miércoles, 1 de abril de 2026

Si el tiempo no lo impide

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Álex J. García Montero

Jesús Nazareno, Semana Santa 2024 | Fotografía: Pablo de la Peña


01-04-2026


Si el tiempo no lo impide. Así suelen o, mejor dicho, solían rezar los antiguos carteles de toros para anunciar un espectáculo único, inigualable y sin igual en todo el orbe. Las inclemencias meteorológicas han sido siempre y serán los elefantes blancos en cualquier celebración al aire libre que se precie.

Nuestras tierras herederas de los antiguos reinos de León y de Castilla presentan singularidades climáticas (evidentes entre el este y el oeste, entre el norte y el sur de la comunidad), pero por regla general, salvo los catastrofistas y milenaristas del cambio climático, hace frío en invierno y calor tórrido en verano, aunque a veces mitigado por las frescas noches del estío.

El problema aquí es la lluvia. Nunca hubo cosecha buena, ni llueve a gusto de todos. Hemos pasado uno de los inviernos más pluviosos que se recuerdan, incluso con una leve subida de temperaturas, la sensación térmica por la humedad ha sido baja, incluso fría. Ya saben que la AEMET, esa institución que acierta casi como el CIS de Tezanos, dijo que iba a ser un invierno seco, cálido y con temperaturas por encima de lo normal (y digo yo, ¿qué es lo normal?). Solo con comprobar los socavones de las carreteras, hechos pantanos y campos de golf de balones medicinales, podremos comprobar el acierto de la AEMEnT (de mentira, claro).

La lluvia es impertinente. Aparece cuando quiere. Se la puede necesitar y no aparecer o se la puede odiar y sí aparecer (o viceversa).

Y llegando la Semana Santa, creo que todos somos psicópatas climáticos, mirando cien mil aplicaciones a la vez y acertando con ninguna. Hasta las cabañuelas han vuelto o nunca se fueron, como el veterano Calendario de San Jorge («El mentiroso» lo llamaban, antes de Sánchez y el cardenal Cobo).

Tenemos pues que, como cofrades, enfrentarnos a diatribas y disyuntivas fruto de la aparición de la misma. Salir o no salir. Esa es la cuestión. Si bien, con precipitaciones intensas lo lógico es no salir, hay que subrayar que las imágenes están hechas, pensadas para salir a la calle, luego no es necesario mantener una postura radical de no sacar una procesión por evitar daños (relativos) en patrimonio porque asome una nube. Las cofradías se crearon, entre otras cosas, para hacer protestación pública de fe con una procesión. Y si esta no sale, perdemos el fin primordial de una penitencial.

Estoy de acuerdo en que tenemos que proteger el patrimonio, pero las modas béticas han traído pasos laminados en pan de oro impensables para nuestra climatología. De hecho, importan más los pasos que las imágenes que van encima de ellos. Quizás tengamos que repensar la hechura de esa clase de pasos para realizar algo más factible para la climatología de estas tierras septentrionales de la antigua Iberia hispana.

Qué decir de los hábitos o túnicas (me encanta cómo en el Principado de Cataluña, los llaman «vestas»). Las estameñas y paños de antiguo que aguantaban lluvias, nieves, heladas, fríos, calores, tempestades y galernas externas y algún resto de bacalao y vino, limonada, zurracapote o resolí, y aguardaban año tras año en roperos y arcones, han sido trasmutadas en túnicas Armani y Prada con capas de raso que con cuatro gotas del líquido elemento parecen trajes de faralaes yendo para un tablao flamenco.

La plata. Bueno, aquí lo que se dice plata no hay apenas. Hay alpaca. Baños de plata y oropeles que tratan de engañar al viandante como si de Midas se trataran los priostes y junteros. Esa alpaca adquiere un color negruzco que opaca cualquier ilusión tras una mojadura. Quizás no sea lo más apropiado para aquí, aunque reluzca bien y cieguen ojos de Lazarillos penitentes.

Finalmente, los plásticos. No se deben poner. Cualquier restaurador nos dirá que las imágenes llevan una pátina que facilita que el agua corra libremente hasta el suelo del paso. Poner plásticos a una imagen supone, además de un contrasentido estético, una barbaridad en cuanto a mantenimiento y conservación se refiere. Procedo a explicarlo. Debajo de un chubasquero con la humedad se produce un altísimo grado de concentración de la misma, lo que normalmente solemos llamar condensación. Esa condensación puede que humedezca más la imagen que la propia precipitación de las gotas de lluvia y, además con el vaivén del andar del paso, sobre todo si este va portado por hermanos de carga o costaleros, produce un roce en la policromía de la misma que puede ser irreversible en cuanto a tratamiento de la imagen se refiere. De hecho, en el sur, que sí que saben de esto, porque cuentan con auténticos especialistas en la materia, y no le dan a restaurar una imagen al primer ebanista que encuentran, suelen cubrir la imagen con un poncho, pero dejando muchas veces la cara descubierta, con el fin de proteger solo las vestimentas de la misma. Pensemos que, en Castilla y León, las imágenes son en su mayoría de talla completa, luego es absurda esa cubrición (en sentido artístico, no ganadero, aunque pueda joder lo mismo o más).

No podemos cambiar el tiempo (ni siquiera que nos lo imperen los amigos pijos de la Tucán, Urtasun o la Aagesen) en las cofradías. Pero podemos actualizar ciertas prácticas y sobre todo volver a pisar la tierra que nos ve nacer y pasear cada día. Son tierras ásperas, duras, de espiritualidad de carámbano y espiga. No son odres dados a las dádivas generosas.

No podemos hacer una plaza cubierta, como han ido poblando las localidades que celebraban funciones de toros en tiempos cambiantes de estación (Logroño, Zaragoza, León, San Sebastián, la propia Cubierta de Leganés…). Pero igual que hay alberos que drenan mejor el agua que otros, como la antigua ceniza de los altos hornos en el coso bilbaíno, tendremos que ir pertrechando a nuestras cofradías y penitentes de elementos que drenen el agua que sí o o sí, terminará cayendo durante muchas lunas llenas de primavera. No solo lo dice el refrán («En abril aguas mil»), sino que hasta los propios agricultores lo señalan: el cambio de luna en primavera, es decir, en la celebración de la Pascua judía, en nuestra Semana Santa, tiende a desestabilizar («joder») el tiempo.

Lo dicho. Nunca hubo cosecha buena. Tampoco Semana Santa seca. Antaño, curiosamente sí. Más que ahora que se anuncian catástrofes y sequías. Pongan capa pluvial. De eso los prestes saben mucho para que les resbale todo. E, imploren rezos, oraciones e imprecaciones, cuya raíz semántica tiene que ver con la lluvia.

He visto auténticas faenas de muleta bajo granizadas y galernas con una simbiosis perfecta entre toro y torero, este último descalzo, dejándonos obnubilados a los espectadores con una quietud infinita de detenerse el espacio y el tiempo en la asíntota del sillar de la plaza. La lluvia también hace milagros.

Feliz (y espero que seca) Semana Santa 2026.


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