01-04-2026
Si el tiempo no lo impide. Así suelen o,
mejor dicho, solían rezar los antiguos carteles de toros para anunciar un
espectáculo único, inigualable y sin igual en todo el orbe. Las inclemencias
meteorológicas han sido siempre y serán los elefantes blancos en cualquier
celebración al aire libre que se precie.
Nuestras tierras herederas de los
antiguos reinos de León y de Castilla presentan singularidades climáticas
(evidentes entre el este y el oeste, entre el norte y el sur de la comunidad),
pero por regla general, salvo los catastrofistas y milenaristas del cambio
climático, hace frío en invierno y calor tórrido en verano, aunque a veces
mitigado por las frescas noches del estío.
El problema aquí es la lluvia. Nunca
hubo cosecha buena, ni llueve a gusto de todos. Hemos pasado uno de los
inviernos más pluviosos que se recuerdan, incluso con una leve subida de
temperaturas, la sensación térmica por la humedad ha sido baja, incluso fría.
Ya saben que la AEMET, esa institución que acierta casi como el CIS de Tezanos,
dijo que iba a ser un invierno seco, cálido y con temperaturas por encima de lo
normal (y digo yo, ¿qué es lo normal?). Solo con comprobar los socavones de las
carreteras, hechos pantanos y campos de golf de balones medicinales, podremos
comprobar el acierto de la AEMEnT (de mentira, claro).
La lluvia es impertinente. Aparece
cuando quiere. Se la puede necesitar y no aparecer o se la puede odiar y sí
aparecer (o viceversa).
Y llegando la Semana Santa, creo que
todos somos psicópatas climáticos, mirando cien mil aplicaciones a la vez y
acertando con ninguna. Hasta las cabañuelas han vuelto o nunca se fueron, como
el veterano Calendario de San Jorge («El mentiroso» lo llamaban, antes de
Sánchez y el cardenal Cobo).
Tenemos pues que, como cofrades,
enfrentarnos a diatribas y disyuntivas fruto de la aparición de la misma. Salir
o no salir. Esa es la cuestión. Si bien, con precipitaciones intensas lo lógico
es no salir, hay que subrayar que las imágenes están hechas, pensadas para
salir a la calle, luego no es necesario mantener una postura radical de no
sacar una procesión por evitar daños (relativos) en patrimonio porque asome una
nube. Las cofradías se crearon, entre otras cosas, para hacer protestación
pública de fe con una procesión. Y si esta no sale, perdemos el fin primordial
de una penitencial.
Estoy de acuerdo en que tenemos que
proteger el patrimonio, pero las modas béticas han traído pasos laminados en
pan de oro impensables para nuestra climatología. De hecho, importan más los
pasos que las imágenes que van encima de ellos. Quizás tengamos que repensar la
hechura de esa clase de pasos para realizar algo más factible para la
climatología de estas tierras septentrionales de la antigua Iberia hispana.
Qué decir de los hábitos o túnicas (me
encanta cómo en el Principado de Cataluña, los llaman «vestas»). Las estameñas
y paños de antiguo que aguantaban lluvias, nieves, heladas, fríos, calores,
tempestades y galernas externas y algún resto de bacalao y vino, limonada,
zurracapote o resolí, y aguardaban año tras año en roperos y arcones, han sido trasmutadas
en túnicas Armani y Prada con capas de raso que con cuatro gotas del líquido
elemento parecen trajes de faralaes yendo para un tablao flamenco.
La plata. Bueno, aquí lo que se dice
plata no hay apenas. Hay alpaca. Baños de plata y oropeles que tratan de
engañar al viandante como si de Midas se trataran los priostes y junteros. Esa
alpaca adquiere un color negruzco que opaca cualquier ilusión tras una
mojadura. Quizás no sea lo más apropiado para aquí, aunque reluzca bien y
cieguen ojos de Lazarillos penitentes.
Finalmente, los plásticos. No se deben
poner. Cualquier restaurador nos dirá que las imágenes llevan una pátina que
facilita que el agua corra libremente hasta el suelo del paso. Poner plásticos
a una imagen supone, además de un contrasentido estético, una barbaridad en
cuanto a mantenimiento y conservación se refiere. Procedo a explicarlo. Debajo
de un chubasquero con la humedad se produce un altísimo grado de concentración
de la misma, lo que normalmente solemos llamar condensación. Esa condensación
puede que humedezca más la imagen que la propia precipitación de las gotas de
lluvia y, además con el vaivén del andar del paso, sobre todo si este va
portado por hermanos de carga o costaleros, produce un roce en la policromía de
la misma que puede ser irreversible en cuanto a tratamiento de la imagen se
refiere. De hecho, en el sur, que sí que saben de esto, porque cuentan con
auténticos especialistas en la materia, y no le dan a restaurar una imagen al
primer ebanista que encuentran, suelen cubrir la imagen con un poncho, pero
dejando muchas veces la cara descubierta, con el fin de proteger solo las
vestimentas de la misma. Pensemos que, en Castilla y León, las imágenes son en
su mayoría de talla completa, luego es absurda esa cubrición (en sentido
artístico, no ganadero, aunque pueda joder lo mismo o más).
No podemos cambiar el tiempo (ni
siquiera que nos lo imperen los amigos pijos de la Tucán, Urtasun o la Aagesen)
en las cofradías. Pero podemos actualizar ciertas prácticas y sobre todo volver
a pisar la tierra que nos ve nacer y pasear cada día. Son tierras ásperas,
duras, de espiritualidad de carámbano y espiga. No son odres dados a las
dádivas generosas.
No podemos hacer una plaza cubierta,
como han ido poblando las localidades que celebraban funciones de toros en
tiempos cambiantes de estación (Logroño, Zaragoza, León, San Sebastián, la
propia Cubierta de Leganés…). Pero igual que hay alberos que drenan mejor el
agua que otros, como la antigua ceniza de los altos hornos en el coso bilbaíno,
tendremos que ir pertrechando a nuestras cofradías y penitentes de elementos
que drenen el agua que sí o o sí, terminará cayendo durante muchas lunas llenas
de primavera. No solo lo dice el refrán («En abril aguas mil»), sino que hasta
los propios agricultores lo señalan: el cambio de luna en primavera, es decir,
en la celebración de la Pascua judía, en nuestra Semana Santa, tiende a
desestabilizar («joder») el tiempo.
Lo dicho. Nunca hubo cosecha buena.
Tampoco Semana Santa seca. Antaño, curiosamente sí. Más que ahora que se
anuncian catástrofes y sequías. Pongan capa pluvial. De eso los prestes saben
mucho para que les resbale todo. E, imploren rezos, oraciones e imprecaciones,
cuya raíz semántica tiene que ver con la lluvia.
He visto auténticas faenas de muleta
bajo granizadas y galernas con una simbiosis perfecta entre toro y torero, este
último descalzo, dejándonos obnubilados a los espectadores con una quietud
infinita de detenerse el espacio y el tiempo en la asíntota del sillar de la
plaza. La lluvia también hace milagros.
Feliz (y espero que seca) Semana Santa
2026.




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