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| Procesión del Cristo de la Liberación. Foto: Pablo de la Peña |
Ya es Viernes
Santo. Y eso quiere decir que ha ocurrido casi todo y, al mismo tiempo, aún no
ha sucedido nada. Otra Semana Santa se va haciendo ante nuestra mirada, en ojos
que se acostumbran a que lo nuevo parezca de toda la vida: Gracia y Amparo,
Redención, Franciscana, Despojado. Los mismos ojos que se siguen emocionando
con lo viejo, como si fuera la primera vez en ser visto: la Universitaria
llegando por Libreros, el Pasión (esta vez, sí, del blanco debido) ascendiendo
Palominos, la Montagut coronando Compañía o la Agonía Redentora esculpiéndose
en trompetas y tambores al descender por Tostado.
El Vítor Glorioso que nos pregonó Daniel Cuesta se acerca para darle
sentido a todo y llenar de morriñas las alforjas. Pero todavía es Viernes Santo
y está el «Señor Tristre». Nos lo enseña así Alejandro al señalar al madero del
que lleva cinco siglos colgado mientras está en besapié en San Sebastián.
Generaciones de salmantinos lo han contemplado en todas sus advocaciones a lo
largo de la historia. Afortunadamente, continúa habiendo primeras veces. La de
Emidio, que jamás imaginó venir de Portugal para enfundarse el hábito y
acompañarlo por las calles de la ciudad antigua. También la de Pablo y Lucía,
llenos de preguntas sin respuestas al comprobar el Lunes Santo que el Doctrinos
camina sobre cardos.
En la cruz de
Alén faltaban las manos de Eva, uno de los miles de corazones bondadosos que
hacen posible esta querida tradición. A veces, parece invertirse el sentido de
las cosas y quien tantas noches ha ayudado al Cristo del Arrabal a atravesar el
Puente Romano necesita ahora su mano para cruzar el doloroso trance de tener
que perder a la madre.
Ya es Viernes
Santo. Y nos aguarda la tarde entre San Pablo y San Julián, que es decir Semana
Santa con mayúsculas. Los hermanos de la Vera Cruz están a punto de bajarlo en
un sudario e iniciar su entierro porque, en Carmelitas, Jesús no querrá apartar
el cáliz. Caerá la noche con imágenes insólitas de Soledad y bellas estampas de
Liberación.
Pero será la
Pascua. Y se hará cierto lo que ha escrito el Poeta ante la Cruz Pablo Luque:
Que el único remedio
eficaz contra la muerte
no fue nunca la vida,
sino el amor.




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