viernes, 10 de abril de 2026

Crisis de fe

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  Félix Torres

Fotografía: Pablo de la Peña

10-04-2026

Un año más, como viene ocurriendo desde hace tantos años que ya he perdido la cuenta, he visto como la Semana Santa procesional se ha convertido para muchos en ese revulsivo siempre ignorado por tantos fieles contrarios a esta celebración popular mientras claman a sus responsables eclesiásticos, dejando en sus manos la solución a los problemas que nos acucian.

Este año, al decir de quienes tienen el conocimiento suficiente como para enjuiciar globalmente las actividades cofrades, tanto procesionales como anejas, parece que el hecho de que una climatología agradable, que ha permitido la puesta en la calle de todas y cada una de nuestras procesiones tal y como las habían pensado sus responsables, ha influido positivamente en instituciones y personas logrando que los desfiles hayan sido más ordenados y mejor organizados (salvo circunstancias puntuales), que los penitentes y cargadores se hayan echado los hábitos al hombro y hayan desfilado en cantidades casi desconocidas en tiempos no muy lejanos, que los horarios se hayan cumplido con escrupulosidad suiza (aun siendo una boutade innecesaria en la mayoría de casos) y los cruces o encuentros procesionales hayan sido más anecdóticos (salvo circunstancias puntuales que hubieran necesitado, aquí sí claramente, de esa puntualidad ferroviaria) que frecuentes. Así que, con estas mimbres, no sorprende que quienes nos guían con alta responsabilidad en este proceloso camino cofrade luzcan palmito, orgullosos de los logros alcanzados. Gracias al tiempo meteorológico, recordemos, y al esfuerzo de tantos cofrades anónimos, pero todos con nombre y apellidos, que sería casi inalcanzable hacer una relación exacta de todos ellos para ponerlos en los agradecimientos (quizá por eso, casi nunca son mencionados).

Una vez más compruebo cómo la Semana Santa en su versión más popular y festiva, dicho sea con toda la enjundia, ha salido a pedir de boca y en esta Pascua recién estrenada, con las sensaciones aún a flor de piel mientras esperamos a rematar las festividades con el hornazo de ritual, recordamos calles abarrotadas de fieles e infieles mirando el paso de nuestros pasos o las iglesias llenas de devotos mirando o admirando sus imágenes de preferencia mientras colas de gentío aguardaban turno para poder cumplir con esta tradición (que muchos confunden con la visita a los «monumentos eucarísticos») o aprovechar para matar dos pájaros con el mismo disparo.

Y yo, como viene ocurriéndome desde hace tantos años ya que he perdido la cuenta, y personalizando para no adjudicar suposiciones a quienes podrían compartir conmigo sensaciones, lo único que siento es la alegría de haber renovado mi crisis de fe. Bien digo. Porque con el paso del tiempo, de una pascua a la siguiente, mi frágil espiritualidad se va fraccionando y las dudas van ocupando el tiempo mientras desplazan a las certezas. Que así es la fe para muchos, duda permanente y necesidad de alimentación continua. Y, para mí, las cuestiones de fe son objeto de mucho respeto. Por eso, cuando llega la Semana Santa y veo que esos que durante meses dan la espalda a cultos y liturgias (entre los que me incluyo), más por comodidad que por convicción, se acercan a las iglesias, participan en triduos, quinarios, actos y celebraciones siento cómo me invade una especial alegría.

Quizá por eso, cuando llega la Semana Santa noto que se me llena el depósito espiritual con una recarga que durará hasta la próxima cuaresma, a la que llegaré en la reserva, y veo que vuelvo a tener una crisis de fe… en positivo. Mi crisis de fe positiva, la que me ayudará a sobrellevar mis dudas y alejamientos, más allá de procesiones, cofradías y piedades.

Por esto, por todo esto, estoy convencido de que la Iglesia estructurada y oficial debería acercarse a nosotros, los fieles que tenemos estas crisis periódicas de exaltación de la fe, para potenciar todo lo bueno que aquellos otros fieles contrarios a esta celebración popular son incapaces de ver mientras piden respuestas a sus responsables eclesiásticos, despreciando a quienes solo nos acercamos en estos días santos.


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