Un año más, como viene
ocurriendo desde hace tantos años que ya he perdido la cuenta, he visto como la
Semana Santa procesional se ha convertido para muchos en ese revulsivo siempre ignorado
por tantos fieles contrarios a esta celebración popular mientras claman a sus
responsables eclesiásticos, dejando en sus manos la solución a los problemas
que nos acucian.
Este año, al decir de quienes
tienen el conocimiento suficiente como para enjuiciar globalmente las
actividades cofrades, tanto procesionales como anejas, parece que el hecho de
que una climatología agradable, que ha permitido la puesta en la calle de todas
y cada una de nuestras procesiones tal y como las habían pensado sus
responsables, ha influido positivamente en instituciones y personas logrando
que los desfiles hayan sido más ordenados y mejor organizados (salvo
circunstancias puntuales), que los penitentes y cargadores se hayan echado los
hábitos al hombro y hayan desfilado en cantidades casi desconocidas en tiempos
no muy lejanos, que los horarios se hayan cumplido con escrupulosidad suiza
(aun siendo una boutade innecesaria en la mayoría de casos) y los cruces o
encuentros procesionales hayan sido más anecdóticos (salvo circunstancias
puntuales que hubieran necesitado, aquí sí claramente, de esa puntualidad
ferroviaria) que frecuentes. Así que, con estas mimbres, no sorprende que
quienes nos guían con alta responsabilidad en este proceloso camino cofrade
luzcan palmito, orgullosos de los logros alcanzados. Gracias al tiempo
meteorológico, recordemos, y al esfuerzo de tantos cofrades anónimos, pero
todos con nombre y apellidos, que sería casi inalcanzable hacer una relación
exacta de todos ellos para ponerlos en los agradecimientos (quizá por eso, casi
nunca son mencionados).
Una vez más compruebo cómo la
Semana Santa en su versión más popular y festiva, dicho sea con toda la
enjundia, ha salido a pedir de boca y en esta Pascua recién estrenada, con las
sensaciones aún a flor de piel mientras esperamos a rematar las festividades
con el hornazo de ritual, recordamos calles abarrotadas de fieles e infieles
mirando el paso de nuestros pasos o las iglesias llenas de devotos mirando o
admirando sus imágenes de preferencia mientras colas de gentío aguardaban turno
para poder cumplir con esta tradición (que muchos confunden con la visita a los
«monumentos eucarísticos») o aprovechar para matar dos pájaros con el mismo
disparo.
Y yo, como viene ocurriéndome
desde hace tantos años ya que he perdido la cuenta, y personalizando para no
adjudicar suposiciones a quienes podrían compartir conmigo sensaciones, lo
único que siento es la alegría de haber renovado mi crisis de fe. Bien digo.
Porque con el paso del tiempo, de una pascua a la siguiente, mi frágil
espiritualidad se va fraccionando y las dudas van ocupando el tiempo mientras
desplazan a las certezas. Que así es la fe para muchos, duda permanente y
necesidad de alimentación continua. Y, para mí, las cuestiones de fe son objeto
de mucho respeto. Por eso, cuando llega la Semana Santa y veo que esos que
durante meses dan la espalda a cultos y liturgias (entre los que me incluyo),
más por comodidad que por convicción, se acercan a las iglesias, participan en
triduos, quinarios, actos y celebraciones siento cómo me invade una especial
alegría.
Quizá por eso, cuando llega la
Semana Santa noto que se me llena el depósito espiritual con una recarga que
durará hasta la próxima cuaresma, a la que llegaré en la reserva, y veo que
vuelvo a tener una crisis de fe… en positivo. Mi crisis de fe positiva, la que
me ayudará a sobrellevar mis dudas y alejamientos, más allá de procesiones,
cofradías y piedades.
Por esto, por todo esto, estoy
convencido de que la Iglesia estructurada y oficial debería acercarse a nosotros,
los fieles que tenemos estas crisis periódicas de exaltación de la fe, para
potenciar todo lo bueno que aquellos otros fieles contrarios a esta celebración
popular son incapaces de ver mientras piden respuestas a sus responsables
eclesiásticos, despreciando a quienes solo nos acercamos en estos días santos.
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