martes, 7 de abril de 2026

Sacaremos aguas con gozo…

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Tomás González Blázquez


07-04-2026


Este año sí. Esta vez se puede hablar del agua sin que parezca que se menciona la soga en casa del ahorcado, pues hemos acabado una Semana Santa sin incertidumbres meteorológicas, sin acortamiento de recorridos ni mojadura de pasos, sin suspensiones.

Agua vinieron a pedir, al final de la vigilia pascual en la noche santa del pasado sábado, un par de mujeres de La Coruña que, de paso por Salamanca, se unieron a la celebración en la Capilla de la Vera Cruz. La idea inicial, porque venían con su botellita de agua, era que les fuera bendecida por el sacerdote; redundante hubiera sido, pues terminaba de bendecirse en la propia liturgia, así que de ella se nutrieron, y en mayor cantidad. Marcharon muy agradecidas, explicando que era su costumbre en la noche dichosa en que recordamos que Cristo venció a la muerte.

La tercera de las partes de la vigilia pascual, tras las dedicadas a la Luz y a la Palabra, y antes de la Liturgia Eucarística, es la que se centra en el Bautismo, con la acogida de nuevos miembros de Cristo en su Iglesia y la renovación de las promesas bautismales, que confiesan la fe tras haber ratificado la renuncia al mal. Pudiera parecernos que la cuaresma es el inmediato camino que nos conduce hasta la salida de nuestra procesión, hacia ese momento esperado largamente durante todo un año en el que nos ponemos el hábito o portamos la imagen de nuestra devoción, pero la meta que da sentido al recorrido de los cuarenta días es precisamente la renovación del propio bautismo, que siendo único e irrepetible es la vocación primera a la que siempre volver: usando palabras del Catecismo, es «el fundamento de toda la vida cristiana».

El mandato del Resucitado, «id y haced discípulos, bautizando» (cf. Mt 28,19), comienza por la decisión de renovar el propio bautismo. El signo del agua, aunque hay otros en la celebración bautismal, nos permite identificar la necesidad de nacer de nuevo, de renacer de esa agua y del Espíritu, como escuchó Nicodemo cuando fue de noche a ver a Jesús. Tal renacimiento no se ahoga en las aguas, sino que estas se abren como las del Mar Rojo para que pasemos, para que muertos en ellas al pecado seamos hombres y mujeres nuevos, a los que el agua viva que se le reveló a la samaritana es ya vida para la eternidad.

Un gesto tan sencillo como el de obtener el agua bendita, un sacramental como nuestras procesiones de Semana Santa, expresa la comprensión, o al menos la intuición, de la acción salvadora de Cristo, en la que el agua es omnipresente, desde el propio bautismo de Cristo en el Jordán hasta su costado abierto en la cruz, del que brotó junto a su sangre preciosa. Sin embargo, también nuestra agua es necesaria, esa gota de agua de nuestro padecimiento, de nuestro esfuerzo, de nuestra cruz que se asocia a la cruz y completa la Pasión de Cristo. Es la gota que se vierte en el vino ofrecido sobre el altar antes de transubtanciarse en la sangre de Cristo. Una gota humana en el océano divino. La gota de agua que somos todos los bautizados. La Pascua, el paso del Señor en nuestras vidas, el paso que todavía no ha salido y que cada día hemos de preparar.

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