06-04-2026
Los cuatro evangelios nos
refieren la resurrección del Señor y los cuatro coinciden en que estaba María
Magdalena. En los sinópticos, María Magdalena estaba acompañada de otras
mujeres, en el evangelio de san Juan, está sola. Este dato no es superficial,
necesitamos detenernos un poco en él para profundizar. Podemos hacernos algunas
preguntas: ¿Cómo no estaban los once? ¿Por qué estaba María Magdalena viniendo
de un mundo totalmente diferente? María Magdalena valoraba más que a sí misma
al Señor y los once no valoraban más al Señor que a sí mismos, razón por la
cual, tienen miedo, se sienten señalados, pero ahora como cómplices de un condenado,
no como amigos de un triunfador.
Recordamos en este momento las
palabras del comienzo del libro de la Sabiduría: «Porque se manifiesta a los
que no le exigen pruebas | y se revela a los que no desconfían de él». En estas
palabras encontramos expresada la razón de por qué es María Magdalena, según el
evangelio de san Juan, o las mujeres según los sinópticos, quienes encuentran
al Resucitado en primer lugar, y no son los once, aunque estos sean los
elegidos del Señor.
Sin embargo, el Resucitado, no se
olvida de ninguno, todo lo contrario, va reuniendo a los dispersos, uno a uno
los busca y los encuentra, y los reconstruye devolviéndoles la confianza y de
nuevo, los envía en su nombre. Todos ellos, cada cual a su manera, expresan la
sorpresa de su encuentro con Cristo resucitado saliendo, anunciando,
comunicando y juntándose con aquellos que comparten la misma experiencia que
ellos.
Este envío y reunión de los
testigos se debe a que la resurrección es el único acontecimiento de la vida
del Señor que no tuvo testigos. Lo vieron resucitado, pero no resucitar. Supone
esto una llamada, a mi juicio, a buscar el amor y el testimonio del Padre, pero
no buscar practicar nuestra justicia delante de los hombres. Recibir paga de
hombres por entregar la vida es, de hecho, conservar la vida y, de esta manera,
seguiríamos conservándola, engañándonos a nosotros mismos. Podemos decir que
cada aparición del Resucitado es un don de Cristo a quienes tienen la misma
actitud que María Magdalena, aunque con diferentes matices. Y así, somos
convocados nosotros también a seguirle con sencillez.
Finalmente, el Resucitado muestra
cómo es un cuerpo glorioso, no es un cadáver al que se le devuelve la vida,
como ocurrió con Lázaro, la niña del jefe de la sinagoga o el hijo de la viuda de
Naín, a quienes devolvió el Señor la vida que tenían. La vida del Resucitado se
muestra también en las marcas que distinguen su persona de un modo inequívoco,
le son propias, son su identidad personal. La vida del resucitado es
MISERICORDIA, tal y como se muestra en sus saludos: «Alegraos», «Paz
a vosotros»,
«Vosotras
no temáis»…
y, finalmente, es la vida eterna que esperamos.
¡Feliz Pascua!
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