lunes, 13 de abril de 2026

A pie de calle. Encuentros con Julián Alcántara

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Fotografía: J.M.F.CF
13-04-2026

Más que aliento,
manjar de la existencia que nos llena
el orgullo esencial de haber vivido.

(Exégesis del caos. jmfcunquero)


Se nos paró el reloj en la esquina de una calle aquella noche en que habíamos entregado uno de los primeros galardones de la Tertulia. Tuvimos que alzar mucho la voz seguramente, para que un vecino, fuera de sí, se acordase a gritos de nuestra familia, entre amenazas policiales y posibles lanzamientos de cubos de agua.

Fue entonces cuando caímos en la cuenta de que llevábamos horas tratando de arreglar esos viejos asuntos semanasanteros que, cuando encuentran la salsa del potaje conversacional, hacen posible que se paralice el tiempo a pie de calle.

De esas conversaciones alargadas y muy disfrutonas, que tuve la fortuna de compartir con algunos de los grandes personajes de la Semana Santa, recuerdo algunas que permanecen intactas en la memoria, gracias a ese poso vivencial cofrade que alimenta recuerdos y añoranzas.

De los hermanos que se fueron hacia la mansión esperanzadora del Padre, aparecen brillando en todas las remembranzas que mecen con cierta intensidad escalofríos y sentimientos, aquellos contertulios que dejaron a nuestro lado su huella imborrable. Rodríguez Pascual, Luis Monzón, Tomás Martín y Julio de la Torre, formaron parte imprescindible de esa fraternidad cofradiera que encendió para siempre la llamarada de una recordación indestructible.

Pero de todos esos encuentros, al abrir el cajón de los que fueron elocuentemente divertidos, aparece con luz propia Julián Alcántara Isidro, del que ahora hay que mencionar obligadamente su apellido materno para que quede clara su identificación, ya que su retoño aparte de compartir nombre, hoy dirige la hermandad del Yacente tan ligada a él y a su familia.

Entre las conversaciones que mantuvimos a lo largo de muchas añadas, algunas de ellas inconfesables y otras llenas de sustancias contradictorias, siempre aparece en nuestros encuentros, cuando hacemos balance de los años, la que disfrutamos en Ledesma hace años, después de haber asistido al pregón de aquella Semana Santa. Y es que Julián sabe introducir en la conversación el condimento retórico que engrandece con sumo tino el interés del relato. Así, aquella improvisada y amena tertulia fue suscitando la atención de los clientes del bar seguramente con la intención de averiguar a qué se debían nuestras excedidas carcajadas.

Se me antoja no desvelar ninguna de aquellas historietas con las que Julián nos produjo varios ataques de risa incontrolable, ya que sigo especulando con la posibilidad de que un día puedan ser narradas y compartidas en algún acto público que pudiera montarse para reabrir, con humor, aquellas situaciones que desaparecerán de la memoria colectiva en apenas dos suspiros.

La Semana Santa de las cofradías, más allá de la compostura que exige su fin principal, también atesora ese pimentón divertido que fue sazonando a través de los años muchas, muchísimas situaciones divertidas.

Por esta razón, de vez en cuando me surge la tentación de llevar a cabo el proyecto de publicar un libro análogo al que bajo el título Tontos de capirote tuvo tanto éxito en Sevilla. Cuando me acerco a la idea (muy complicada de llevar a cabo en esta ciudad por ese rancio humor que vestimos) siempre aparece Julián como posible y necesario ilustrador de esa hipotética obra, ya que pocos, poquísimos cofrades pueden actualmente abrir ese almario recordatorio de las grandes anécdotas de la Semana Santa del pasado. Más complicado sería encontrar a alguien que en su narrativa pudiera introducir la chispa que Julián sabe aportar, cuando abre el increíble e incontenible grifo que logra verter, en el estanque de las reminiscencias cofrades, esas asombrosas historias que tuvo la suerte de vivir a lo largo de su frenética actividad cofrade.

Con Julián viví, como presidente de la comisión, aquellas elecciones en las que se alzó con su primer mandato como presidente de la Junta de Semana Santa Francisco Hernández Mateo. Cuando vivimos algunos momentos delicados que estuvieron a punto de desbocarnos un monumental cabreo, Julián abrió el tarro de esas esencias jocosamente divertidas, logrando que volviese a abrazarnos la cordura necesaria para llevar a cabo lo que se nos había encomendado.

Más que demostrada quedó en aquellos días su lealtad de amigo, sazonada con ese don que Julián destapa a mi lado cuando a veces nos da por reírnos de nosotros mismos.

 


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