El pasado
23 de marzo, en un encuentro de Fe y Arte, fueron presentadas en la parroquia
de Santa Marta de Tormes dos obras profundamente significativas del artista
salmantino Andrés Alén: la conocida Cruz de cruces, presente en el
templo desde el año 2000, y el Calvario, recientemente donado por su
familia —en concreto por su hermana—. La adecuada iluminación actual permite
contemplarlas con una nueva intensidad, descubriendo matices que antes
permanecían velados.
No
estamos ante dos obras más. Estamos ante un camino. Las catorce cruces que
componen la gran cruz, tal como quiso el propio artista, forman un único signo
que solo se entiende en conjunto. Cada una posee su materia, su textura, su
tensión interior; pero ninguna se basta a sí misma. Todas necesitan de las
otras para decir plenamente lo que son. Unidas, configuran una gran cruz que no
se impone, sino que se ofrece como itinerario. Casi sin pretenderlo, estas
piezas se convierten en un Vía Crucis contemporáneo y actual.
Y aquí se
abre una clave especialmente sugerente para los cofrades de Salamanca. Cada una
de nuestras cofradías, con su paso, con su imagen, con su procesión, podría
entenderse como una de esas cruces. Ninguna agota por sí sola el misterio de la
Pasión. Ninguna contiene toda la verdad del dolor, de la entrega, de la muerte
y de la esperanza. Necesitamos a las otras. Necesitamos la comunión con los
hermanos diferentes y la misión en el mundo.
La Semana
Santa salmantina, en su riqueza y diversidad, no es una suma de procesiones
aisladas, sino un único anuncio que se despliega a lo largo de estos días
santos. Como en la obra de Alén, cada parte encuentra su sentido pleno solo en
el conjunto. Cada cofradía aporta un matiz, una escena, un momento del misterio
de Cristo, su riqueza reflejada en la Iglesia y el mundo. Y solo juntas —en la
Iglesia— hacen visible la totalidad del acontecimiento pascual.
Pero hay
algo más hondo que estas obras nos recuerdan. Andrés Alén trabaja con
materiales pobres: óxidos, telas, maderas, cuerdas… elementos humildes que, en
sus manos, se convierten en lugar de revelación. No hay en ellas artificio ni
espectacularidad. Hay verdad. Hay despojo. Hay una belleza que nace de lo
herido, de lo frágil, de lo que parece no valer. ¿No es también esa la lógica de
la cruz?
En medio
de una Semana Santa que corre el riesgo —también entre nosotros— de quedarse en
lo estético, en lo sentimental, en lo organizativo o en lo exterior, estas
obras nos invitan a volver a lo esencial. La cruz no es un adorno. No es una
tradición vacía. Es el lugar donde el amor de Dios lleva a Jesús hasta el
extremo. Por eso, nuestras procesiones no pueden ser solo manifestaciones
culturales, por valiosas y reconocidas que sean. Están llamadas a ser expresión
visible de una fe vivida permanentemente a lo largo del año, de una pertenencia
eclesial, de un seguimiento real de Cristo. Y aquí aparece una llamada
decisiva: todo lo que hacemos en la calle necesita nacer de lo que celebramos
en la liturgia de la Iglesia. El Triduo Pascual —la Cena del Señor, la Pasión,
la Vigilia— no es un añadido, ni un complemento, ni algo prescindible. Es el
centro. Es la fuente. Es la cumbre. Sin él, cada procesión se vacía de
significado. Con él, adquiere todo su sentido.
La Cruz
de cruces y el Calvario permanecen en cada comunidad parroquial.
Habitan cerca de ti, en tu espacio de comunión y fe. No están hechas para el
espectáculo, sino para la contemplación, para la oración, para el encuentro con
el misterio. Desde ahí iluminan todo lo demás. Quizá esta sea la invitación más
profunda para esta Semana Santa: vivirla no como algo fragmentado, sino como un
único camino. Un camino que pasa por cada cofradía, por cada imagen, por cada
procesión… pero que encuentra su verdad en la unidad, en la comunión y en la
celebración del Misterio Pascual. Porque, al final, como en la obra de Andrés
Alén, solo cuando todas las cruces se unen… aparece la Cruz y el Resucitado.
¡Feliz Pascua del Señor!




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