante el dolor propio y ajeno, hablamos demasiado y con
palabras prefabricadas. Ayúdanos a poner cargas de esperanza cierta con la cercanía
de nuestro silencio.
Decimocuarta estación: JESÚS EN EL SEPULCRO
En el huerto había un sepulcro
nuevo y allí pusieron a Jesús [Jn 19,40]
Contemplando el rostro plácido de Jesús
Haciendo el debido
duelo, los suyos entierran el cuerpo de Jesús. El grano de trigo es enterrado
para resucitar en el fruto de la espiga. El cielo está ahora metido en la
entraña de la tierra.
Duerme el cuerpo de
Jesús, pero él sigue haciendo el bien. De la mano del nuevo Adán vuelve el
hombre pródigo al jardín del Edén, donde le espera la fiesta que el Padre le
tenía preparada.
Señor Jesús,
perdónanos porque con harta frecuencia trivializamos la muerte. Ayúdanos a no
tirar nunca la toalla de la vida propia y ajena, sino a ponerla con amor en
manos del Padre.




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